Insomnio (Revisitado)

1

Noche fría. Noche de vueltas entre las sábanas. Noche de mirar al techo negro, y un nombre de siete letras. Noche de relojes muertos. Ojos abiertos hasta el grito, y un nombre de siete letras. Noche poblada de pájaros azules y ornitorrincos. Noche de lluvia contra las ventanas. De templos desiertos. De palabras escondidas. Noche de silencios negros, de ojos abiertos, y un nombre de siete letras. Un cigarrillo. Boca abierta. Bostezo vestido de gritos. Un techo alto. La ciudad dormida. Ojos espantados que duelen de tanto mirar la nada, y un nombre de siete letras. Noche de animales extraviados. Noche de sueños ajenos que no llegan. Otro cigarrillo acodado contra la ventana. Saborear la lluvia colándose bajo la piel. Noche extraviada, y un nombre de siete letras. Desear que los relojes corran. Que el tiempo se escape y llegue el día. Noche como jalea. Lluvia. Que el tiempo corra. Que acabe la noche. Y un nombre de siete letras.

2

Las horas cuelgan en el escenario de la noche, y el traje de ojos tan abiertos mirando de reojo. Como gusanos que atraviesan el miedo, y el miedo es un huevo rojo en la garganta, un desfile de enanos vestidos de obispo, un animalito tibio que duerme en tus pies y roe hasta el hueso. La noche es un decorado teatral que nadie reclama, donde una mujer aburrida se harta de palabras que no dice. Rasgo los telones del miedo para encontrar nada, una piedra azul encerrada en tu mano y una sonrisa dormida entre la basura. Las horas extraviadas son un barco que encalló en la vereda menos luminosa de tu cuello. Miro a la noche boca arriba. Y mis ojos sin párpados.

3

El espejo rasgado es un cielo invertido. Las líneas deforman la cara, se cuelan por debajo de las uñas, se incrustan bajo la piel. Son un gusano que nada en la pecera del estómago. Tras la puerta del dormitorio una mujer espera bailando en su dogal. El ritmo de un reloj que ha muerto. Horas de ojos abiertos y miopes. La noche no es para los miopes, se extravían, y un rectángulo de tierra húmeda es el mundo. Me siento en la escalera que divide en dos la casa. Intento mirar, descubrir ese punto intermedio entre el arriba y el abajo. Los ojos vencidos renuncian a ver el dormitorio donde la ahorcada espera, llora sangre, y el maquillaje descubre otras caras. Me abrazo al cuerpo pálido, no le hablo, no me animo. Lastimo horas de lluvia apuñalando la noche. No hablamos, no. Bailo solo. Sin mirarnos. Sin saber. Mientras la noche escapa a la carrera.

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