En la hora de las sombras largas

Manuel aún estaba sentado junto a la ventana que se asomaba a la calle. El sol se coló cansado, transitó por la mesa cubierta de fotos desordenadas: Manuel abrazado a su esposa, Manuel llevando sobre los hombros a su hijo, Manuel y Dora de pie en la playa, sonrientes, el casino de Mar del Plata a sus espaldas. Ya no las miraba, se le antojaban mentirosas, esos colores deslucidos perecían estar muertos al igual que las figuras que sonreían. El sol cayó sobre sus manos todavía entrelazadas, diez dedos retorcidos ahogándose uno a otro. Desde la calle quieta podía escuchar las sirenas e imaginaba pasos apurados por llegar antes que anochezca.

Anclado a sus manos se acomodó en la silla; desde la mesa su hijo aún lo observaba sentado en los hombros veinte años antes. Se volvió hacia el techo alto, la cabeza echada hacia atrás. Imaginó el lugar donde estaría su hijo, un pozo oscuro vestido de gritos. O quizás la nada, una nada más negra que esa hora. La boca abierta, desnuda de palabras. Entre dientes escupió un ah, pero el chico en la playa no lo escuchó.

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Un comentario sobre “En la hora de las sombras largas

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  1. Me gusta tu mini relato, un final de vuelta de tuerca, inesperado. Pude percibir que el final dio la vuelta. ME encantó mucho el segundo párrafo lleno de imágenes increíbles y sí tienes alma de poeta, definitivamente. besos

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