Cocinando palabras

Este blog empezó, formalmente, el 7 de mayo de 2006, día en que publiqué el primer post tratando de

Mi cocina de palabras

explicar el significado del título. Eran mis primeras experiencias en el mundo blogero de la mano de Blogger; luego, hacia fines de noviembre de 2007, me mudé aquí, a WordPress.

Ya transcurrieron más de cuarenta y dos meses donde dejé caer en estas páginas relatos, algunos cuentos, varios intentos fallidos de poesía, intentos algo burdos de ensayo, crítica y recomendaciones de libros y discos, crítica política. Pero nunca escribí sobre mi como escritor, nunca dejé caer alguna idea sobre como escribo o el modo en que concibo la literatura.

Me aburre escuchar del clásico escritor, la mayor de las veces poeta, que dice sufrir la literatura, el poeta torturado que debe brindarle al mundo sus pesares y desdichas. Por el contrario, para mí, el puro de escribir es goce puro.
El momento en que me dedico a escribir, a dejar que la historia se escape sobre el papel (o el teclado) es un instante en el que el tiempo permanece suspendido. A muchos podrá caerles mal, pero me enfrento a la literatura como a un juego: escribir es jugar, y el juego es simple disfrute. Luego vendrá el momento de la corrección, cuando uno debe dejar las tripas sobre el trabajo, desangrarse en cada palabra. Pero eso es otra cosa, la corrección es trabajo intelectual, la creación es ludus.

Acá escribo

¿Cómo escribo? Según Marcela Predieri lo hago espoleado por la histeria. Y algo de eso hay: reconozco en mi escritura una obsesión por el ritmo que debe llevar mi narrativa. En un relato de no más de dos página busco el ritmo trepidante, histérico, necesito abofetear al lector, convertirlo en víctima de la historia.
Cuando escribo largo, no concibo un cuento de menos de siete mil palabras, adopto una actitud más laxa; el ritmo debe ir en ascenso hasta el estallido del final. En el relato opto en ganar por knockout, en el cuento la victoria debe ser por puntos, el cuentista (yo) decide cansar al rival (el lector) demolerlo lentamente, hasta el golpe de gracia en el último párrafo.

¿Acaso se debe ser tan agresivo con el lector? Supongo que sí, y aún más si es posible. Todos tenemos en nuestra mente un lector ideal, el mio es el lector activo, aquel que se siente interesado por el texto y no teme participar de él. El otro, el lector hembra de Cortázar, no me interesa, lo desprecio. El buen lector no tiene ninguna consideración con el autor, si el libro no le gusta o lo considera mediocre, simplemente lo dejará a un lado sin ningún remordimiento. Entonces ¿qué consideración debe tener el escritor para con quien lo lee? Sospecho que ninguna.
Aunque sí tiene una obligación: la de crear un texto interesante y de valor artístico. El escritor usa la herramienta natural del hombre para su relación con el otro, pero debe transformar esa herramienta, la palabra, de un signo de comunicación en un signo artístico. Esto es lo terrible de la literatura.
¿Cuándo una frase es bella? Alguna mujer mayor amante de la poesía rimada en endecasílabos perfectos se desmayará de placer ante la imagen de los rododendros destilando el suave néctar iluminados por el manto del crepúsculo. En lo personal me parece una cagada.
La narrativa, y la poesía más, debe ser una exploración del lenguaje. Cuando digo exploración me refiero a revolver en sus cimientos o, al decir de Conrad, sumergirse en el medio más corrosivo y nadar.

No concibo una literatura complaciente. No concibo una narrativa que le brinde al lector todo

Manuscrito - Estoy volviendo al viejo vicio del papel

perfectamente digerido, limpio, pasteurizado; descreo por completo de una poética que no se atreva en explorar la belleza del idioma, porque la palabra escrita no solo debe decir cosas, no importa qué, pero decirlas de un modo que las eleve por sobre la realidad cotidiana.
Si digo Juan comió la manzana, esa manzana debe ser única, en nada parecida a cualquier manzana que nosotros podamos comer. No será mejor ni peor, será simplemente única. Si como narrador logro, con una frase tan banal, que el lector crea en lo excepcional de la manzana que comió Juan, entonces estoy haciendo literatura, pude atisbar la belleza de la palabra. Belleza la traduzco en verdad, si descubro la belleza de esa manzana, entonces ella será verdadera.
La narrativa trata de la verdad, pero no como concepto abstracto. Un cuento nos habla de una realidad por fuera de nuestra realidad, nos abre la puerta para asomarnos a otro mundo -muchas veces demasiado similar al nuestro- donde todo aquello que suceda entre sus límites es tan real como el libro que contiene al cuento y que el lector percibe tan firme entre sus manos.

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3 comentarios sobre “Cocinando palabras

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  1. Daniel me asustas, que tajante resultas como escritor! Ya intercambiaremos opiniones al respecto, por lo pronto, agradezco que sigas escribiendo eso es lo que importa finalmente… al menos para mi. Saludos!

  2. ¿Qué parte te resultó tajante?
    De todo lo que escribí en el post lo más importante es la cuestión de la belleza en la escritura, en los demás siempre existirán matices.

  3. Lo tajante… esos deber ser del quinto párrafo, aunque imagino que no lo son tanto. Buen post, creo que tampoco he escrito uno así -luego te mando el link-, también coincido en que la belleza de la escritura en sí se impone. Saludos!

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