Sobre la imposibilidad de desviar la dirección del tiempo que se escurre a través de los intersticios abiertos entre los objetos cotidianos

Una lámpara de 25 W quemada sobre una mesa de madera pintada de verde. La lámpara se encuentra a 4 cm de uno de los bordes de la mesa, sobre uno de sus lados más cortos. La mesa es rectangular, de 66 x 180 cm y con una altura aproximada de 80 cm.
Si alguien golpea la mesa, o por alguna razón que no podemos determinar, la misma se sacudiera con violencia, la lámpara de 25 W quemada caería al suelo. Desde principios del siglo XVIII sabemos, gracias a las leyes del movimiento de Newton que la lámpara llegará al suelo de madera lustrada, a una velocidad de \sqrt{2g \cdot{h}} expresada en metros sobre segundos; y donde h representa la distancia entre la parte superior de la mesa en la que se encuentra la lámpara de 25 W quemada y el suelo de madera lustrada y g la aceleración de la gravedad que equivale a 9,81 mt/seg2
Todo lo anterior, sin embargo, es incapaz de explicar, o por lo menos dejarnos entrever , el estruendo de la lámpara de 25 W quemada, el desperdigarse de los trozos de vidrio en direcciones que seríamos incapaces de determinar con precisión, las trayectorias seguidas por los fragmentos de metal que se encuentran fuera de nuestra vista hasta el momento que la lámpara de 25 w quemada cae y llega al piso de madera lustrada a una velocidad de \sqrt{2g \cdot{h}}, y por fin exhibe todo su contenido.

Si nos paramos junto a la mesa de madera pintada de verde, en el extremo opuesto a donde se encontraba la lámpara de 25w quemada,  ahora desparramada por el suelo e irreconocible, y caminamos seis pasos en dirección NNO, nos toparemos con un rincón oscuro y húmedo. En ese lugar, la espalda apoyada contra el ángulo entre las paredes, descansa un oso de peluche descabezado.
El oso permanece con los brazos abiertos, pensamos que está feliz por recibirnos. Nos preguntamos por la cabeza del oso, buscamos bajo la mesa de madera pintada de verde, en los cajones de un armario, en el antepecho de la ventana que se abre a un paisaje gris de niebla. Hallamos un botón negro, opaco, es uno de los ojos del oso. El otro está bajo el armario, como nunca lo encontraremos inducimos que se extravió de un modo definitivo, al igual que la cabeza.
Nos preguntamos cuan feliz ha sido el oso que nos mira desde su cuerpo lacerado con la belleza que viste tras esa muerte repentina.

En uno de los cajones del armario hay un revolver cargado que espera. El cajón donde descansa el 22 cargado fue invadido por la humedad que se cuela desde la pared sobre la cual se apoya el armario. El cajón, los laterales, los estantes, las puertas, están siendo fagocitados por la humedad que invade las vetas de la madera. Es un cáncer que corroe al armario, un devorador insaciable y paciente.
El agua avanza. Sepulta los huevos de polillas que anidaron en un rincón oscuro, ahogan en orín a los herrajes de bronce; avanza paciente, el tiempo le pertenece. El revolver es un trozo informe de metal.
Lo tomamos. Es pesado. Apretamos con fuerza el acero. Parece latir. Está tibio. Lo imaginamos poderoso. Nos pensamos capaces de salir al mundo con él, alzándolo sobre nuestras cabezas, apuntando a todo. Disparando a todo. Nadie lograría detenernos. El revolver que se alza frente a los rostros de los otros es como un pene hambriento en nuestras manos.

Podríamos violar al mundo si quisiéramos. Podríamos clavarlo en la tierra y fecundar un nuevo mundo. Esos hijos nacerían vestidos de sangre, y con sus lenguas acunarían la palabra odio. Se regocijarían en copulaciones doradas bajo nuestros pies.
Y de ellos nacerían niños blancos como leche y sus ojos serían negros tan negros como los ojos del oso degollado que duerme en un rincón del cuarto, a seis pasos de la mesa de madera verde, sobre la cual hay una lámpara de 25 W quemada.

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