se extravió en los recovecos del alma

Se extravió en los recovecos del alma. Durmió en el ángulo más lejano de una boca que no se atrevió a nombrar su nombre. A tientas saboreó el perfume de otras muertes, de otras palabras, en ojos abiertos donde la fiebre asemejaba un don. Intentó juntar los pedacitos de su cuerpo, desparramados por los rincones de la casa silenciosa.
Una lágrima jugó en sus ojos hasta caer sobre una mano, aquella que descansaba sobre las piernas. La mano dormía soñando la habitación, la casa, el mundo. Se cerró soñando la muerte de miles, los cuerpos desgarrados, la sangre hirviente, los corazones calcinados por la voces de las bombas que estallaban a lo lejos. Imaginó a las torres desplomándose, a las víctimas trituradas bajo los escombros, a un oso de peluche descabezado.
Despierta la mano, el brazo, su cuerpo se alza sobre las piernas tímidas, y sale al mundo que soñó.

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