Regreso

Un reloj se arrastra por el sueño de los ciegos.
La canción del mundo es un crujido de cristales rotos, un espejo herido, la palabra vomitada entre tanto camino desandado.
Los camaleones se escurren a través de la grieta en el espejo, un cielo que chorrea sabor a plomo en la inconstancia de las horas.
De la tierra estallan plantas como brazos, dedos, un nuevo mundo desarmado en piel y sangre y huesos; el aburrimiento de los relojes, el disfraz de los pobres. Dibujamos ojos en el polvo; encerrados en nuestra cárcel de carne rasgamos las paredes mientras una vieja desdentada cuelga del techo.
Un paso y otro, una pierna alzada, los brazos se extienden a un lado, adelante.
Prisioneros.
Inevitable.
Regresamos.

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