Cárcel

La luz huyó del cuarto dejando una negrura tibia; una negrura que se pega a los dedos y trepa por tus brazos.

Estás sentado en el piso, la cara contra las rodillas, en un rincón; abrazás tus piernas, en silencio, y el recuerdo de la luz se parece a un cuento de viejos a la hora de dormir.

Los brazos caen. Palmas abiertas apuntando al cielo del cuarto. Las cucarachas comen de tus manos. Y trepan.

El mundo real se esconde tras los ojos, el resto es cuarto silencioso y negrura y cucarachas danzando sobre tus brazos al ritmo del hambre.

Llueve. En vos. Dentro tuyo. Tan dentro tuyo. Llueve oscuridad, y es la hora donde los relojes sacrifican al mundo; holocausto de palabras, cuerpos vencidos, promesas de lo inminente.

Un chico sin piernas juega a ser Superman junto a las tumbas que esperan. Son pacientes. La bomba estallará sobre las cabezas gachas, borrará los rostros y violará las palabras a los ojos dormidos; arrancará de un solo tajo los párpados, condenándolos a una vigilia perpetua.

Es tiempo de lazos amarrándote a vos mismo, un montoncito de carne a punto de quebrarse. El dogal baila lento, una pavana silbada entre dientes.

Los dientes caen. Forman una círculo junto a tus piernas y los juntás uno a uno, con ternura, como si temieras quebrarlos. Podés verlos en la palma de la mano, brillan en el pozo negro tan negro de la celda. Los imaginás enhebrados, formando un largo collar que te abrace el cuello, un rosario sobre el cual contar súplicas a un dios babeante.

El collar se clavará en la carne. Treinta y dos aguijones blancos, el cuerpo devorándose a si mismo.

Y alguien te nombra tras una puerta que desconocías.

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