insomnio (3)

El cielo invertido del espejo devuelve un rostro que se intuye; el espejo rasgado; las líneas deforman la cara, se cuelan por debajo de las uñas, se incrustan bajo la piel, son un gusano blanco que nada en la pecera del estómago. Tras la puerta del dormitorio un payaso espera bailando en su dogal, marca el lapso de un instante más antiguo que el tiempo; las horas de ojos abiertos y miopes, pupilas dilatadas. La noche no es para los miopes, se extravían. Y un rectángulo de tierra húmeda es el mundo. Se sienta en el rellano donde dormita el espejo, intenta mirar, descubrir ese punto intermedio entre el arriba y el abajo, y los ojos vencidos renuncian a ver. En el dormitorio el ahorcado aún espera, llora sangre, y el maquillaje deslucido descubre otras caras. Se abraza al cuerpo pálido, no le habla, no se anima, y el payaso lastima horas de espera, en silencio, lanzado a la carrera, apuñalando la noche; no se hablan, no; y el cuerpo baila solo, y se miran, y no saben, y la noche escapa a la carrera.

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