Encarcelada al alma

Así te vi, por la calle, veredas rotas, gente ciega de apuro. La ciudad nos miente demasiado con tanto Big Mac en oferta y baldosas sueltas chapoteando tras la lluvia.

Un no mirarse, un no saberse, atravesarnos con los ojos como si fuéramos invisibles, un recuerdo de lagañas a la hora de levantarse y preparar unos mates antes de salir a tanta ciudad, a tanta charla sin rumbo. Escaparse de la cárcel tejiendo una cuerda de palabras, descolgarse por ella hasta que los pies rocen el suelo. Pies desnudos, diez dedos bailando una danza tan lenta, tan danza. Escaparse de la nada del alma, correr por el parque donde duermen cadáveres de alondras; las plumas se alzan en la brisa de agosto, giran, se alzan y regresan. Y los pies y diez deditos bailando sobre el césped tan césped.

Así te vi, caminando entre relojes que olvidaron su hora, espiando entre los barrotes de tus ojos. Te encontré sin buscarte, la cuerda del tiempo se ha acabado y quizás no sea yo el que deba ponerlo en marcha. No hay palabras para narrarte, ni relojes que no callen.

Así te vi, atrapada entre tanta ciudad a las siete de la tarde, entre tanta lluvia; encerrada, mirando a través de mí, y no ver más allá de dos pasos, de reojo; espiándome por entre tus pupilas vestidas de sueño, la sinfonía del mundo bailando en tu boca cerrada y los ojos tan abiertos como si desearas matarme o salirte de vos.

 

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