de “La danza del cangrejo”

 

 

Decidió cruzar la plaza en diagonal de Rivadavia hasta Balcarce; desde la salida del subte podía ver la ronda de mujeres dando vueltas alrededor de la pirámide. Se sentó en un banco a pocos metros de esa ronda eterna, el sol del mediodía colgando sobre la plaza sin sombras, la maleta con la cámara y las lentes entre sus piernas. No podía dejar de observar ese círculo blando, las mujeres caminando olvidadas. Tomó la cámara. Sostenerla, anclarse a ella, lo hizo sentirse un poco más seguro. Pasó la correa por el hombro izquierdo y por debajo del brazo derecho contra el sobaco húmedo. En un rincón del bolso encontró un paquete de pañuelos de papel. Tomó uno y se secó la frente. Las mujeres continuaban allí, girando en la ronda lenta de los jueves; alguna lo observó manipulando la cámara. La alzó y la mujer miró hacia otro lado y apuró el paso, adelantó con torpeza un pie y golpeó con su hombro la espalda de la mujer que estaba delante. Foto. Zoom. Foto. Un ojo desde los cuales nacen tres arrugas que parecen escaparse hacia las sienes, el perfil fugaz de una nariz, el pañuelo aleteando contra las mejillas y las orejas. Las imaginó pequeñas y arrugadas. Foto. Una mano arrugada cubre la cara, y por entre los dedos retorcidos de años un ojo seco lo observa. Foto. Foto. Foto. Observó la pantalla de la cámara, los ojos miopes trataron de descubrir otra verdad en las arrugas de esa desconocida. Allí, entre esos pliegues, dormían historias que Joaquín nunca lograba contar con palabras. En tus fotos siempre sobrevolaba una poética del dolor, le dijo alguien luego de una exposición en Barcelona; se sorprendió porque nunca había entendido la poesía, le aburrían esas palabras amontonadas sobre el papel que escondían significados ajenos. Nunca se le hubiera ocurrido pensarse de esa modo, siempre había creído que las imágenes que robaba a la gente eran como una piedrecita en el zapato, una piedra diminuta y redonda y lisa rodando bajo la planta del pie, desde el dedo gordo hasta el nacimiento del talón, luego hacia a un lado y el pie ya no la sentía; un paso y otro y otro más y la piedrita tan lisa y oscura descansa bajo el arco y el pie recuerda que está allí, y molesta todavía más. Porque, piensa mirando todavía las arrugas de la madre, la foto no es la piedra, es el recuerdo de la piedra, es el saber que está allí, disfrazada, es la piedra que no se puede ver ni sentir hasta dar un paso o diez mil pasos, pero el pie sabe de la piedra y recuerda la incomodidad de la piedra, y ese recuerdo es el dolor.

Apoyó las manos sobre la piedra del banco, intentó ponerse de pie pero los ojos de la mujer todavía lo observaban, lo arrinconaban contra el asiento. Miró sus pies sin decidirse a seguir camino. Miró la hora en el reloj que siempre dormía sobre la muñeca derecha y se dio cuenta que era temprano, que aún le quedaba tiempo. Guardó la cámara en el bolso, lo colgó en bandolera y se aferró a él con las dos manos, luego se quedó apenas echado hacia atrás, dejando que el sol le cayera sobre las mejillas sudadas; cerró los ojos con fuerza hasta que dolieron, hasta que la ciudad fue un manchón rojo y una rumor de autos y pasos apurados. Debía rodear la casa de gobierno por Balcarce y caminar dos calles hacia el sur, allí encontraría la oficina. Rebuscó dentro los bolsillos del pantalón. Un papel arrugado descansaba en la mano, lo desdobló e intentó alisarlo sobre las piernas, las marcas de los dobleces del papel le recordaron las arrugas de la mujer en la foto: eran los trazos de un mapa que lo guiaría hacia atrás. Miraba el papel intentando descubrir el significado de las palabras en él, era una dirección cercana, un número de oficina en el cuarto piso. Por un momento no pudo reconocer la letra, aunque él lo había escrito, pasó la mano libre por su frente y la secó en el pantalón, miró la hora y por un momento tuvo la imagen de las agujas corriendo hacia atrás.

-¿Se siente bien?

No le respondió al policía a su lado, lo miró como quien ve morir una gota de lluvia contra el piso, una esfera que tiembla en el aire, estalla y se une al caudal del breve río formado contra la ventana e inundará al mundo.

-Me permite su documento por favor.

Joaquín saca la billetera de un bolsillo trasero del pantalón, la abre y toma la tarjeta de ciudadanía española y el carnet de periodista. El policía se queda mirando esos rectángulos brillosos entre los dedos de Joaquín, una mujer lo observaba por sobre los hombros del policía y por un momento Joaquín imaginó a un monstruo bicéfalo tocado con una gorra negra y un pañuelo blanco.

 

 

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