Extraño

No recuerdo cuando los vi por primera vez, quizás debajo de mi cama, o en el ángulo más inaccesible entre dos paredes de mi dormitorio.
Pero sé que están allí, hilos traslúcidos, tenues, creciendo en cada rincón oscuro y sucio de la casa.
No sé su nombre. Quizás no lo tengan, quizás sean nada más que retazos de almas extraviadas. Comienzan siendo un montoncito de polvo brillante; luego, con el paso de los días se extienden, la suciedad que los cubría ya no está, una hebra transparente, más cercana a la nada que al algo. Está allí, la más leve de mis palabras la agita, tiembla, se sacude en el aire tibio y húmedo que escapa de mi boca.
Luego se eleva, gira, se retuerce. Ahora puedo verla de un modo fugaz a medida que asciende hacia el techo del cuarto. Cuando el sol la atraviesa logro adivinar su danza lenta.
Luego la olvido.

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