Los invisibles

Manos abiertas lloviendo hambre, los dedos abrazan calles que sólo saben de despedidas. Las horas se escurren entre los fuegos que crecen en latas a sus pies. Juntan pedacitos de tiempo esperando un tren que ya partió. No pudieron verlo. Las vendas aprietan. Si cayeran, desnudarían pupilas abandonadas.

La noche llega. En un rincón se enroscan tapados con diarios de ayer. Se visten de noticias en blanco y negro y las mujeres imposibles de la contratapa, clavan sus dientes en los hombros duros, se montan. Y los cabalgan como a bestias de pezuñas negras. La noche se cuela en las bocas y debajo de las uñas, que guardan el sabor de media hamburguesa de McDonalds.

No ven. No pueden. Nada más un hacerse ovillo apretado contra la pared. Un dejar que las ideas se retuerzan, y no poder gritarlas. La lengua es un pececito pálido que salta en la boca, se ahoga en el aire tibio de un bostezo, envenenado.

No hay candelabros que iluminen la cena. Solo pensamientos astillados, y el diario, escupiéndole noticias de la semana anterior.

Un montón de cenizas sobre sus cabezas. La voz de los otros apuñala vidas.

Ellos encallan en el puerto de los olvidados.

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