Un galán apocado

Siempre se sintió atraído por las acondroplásicas. Jugaba con la idea de poder llevar de un lado a otro a una mujer usando sólo una de sus manos; lo excitaban esos cráneos demasiado grandes, los ojos saltones, las piernas arqueadas, las manos diminutas clavadas a su carne con dedos como dagas.
En una de tantas noches húmedas logró entrever que ellas serían la clave para resolver una ecuación con demasiadas incógnitas.
Años después, en la piecita del fondo, aún colgaban de la pared los cuatro esqueletos mal formados.

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