Regreso

La llave cede con gentileza en la cerradura, y Joaquín cree que no debería ser así. La casa le da la bienvenida con un bostezo rancio, le susurra de tiempos viejos, cubiertos de moho e historias por las cuales regresó; parece hundirse sobre si misma, derrotada, vestida de tiempo. Entra, aún pensando en su padre, y los muebles se hacen a un lado para recibirlo. Con cada paso, nubes de polvo se elevan desde el piso, y se agitan las cortinas semejantes a palomas muertas en la quietud del cuarto.

Se asoma a la cocina. Sobre la mesada algunos azulejos estallaron en un grito, un cucharón con el mango fracturado en una batalla contra ollas, sartenes y estofados, reposa sobre las hornallas cansadas de la espera por el calor que debía lanzarlas a la vida. Joaquín camina por la cocina amplia, recuerda la gran mesa junto al ventanal que da hacia el fondo que ya no es verde: aquella selva, donde podía ser Sandokán, es una pila de deshechos y plantas salvajes. Se apoya contra la mesada, que alguna vez fue demasiado alta para que él la alcance, y toma el cucharón. La cazuela se desprende del mango y rueda bajo la mesa.

-¿Otra vez abajo de la mesa Joaco? –mamá lo mira desde la puerta que da al fondo poblado de verde, de manzanos, catorce gallinas y una tortuga que duerme en el rincón más quieto del galpón, allí donde papá guarda el Falcon ´70.

El delantal abraza la cintura de mamá como agitado en la voz del aire en octubre. Joaco mira las piernas blancas e impacientes, el pie izquierdo que golpea el piso, las manos de mamá en la cintura semejantes a dos gallinas cluecas. Y Joaco sale otra vez gateando y riendo, mientras mamá mira hacia las tazas formadas en fila sobre la alacena y el mantel disfrazado de selva amazónica y Joaco escapa por entre sus piernas hacia la jungla que vive en el fondo, donde las gallinas son dinosaurios asustados que Joaco se encargará de cazar.

De reojo vuelve a mirar el fondo de la casa, los matorrales calcinados por el sol, el gallinero retorcido en un ángulo imposible y de un tamaño ridículo, diminuto comparado con el de sus recuerdos. Las cartas llegaron cada semana, luego cada mes; cada una de ellas cubierta por una letra más apretada y vacilante. Tu padre está mal, le dijo alguna vez Julia, la hermana menor de papá, que pobló tantos de sus sueños de quince años en las siestas del enero, cuando la tarde se abalanzaba sobre la casa. Las bicicletas esperan impacientes por llevarlos hacia el otro lado de la vía, en busca de los ciruelos que juegan a las escondidas en las quintas. Escapan con furia hacia donde el pueblo se deshace en calles de tierra y lotes poblados de frutales; tras ellos, una catarata de figuritas señala el camino hacia la urgencia de las ciruelas en este verano.

Al pie de la escalera mira hacia el piso alto, y el silencio sacude las paredes de la casa. No la recordaba tan breve, esa no es la casa que aparecía en las fotos que decidió quemar en Madrid; un puñado de imágenes deslucidas que fueron solo humo dos días después que la tía Julia lo llamó para decirle que su madre había fallecido preguntando por él, por Joaco. Apoya un pie sobre el primer escalón que cruje; toda la casa es un aullido en la cabeza de Joaquín, la casa gime, mamá preparando la cena, papá que esa noche tampoco irá a cenar; ¿porqué?, pregunta; papá trabaja lejos, en Buenos Aires, y mamá vuelve a hundirse en ollas y cazuelas que cantan al ritmo de platos y cubiertos que golpean, una danza exótica, alterada; y mamá sirve la carne asada, y la verdura fresca cortada por la tarde. Segundo escalón, y la casa se despereza, restos de pintura caen tras cada paso que lo conduce hacia los dormitorios.

Donde el pueblo comienza a desdibujarse, más allá de las vías que trotan hacia el oeste, la quintas comienzan a crecer, al principio tímidas; luego estallan desde el suelo. Las bicicletas los llevan por la ruta de tierra pálida hasta las quintas. El Falcon roza la bicicleta del menor de los González, rueda, cae, y se alza con raspones en las rodillas y las manos, la cara vestida de polvo. El auto se detiene algunos metros por delante, cruzado en el camino. Alguien baja y camina hacia las bicicletas que parecen encogerse, se acurrucan frente a un temor que no es posible de explicar. Los mira desde lejos como esperando que se acercaran.

-Pegan media vuelta y se rajan para sus casas.

¿Te acordás la fiesta que hicieron para despedirme cuando me fui a La Plata? Joaquín le habla a la cama, al colchón podrido, a los rincones engalanados de moho, desde el piso de madera oscura de años, la espalda contra la pared donde el empapelado poco a poco fue desapareciendo, las rodillas abrazadas. Lo quería ver abogado. En el pueblo no sabían si ponerse contentos porque el Joaco ahora iba a ser doctor, o porque ese año Argentina seguro saldría campeón, ¿cómo no vamos a ganar si lo hacen acá al mundial? Le habla a la cama a punto de derrumbarse, al colchón desnudo y apolillado que huele a muerte.

En la universidad fue desapareciendo hasta hacerse invisible. Escucha y niega, se ahoga en apuntes y libros pesados como su silencio. Piensa en abandonar todo, ahora que mamá murió; piensa en una tarde de enero; en un camino de tierra que lleva la promesa de una sandía robada; en un Falcon como el de papá; piensa en el perfil larguirucho tras el volante, al que Joaquín se parece un poco más cada día.

El pasaje de avión en un bolsillo. Con mamá muerta y el viejo escondido en los rincones más quietos de la casa, no existen razones para quedarse allí; hace meses que no se hable con el padre, ni siquiera en el cementerio se dijeron algo; el brazo sobre su hombro, la mano de papá apretando, apretando, lo deja sin aliento; sabe, Joaquín, el pequeñito Joaco, sabe. Las cartas llegan con regularidad, escritas con esa letra apretada y apenas infantil; pero ni siquiera las abre, un montón de papeles mudos en algún cajón olvidado, en el cesto de la basura, o cremadas junto a las pocas fotos que conservó. Hasta que la tía Julia lo llama para decirle que el viejo estaba enfermo, que se está muriendo. Aprieta con fuerza la llave de la casa vieja, lo único que aún conserva de esa otra vida.

Se pone de pie, pero sigue apoyado sobre la pared torcida. La casa es un manojo de recuerdos podridos, otra víctima de los relojes y la memoria. Mira la cama y trata de imaginar al viejo ahí, el cuerpo reduciéndose poco a poco, devorado por el cáncer. ¿Sufriste? ¿Cuánto? Y vuelve a la pieza en La Plata, asomado a la ventana, y dos pisos abajo todo es celeste y blanco y Argentina campeón; y todo es negro, negro como el nombre del viejo, y lo peor es saber. ¿Podrías entenderme? No lo dice, no hay nadie junto a él. No hay nadie en la pensión de La Plata ni en el dormitorio del viejo. No hay nadie ya. Piensa en el dolor del viejo, en los gritos de aquellos a los que el viejo pisoteó. Piensa en los compañeros con los que ya no puede discutir, ni abrazar, ni mirarse de un modo verdadero ¿Supiste lo que es morir y que nadie te escuche? Y una mujer ya no lo espera más a la vuelta de la esquina, en la puerta del bar; y un pasaje para España y las palabras que son como un huevo rojo en la garganta. Una garganta desgarrada, sueños lanzados a la nada, una cama de hierro que poco se parecía a ésta en la que Joaquín se sienta. Apoya una palma en lo que queda del colchón, imagina al viejo deshecho, comido por los recuerdos de sus muchas muertes sin nombre; otras muertes tan solitarias como la de él, cadáveres modelados con sus manos, cadáveres que estallaron en ese cuerpo esquelético y maloliente.

Deja al recuerdo del viejo, al cuarto, a la casa derruida, y echa llave a la puerta. Dos cuadras más allá la lanza a los pastizales.

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Un comentario sobre “Regreso

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  1. Espléndido texto sobre la vida y sus sinsabores. Un precioso relato cargado de simbolismos.Un abrazo.

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