ceros y unos

No es algo nuevo, apenas la consecuencia natural de un proceso previo que se inició hace unos treinta años.
Estamos reduciendo a cero nuestras opciones. No importa sobre que estemos hablando, no importa que acto llevaremos a cabo; la simple decisión por X, valida (o invalida) cualquier otra opción. Desconocemos cualquier posibilidad apenas diferente a las nuestra, y tendemos a reunirnos con aquellos que no representarán oposición a nuestros conceptos.

Volvemos al gueto.

En los 80 nos entusiasmamos con la promesa de la globalización. En la segunda mitad de los 90 la apertura de internet no regaló la certeza que estábamos conectados. En Argentina creímos vivir en el primer mundo: tecnología barata, somos invadidos por todas las bandas de música que siempre escuchamos pero nunca creímos poder ver; viajar a Europa fue como irse de vacaciones a Carlos Paz.

El jardín de las delicias de la globalización vivía entre nosotros.

Y también llegó la posibilidad de generar nuestro propio material expresivo: blogs, fotografía digital, Facebook, Youtube, Instagram.
No tenemos barreras. Tenemos la posibilidad de generar y distribuir contenidos audiovisuales de un modo imposible de imaginar apenas quince años atrás.

Podemos opinar, fotear, escrachar, insultar, revelar, escribir filmar, reproducir, transformar, robar, plagiar.
Producimos información a un ritmo insensato, el espacio físico ya no importa, no es un límite, los ceros y los unos no pueden pesarse, no necesitan ser guardados en una caja. Nada más están ahí, en algún no lugar al que nos referimos como la nube; no sabemos con exactitud que es la nube, pero sí somos conscientes de su presencia.
Nos redujimos a si y no, blanco y negro, cero y uno. Todas nuestras experiencias, pensamientos ideas, sueños, obsesiones, son uno u otro.

Redujimos todas nuestras posibilidades a una sola. La otra no me apetece. Debería hacerla a un lado, esconderla, destruirla.

En 1967 los hermanos Strugatsky publicaron Leyendas de la Troika. Escondida bajo capas de un humor desaforado y delirante, Arkady y Boris Strugatsky, la novela es una sátira salvaje al sistema político soviético.
En el cuerpo de la narración, la realidad del mundo donde se mueve el protagonista se resuelve en un edificio, en apariencia infinito, organizado en sectores estancos formados por bloques de pisos; entre los distintos bloques la comunicación es prácticamente imposible.
El mundo es una serie de compartimientos autistas.

Nuestro sueño del presente es la distopía de Strugatsky. Estamos ansiosos por pertenecer a algo, ser parte de un grupo superior a nuestra individualidad.
El algo al que me refiero puede ser cualquier cosa: un movimiento político, un colectivo artístico, un club o un grupo de auto ayuda para alcohólicos.
Lo que importa es obliterar nuestra individualidad y someternos a lo colectivo, sabernos parte del grupo. Poder repetir, como en un mantra, las consignas comunes; reforzar los lazos entre los miembros para luchar contra los otros grupos que no piensan como nosotros.

Nos regocijamos en la feliz brutalidad de habernos canibalizado como individuos en favor del clan.

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