Sala de espera

Estoy sentado acá, en la sala de espera, frente a la puerta, esa por la cual escapaste como Alicia. Estoy sentado acá, con el asco lamiéndome las heridas y una vieja a mi lado desangrándose en lamentos mientras aguarda a que los médicos vengan por ella. La vieja se aferra a mi brazo, clava los dedos, ramas secas, se hunde en mí, se sostiene en mí. Más allá, junto a la puerta, espejo ciego, cielo rasgado, una nena juega con su muñeca, tan rubia, tan de ojos celestes; la sacude, le habla al oído y clava sus dientes en el cuello.

Crucifijo en la pared: un Cristo borracho se descuelga y camina hacia donde espero. Mira a la vieja, los ojos cansados le apuñalan los pechos; se quita la corona y la calza en la cabeza de la mujer que ya no gime, abre y cierra la boca en silencio mostrándome los dientes sucios y la lengua. Cristo se desnuda ante mí, de piel, de carne y me ofrece sus huesos tan blancos, tan mudos. Me invita a seguirlo, señala la puerta. Intento ponerme de pie, pero la vieja me lo impide, se toma de mí, me abraza, sacude la cabeza vestida de sangre. El hombre la empuja, ella me abraza y dice que no, que no debería irme de allí. Cristo señala hacia la puerta, me toma la mano, señala hacia el lugar por donde escapaste. La vieja me pide que no vaya, el rostro cruzado por hilos rojos y tibios. Cristo la empuja y ella me suelta. Me arrastra un paso, dos, cinco, hasta la puerta donde la niña acuna a su muñeca, el rostro dulcificado por esa muerte repentina.

Tras la puerta me esperás como te soñé, boca arriba sobre la cama, los ojos abiertos mirando la nada, cables y tubos rasgando tu cuerpo: la violación definitiva. Me siento a tu lado, observarte es como hojear un libro escrito en un alfabeto que desconozco. La nena ahora está a mi lado y me toma de las muñecas, clava sus ojos en los míos y luego se extravía en aquel recuerdo que late entre las sábanas, en su otra mano todavía sostiene a la muñeca sin cabeza, vuelve a mirarme y la suelta. Ahora busca algo entre los bolsillos del pantalón; cuando saca la mano del bolsillo y extiende el puño hacia mí, Cristo escapa por la ventana.

Abre la mano y en la palma descansan los ojos de la muñeca, son dos botones redondos y negros. Los deja sobre mi pierna y se va.

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