Los perros de arena

Es ese, ahí está. Bepo acelera y las ruedas del Falcon patinan sobre la arena del camino, luego, entre saltos y sacudidas, se lanza hacia adelante. Junto a Bepo, Manuel se aferra al arma todavía descargada. El auto corre hacia la figura obesa que camina hacia la playa donde la vieja les dijo que estaría. Se mueven hacia a un lado y al otro, salta y la cabeza de Manuel golpea contra la ventanilla. Bepo se aferra al volante, los ojos extraviados en algún punto incierto. Alcanzan a la figura que camina rebotando como una pelota con cada paso. Lo dejan atrás y se detienen. Giran. Manuel vuelve a golpearse contra la ventanilla. El Falcon gira en redondo, se inclina. Manuel siente a las ruedas resbalar. Cámara lenta. Girar en redondo. Regresar. Y piensa que morirse debe ser algo parecido a eso. Tiene la cabeza echada hacia atrás, mira al techo del auto con los ojos y la boca muy abiertos; una mano está cerrada sobre la culata del revolver sin balas.

Bepo baja del auto. Camina con un brazo en alto y dice algo que Manuel no llega a escuchar. El chico parece contento, salta alzando las manos, grita, se ríe, babea. Del otro lado del parabrisas engalanado con excrementos de gaviotas, Manuel lo ve saltar y piensa en una pelota de goma que su padre le regaló cuando cumplió siete años. Cuando Bepo llega junto al chico y lo toma por un hombro, Manuel comienza a cargar al revolver. Sería mejor subirlo al auto llevarlo del otro lado de las dunas, piensa.

Habían llegado al pueblo cuando el sol, blanco y frío, comenzaba a asomar tras los techos de las casas. La vieja los aguardaba sentada junto a una chimenea encendida. Les pidió que se sentaran al otro lado de la mesa baja. Manuel se dejó caer en el sillón blando y tibio y pensó en una mujer deseable que lo abrazaba en la mañana; Bepo recorría el cuarto mirando los libros sobre una de las paredes, pasando un dedo sobre el borde una mesa o una escultura. La mujer le hablaba a Manuel y observaba a Bepo, ella parecía un grillo viejo y la voz el rechinar de hierros retorcidos. Al fin Bepo se sentó donde la mujer le había indicado, apoyó los pies sobre una mesa baja y encendió un cigarrillo.

-Aquí no se fuma.

Bepo sonrió. La boca torcida a un lado como si padeciera algún tipo de parálisis facial, dio una pitada larga y lanzó el humo hacia la cara de la vieja, dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó con un pie.

-Se llama Ricardo -le hablaba a Manuel- lo van a encontrar caminando entre las dunas sobre la playa. Acá tiene -y lanza un fajo de billetes sobre la mesa- Hacen lo suyo y se van.

Bepo y Ricardo todavía están hablando junto al camino. Bepo señala al auto y Ricardo sonríe y salta sobre un pie, en una de las manos sostiene una rama. Ahora caminan hacia el coche donde espera Manuel con el revolver cargado descansando sobre las rodillas, Ricardo lo toma de un brazo y va dando saltitos y ríe. Cuando llegan al auto Bepo abre la puerta trasera, le quita la rama y lo empuja dentro.

-No, no. Mío.

-Dejate de joder pendejo, no vas a andar con esa mierda adentro del auto.

Ricardo permanece en el asiento trasero, los pies sobre el tapizado cubierto de tajos y manchas de semen, las rodillas abrazadas, el mentón descansando en ellas. Bepo arranca, da media vuelta y retoma el camino hacia la playa.

-Yo soy Ricardo, ¿y vos? -Toma a Manuel de un hombro y lo sacude, apretando, clavando los dedos como puñales

-Manuel.

-Amigos ¿sí? Manuel es mi amigo, ¿sí? -Grita mientras golpea el apoyacabezas de Bepo.

-Dejate de joder pendejo porque se termina todo acá, ¿entendés?

Dividieron la plata en el auto. Manuel plegó el montón de billetes más gruesos que vio en su vida y lo guardó en un bolsillo del vaquero gastado. Bepo, lo contó dos, tres veces, y lo sujetó con una banda elástica para después colocar el fajo dentro de una bolsa plástica que guardó bajo el asiento. Cruzaron el pueblo dormido hacia la playa, un balneario fuera de estación olvidado por el resto del mundo.

-Es el hijo.

-¿Y? -Bepo se encoje de hombros y lo mira de reojo- No vas andar reculando ahora, esto lo agarraste vos. Hacete cargo, viejo.

-Ya tenemos la guita, Bepo, doblá por allá que salimos derecho a la ruta.

Bepo frenó al auto en medio de la avenida que conducía hacia la playa. Permanecieron en silencio, quizás hipnotizados por la arena blanca como diamantes que se arremolinaba junto al auto.

-Dejate de joder, viejo. Es un laburo fácil, el pibe es un mogólico nos dijo la vieja. Lo levantamos, lo llevamos para la playa y chau. La vieja contenta y nosotros también.

-Pero es el hijo, Bepo.

-Hacé lo que quieras ¿Te querés bajar? Bajate y tomate el raje. Yo mi palabra la cumplo. Tomatelás.

Manuel no se movió del asiento. En una mano tenía el revolver todavía descargado y la otra se apoyaba sobre el bolsillo donde guardó la paga. Bepo se bajó del auto y sentado sobre el capot encendió un cigarrillo. Fumó sin apuro, esperando que los remolinos de arena se asentaran o que Manuel decidiera irse. Cuando terminó el cigarrillo, quemado hasta el filtro, regresó al auto y continuaron el camino hacia las dunas sobre la playa.

Ricardo no para de hablar. Bepo maneja en silencio y Manuel, cada tanto, hace algún comentario. Ricardo se ríe y escupe sobre el hombro de Manuel, se limpia la boca y habla, y se ahoga, entonces empieza a toser y escupe otra vez.

-Mamá no me deja que vaya para casa. ¿Conocés mi casa, vos? Es grande mi casa. Pero mamá me deja entrar de noche. Me dice Ricardito vos entrá por la puerta de atrás, ¿sabés Ricardito? A veces me deja dormir en la pieza de arriba, tengo un colchón y duermo ahí…

-¿Te podés callar pendejo?

-…y después a la mañana y me dice que ya es hora que me levante ¿sabés? Me dice que me vaya. Mejor, ¿sabés? No me gusta estar en la casa, me gusta la playa. ¿Somos amigos, no? ¿Me escuchás Manuel?

-Sí.

-¿Nosotros dos somos amigos, no?

-Sí.

-¿Se pueden callar los dos de una puta vez? -Bepo frena y baja del auto. Abre una de las puertas traseras y obliga a Ricardo a que salga, tomándolo de un brazo.

Ricardo se retuerce, grita, se toma de Manuel. Escupe y patea a Bepo. Le dice que es como la madre, malo Bepo, no, dejame, me tiraste mi palo, era mío, decile Manuel decile que no voy que me quedo con vos que sos mi amigo, ¿sí? Yo me quedo con Manuel. Lo toma por un brazo, le hunde los dedos y quedate tranquilo que yo también me bajo.

Ricardo deja de gritar, ahora es como una marioneta a la que cortaron los hilos, un peso muerto, ojos extraviados mirando más allá de las dunas donde el mar se estrella contra la costa. Se deja llevar tomado del brazo de Manuel. Caminan hacia la playa detrás de las dunas, Ricardo entre Bepo y Manuel avanza a pasos cortos como los saltos de un gorrión.

-¿Vamos atrás de esa duna? -Manuel habla despacio como para él mismo.

-Sí, del otro lado no nos van a ver.

-Mirá Ricardo, otro palo -Manuel se suelta de la garra que lo tiene atrapado, se agacha y toma una rama del suelo y se la da a Ricardo.

-No, la mía era más linda que ésta. Quiero la mía. La que me sacó él -Se tira al suelo hecho un ovillo y golpea con los puños la arena.

-Dale pendejo, agarrá la mierda esa que te está regalando tu amigo y caminá -Bepo aprieta con fuerza el cuchillo.

-Qué lindo, ¿me lo prestás? -Ricardo mira el arma brillante.

-Dejate de joder pendejo y conformate con el palo ese.

Ricardo se sienta con las piernas cruzadas y la rama apoyada sobre ellas. Parece un Buda alcohólico que extravió su camino. Bepo y Manuel esperan de pie junto al hijo de la vieja, callan, los brazos cruzados sobre el pecho, y el revolver que pesa un poco más encajado en la cintura de Manuel. Ricardo golpea el suelo con la rama seca mientras habla entre dientes, una letanía monótona compuesta de sonidos espesos, no se entienden las palabras o quizás ni siquiera sean palabras, a cada sonido que escapa de sus labios le sigue un hilo de saliva cayendo desde la comisura hasta las rodillas. Toma la rama por uno de sus extremos y comienza a trazar líneas sobre la arena.

-¿Qué es eso? ¿Una jirafa?

-No. No. No es una jirafa. ¿No ves? Son perros.

Manuel sonríe.

-¿Cómo que no te diste cuenta que son perros, Bepo?

-Ves, ves -Ricardo se para, le habla a Bepo mirándolo a los ojos, escupiendo su cara- Él es mi amigo -señala a Manuel, lo toma de un brazo- no te quiero a vos.

Se sienta otra vez con las piernas cruzadas y sigue dibujando. Traza líneas, círculos, un zigzag que desciende, parece extraviado entre ellas, un laberinto sin salida.

-Vení -Bepo y Manuel se alejan del chico, hablan en voz muy baja, quizás crean que él puede escucharlos- Ya estoy con las bolas llenas. Terminamos acá.

-Te dije que nos fuéramos a la mierda con la guita.

Ricardo dibuja cuatro figuras en la arena. Una, la única con manos, es más grande que el resto. Las manos son un círculo y cuatro rayas duras que escapan de él, cuatro dedos como cuchillos.

-Yo -señala a la figura con manos como dagas- ¿te gusta? -le pregunta a Manuel.

-Sí, está bárbaro como dibujás. ¿Y los otros quienes son?

-Éste sos vos. Amigo -señala una figura apenas más pequeña que la primera y pegada a ella, pero sin manos- Él -un dedo apunta a Bepo y luego a un monigote pequeño alejado de los dos primeros, la cabeza está separada del cuerpo.

-¿Y ese de allá? -Bepo señala con el cuchillo la cuarta figura, está por encima de las otras, como si flotara sobre sus cabezas.

Ricardo se calla. Cierra los ojos con fuerza, aprieta los labios. Toma la rama como si fuera un puñal y comienza a clavarlo en la figura

-No. No. No -grita-No. Mamá. Mamá.

Se lanza sobre las figuras en la arena. Patea. Clava las uñas, rasga, muerde. Bepo lo toma por la ropa y lo alza. Ricardo grita, intenta patearlo. Bepo lo abofetea hasta que el chico se calla y del berrinche sólo quedan un motón de balbuceos y un aspirar de mocos. Bepo lo empuja, y él, Ricardo, Ricardito, el hijo de la vieja, el idiota del pueblo avanza a los tumbos. Tropieza con sus piernas. Cae. Bepo lo levanta. Lo toma de un brazo y apoya la punta del cuchillo contra las costillas. Ricardo camina. Llora. No, no. Quiero con Manuel que es mi amigo. Entonces morirse no es como pensé. No es volver para atrás y que todo te pase tan lento, tan calmo. No es pegar la vuelta mientras sentís que la cabeza te golpea; morirse es esto, es ese mogólico que le grita a Bepo y se come los mocos. Caminan quince metros, donde nacen las primeras dunas y Bepo lo empuja, un solo golpe en la espalda con la mano abierta y Ricardo cae de boca al suelo. Alza la cabeza escupiendo arena y Bepo le coloca una rodilla sobre la espalda. Lo toma del pelo y le echa la cabeza hacia atrás. Desde lejos parecen un monstruo bicéfalo que gruñe, grita. A Bepo siempre le gustó ver morir de a poco a sus víctimas, quizás por eso el placer del cuchillo. Un golpe seco en la garganta. Simple. Una línea roja se abre como una boca enorme y el tiempo escapará de a poco. Entonces la muerte no será ese punto de retorno como pensaba Manuel. No. Debe ser otra cosa. Simple. Nada más apretar el gatillo. La muerte será como una puerta que se cierra. Golpea. Sacude. Bepo aún de espaldas con el cuchillo apretando el cuello. Uno, Bepo se sacude y suelta a Ricardo. Dos, y el cuerpo se dobla hacia adelante como olvidado de sus huesos. Tres disparos. Las rodillas se hunden en la arena. La mano no quiere soltar el cuchillo ahora tan pesado. El cuchillo que Ricardo le arrebata. El cuchillo clavado en el cuello de Bepo y tres balas en la espalda. Abajo. Arriba. Y el cuchillo sale en medio de un chorro de sangre. Otra vez. Manuel mirando. Sin palabras. Sin aliento. Ricardo hunde los dedos en la garganta de Bepo y los pasa por su cara. Una máscara roja y blanca. Ríe. Mira a Manuel y ríe.

Manuel suelta el revolver. Presiente que algo se retuerce en él. Algo que aprieta y ahoga y corre hacia el auto. Sentado sobre el capot, las piernas abiertas, vomita. Deja que todo escape de él. Hasta quedar vacío. Hasta que el estómago contraído se seque y todavía tener la garganta apretada y ese regusto ácido que cubre a la lengua no es sólo su último desayuno. Sube al viejo Falcon y lo pone en marcha. Diez minutos después tomará la ruta que lo llevará al oeste.

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3 comentarios sobre “Los perros de arena

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  1. Dany, me pareció buenisimo, tiene unas imagenes tan fuertes q te instalan en el lugar, momento y personajes exactos y lo bueno q desde las primeras lineas se puede reconecer q situación hay instalada pero no lo q prosigue, me gusta la tensión lograda y como siempre en tus cuentos esos desenlaces q hacen siga uno pensando en “tu cuento” De verdad, te felicito, una historia de mierda q la podés encontrar en un diario por un tiempo corto(como suele suceder) acá pintándo unas horas de miserias humanas. Si me permitís, solo sacaría la marca del auto (Falcon) por obviedadad nada mas. Excelente cuento!

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