Olvidados

Se arrastran. Hunden los brazos en la tierra. Abajo. Se hunden. El hambre es un vestido de gala extraviado, un sueño de puertas cerradas.
La noche es una amante aburrida; un paisaje donde viven luces estridentes, una cárcel poblada de palabras que nombran la nada. La nada que crece en los estómagos como piedra.
Una piedra redonda y lisa y negra. Caen. Se hunden en la noche del hambre; se ocultan en los rincones de su sueño. Se hunden en la tierra, rasgan la superficie del mundo.
Y caen.
Una comparsa de payasos sin maquillaje. Los rostros cayeron, fueron olvidados. Solo se tienen a ellos, fragmentos de carne negra imitando a la noche.
Un enano maltrecho llora. La carne pálida se abre en tajos, en ellos solloza el tiempo de relojes muertos, la mentira de la caridad, la farsa de un dios idiota.
Dios no habla. No puede. Mira y babea. Mete tres dedos en la herida, una boca que ríe. El dios de los olvidados se alimenta de su carne, de las plegarias escupidas en medio de tanto buscar.
Los viola.
Un vampiro hambriento. Un farsante encadenado a la eternidad.

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