Nena

Sube. Sube braceando a través de los velos del sueño. Tiene los ojos cerrados y los dedos arañan la nada de ese océano tibio y salado que estalla en sus oídos. Piensa que no llegará a tiempo, que el tiempo se muere entre sus dedos, un manojo de relojes destripados; su boca no puede nombrar, presa de siglos, muda, y se abre para que el sueño escape por ella y al fin regrese; su mano izquierda se mueve de aquí a allá, busca a alguien entre las sábanas. Está sola. Todos se han ido. De ellos solo le quedan trazos de saliva y jadeos sobre su piel. Abre los ojos. El techo es inalcanzable. Apoya una mano sobre el vientre todavía chato. Algo crece allí, lo sabe. Ella extraviada en las manchas del techo y los brazos abiertos, ella crucificada contra las sábanas que guardan el recuerdo de otros cuerpos. Se pasa una mano por la cara, se frota los brazos y los muslos, quiere arrancarse la memoria de los que la visitan cada noche. La mano corre a través de sus piernas y otra vez se detienen en el abdomen. Se duermen sobre ese cielo invertido, ese cofre palpitante y húmedo y tibio.

Gira. Gira a su derecha. Ella, la nena, de espaldas, boca abajo, recostada de lado, gateando. Sacude la cabeza para alejarlas de si. No puede. Siguen allí. Dolorosas. Laten dentro de la cabeza como eso con lo que el viejo la obsequió dos meses atrás. Late. En silencio. Estira un brazo y toma el reloj. Toda una mañana extraviada en sueños. Sueños de volver a casa. Estar con mamá. Abrazarla. Que mamá la vuelva a tener en sus brazos. Mirarse a los ojos después de un año como siglos. Hola, ¿mamá?… Está todo bien… No, no te preocupes… Sí, acá me tratan bien y voy a la escuela… ¿rara?… no, no es nada, hoy no me siento bien… me duele… no, mami, no es nada, un poco la panza me duele, nada más… sí, sí, no te preocupes, estoy bien… yo también los extraño…. a todos… besos a todos… Aprieta hasta que los nudillos se ponen blancos. Y aprieta. Y no sabe que es eso que crece en la garganta. No sabe. No sabe porque no tiene palabras para decirlo. Para nombrarlo. Y el reloj se estrella contra la pared.

El reloj se muere a las 12,43. Se apaga poco a poco. Se ralenta. Y ella, la nena, piensa que nunca desde que llegó aquí se levantó tan tarde. Un año antes era un rutinario levantarse a las seis para llegar a tiempo a la escuela. El fin de semana hasta no más de las ocho porque hay que ayudar a mamá y papá en la casa. Se sienta. Mira hacia el armario de puertas cegadas con candados. Mira la ropa en el piso junto a la silla, parece a un animal acurrucado en la penumbra del dormitorio. Y vuelve a pensar en los gritos de la Coca ayer a la tarde, meta joder con que le habían robado una aguja de tejer, la de las grandes, de esas para los pulóveres gordos. Y dio vuelta la casa la Coca, armando quilombo por esa aguja de mierda, que se compre otra y se deje de joder, si valen dos mangos las agujas esas. Y ella que se va para la cocina a tomar unos mates para no escucharla más. Y después volverse a la pieza y encerrarse para no seguir escuchando a la Coca. Y esperar a que llegue la noche, y se cuele por la hendijas de las ventanas mal cerradas, y se arrastre por la casa como un hilo de sangre, de esa sangre que ya no la visita desde hace dos meses, pero se calla, y ella sabe y se calla.

Se calla porque el viejo la va a zurrar si se entera. ¿Para qué? Si todo se va a terminar pronto. El asco a su cuerpo, el asco a esa cosa que le regaló el viejo hace dos meses, que crece en ella, que se retuerce, se agita, que se enrosca como un gusano y la come por dentro. Hasta que salga. ¿Qué hacés nena? ¿Todavía durmiendo vos? le grita la Coca siempre impaciente, siempre diciéndoles que estén siempre lindas y sonriendo, que con esas caras de culo no las va a elegir nadie. Golpea la puerta con el pasador puesto. Golpea como para tirarla abajo. ¿Cuántas veces te dije que no cierres la puerta nena? Ya va Coca, ya estoy. Camina arrastrando los pies desnudos, el cuerpo apenas vestido de una remera dos talles más grandes que ella. Abre la puerta antes que la Coca la tire abajo. Preparate ya, bañate y te vas conmigo para la peluquería que a las tres te viene a buscar el de los jueves.

Otro jueves. No quiere recordarlo. Otro jueves. Y hola mi nena y el beso que te deja siempre un hilo de saliva colgando entre los labios. Y la mano en el culo llevándote para el auto bajito, vistoso, caro. Y de la casa a la otra casa. La de él. Y la encerrará allí solo para verte, y apenas tocarte. Tocarte durante toda la tarde hasta que las manos se le cansen. Y después te llevará en brazos hasta la bañera, la grande, la del primer piso, para sumergirte en el agua tibia que huele a flores y lavarte, sin prisa, diciendo a media voz alguna especie de rezo. Mi nena… mi nenita linda…

El loco de los jueves todavía no vino, pero la Coca la apura. Que dale, Apurate nena, que todavía te tenés que bañar, tenés que ir a la peluquería y ponerte linda. Le toma el rostro entre sus manos, con una ternura infinita. Sos una linda nena. Y besa. Y le da una palmada en el culo. Apurate, andá a bañarte. ¿Dónde tenés la ropa limpia? ¿Es esa? Y va para el montón junto a la silla. No. De dos zancadas la alcanza y toma la ropa apretándola contra el pecho. Sí es esta. Ya voy, ya voy y me baño, Coca. Y aprieta la ropa contra ella. Que no se caiga nada. La remerita blanca y la pollera azul plisada apenas por sobre las rodillas flacas, y la bombacha blanca con el Ratón Mickey. Pasillo a media luz aún al mediodía; casa de ventanas cegadas donde duerme el aroma de mil cuerpos. Pasillo hasta el fondo de la casa que despierta cada noche.

En un rincón, sobre la bañera, un ventiluz se abre al cielo. Se trepa tratando de alcanzar un fragmento de ese trazo azul abierto a los fondos. Abre los ojos, enormes, olvidados de asombrarse, buscando hartarse de tanto cielo. La ropa limpia sobre la tapa del inodoro. El pestillo de la puerta se corre. La bombacha con un Mickey asustado, la remera blanca tan blanca dos talles más grandes caen al piso sucio, pegajoso por tantos pies extraños. Abre la ducha. Deja que el agua corra hasta que llegue caliente, muy caliente, y arrastre de trozo de la última noche. Lo hace por costumbre. No hay nada vivo allí, nada capaz de erizarle la piel tan blanca, tan tibia. No hay nada en ella salvo eso que crece en ella, ese gusano pegajoso, ese regalo del viejo que tantas promesas le hizo a papá y mamá, ese viejo que la alimenta a palabras suaves y mierda mal cortada. No hay nada en ella salvo sueños opacos. Sueños que huelen a hombres transpirados, vestidos de desesperación y ojos enrojecidos. Deja que el agua corra por esa piel tan blanca deseando que la arranque y la vista de nena otra vez. Pero no. Sigue ahí. Sentada bajo el agua que cae colándose bajo la piel con la esperanza que ahogue al repugnante presente que el viejo le hizo dos meses atrás cuando la encerró en la pieza grande. Pero no. Porque ella sigue ahí, sigue ahí sentada esperando que el agua tan caliente le arranque la piel y deje la carne desnuda. Pero no. La nena sigue allí. Y se levanta cuando la voz de la Coca llama desde atrás de la puerta y apurate nena que llegamos tarde que no llegamos acordate que a las tres viene el loquito de los jueves y todavía hay que ir a la peluquería. Y arrastra los pies dejando un rastro de agua tibia. Tibia como la cosa que tiene dentro. Y de entre el montoncito de ropa sobre la tapa del inodoro saca la aguja de tejer, esa grande para los pulóveres gordos. Y la mira con asco, con un asco que no sentía desde mucho tiempo antes. Y la sostiene entre dos dedos lejos de ella y dale nena que no llegamos y vuelve a la ducha y la Coca ya se impacienta y golpea dos tres cinco nueve veces la puerta del baño con fuerza y ella que se sienta otra vez bajo el agua con las piernas abiertas muy abiertas como todas las noches y como la noche que el viejo le dio su repugnante regalo y ¿qué carajo estás haciendo ahí? Salí de una puta vez o rompo la puerta pendeja de mierda y ya no la escucha a la Coca como no escucha los jadeos al oído ni las palabras de amor pago de cada noche y nada más escucha el latido de esa cosa babosa y maloliente que tiene adentro muy adentro de ella y que ya es hora que salga y la puerta que golpea y la Coca que la apura y una de las chicas dice de ir a buscar a alguien para que abra la puerta y ella con las piernas abiertas sentada en la bañadera bajo la ducha caliente y la aguja de tejer pulóveres gordos que entra entra como cada tipo cada noche desde hace un año y no siente dolor porque se olvidó de él y no sabe que es eso y abrí la puerta de una puta vez mierda y no la escucha ni a la Coca ni a las chicas y nada más quiere que la aguja entre cada vez un poco más y que salga al fin eso que tiene adentro y escucha un crujido suave y tibio que no es la puerta que se está abriendo y algo se escapa de ella algo húmedo y rojo y los ojos abiertos muy abierto que ya no ven nada y ¿que carajo hiciste nena? y trata de ver a la Coca que le habla y le da palmaditas en la cara y no la ve y no siente que la alza ni eso que se escapa de ella y se escapa del baño de la casa y no escucha nada sumergida otra vez en otro sueño espeso y nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑