se entregan al silencio

Se entregan al silencio, un jardín abandonado, las flores del no comprender estallando en las muñecas. La locura espera en una silla de plástico, y sobre ellos cuelga algo amarillo que no es el sol; vencidos, envenenados. La última noche fue un cráneo que rueda y cae y estalla en pedacitos blancos, fragmentos de dos cuerpos que se abandonaron a bocas ciegas; la ceguera es un don para los ojos sin párpados. y las letras juegan, tropiezan; Trece letras buscan el sitio que les es propio, se prueban, se miden, hasta encontrar el orden que les permita construir la navaja que los abra en canal, los desnude de piel, de carne, de huesos, hasta dejarlos solo a ellos, los ojos de la mujer, el hambre por ver, las nauseas por mirar. Encerrarse en la jaula de la duda, los barrotes atraviesan la carne pálida, y el pájaro de los celos todavía baila sobre sus cabezas. Soñar, soñar mientras la noche escapa, soñar, desear, un niño muerto en sus manos, arrancarse los ojos, la mirada, tan odiados; y el caparazón de una tortuga esconde el tiempo desgranado en esperas, guarda a todos sus muertos y a los dientes podridos del rencor. Un jardín abandonado crece entre ellos, y escarban la tierra hasta que las uñas sangran, y duele hasta el hueso, y ellos son siete letras y otras seis como flores negras sobre las lajas del patio y la locura sentada en una silla de plástico.

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