Borracho

Está frente al vaso de cerveza extraviado en las burbujas que suben desde el fondo, rápido, rápido, y más arriba, hasta encontrarse con la espuma que estalla contra el borde, se detiene, se desvía hacia un lado; se piensa encerrado en la burbuja, ese mundo redondo, perfecto, que sube. O quizás no prisionero de ella encerrado rodilla contra mentón y los brazos alrededor de las piernas; no, no prisionero, sino ser la burbuja misma, redonda y clara mientras sube como una más entre ellas. Un trago largo para calmar la espera y no tener que escuchar la música tan fuerte; la cerveza, largo trago dorado y apenas tibio por tanto esperar, adormecerá los oidos, las manos como trapos sucios y húmedos y los ojos; esos ojos líquidos, como siempre decía la tía Beba cada vez que llegaba a casa se venía derechito y pellizcaba los cachetes y que ojos ¿de quién son esos ojitos mi amor? de la tía, trataba de decirle, mientras seguía tirándome de los cachetes y me dio un paquete papel dorado y feliz cumpleaños Maurito y el rip rip del papel que cae descubriendo una remera con un pato enorme en el pecho, gracias tía y me voy corriendo; ¿cómo?, el tipo de negro lo mira de costado con los codos en la barra. Nada, nada. Y vuelve al vaso y las burbujas que ascienden y otro trago y mirar al tipo que también lo mira como un ojo negro y enorme, un túnel o un pozo, piensa, un hueco por el que caería sin remedio, encerrado sin remedio como en las burbujas de la cerveza que se entibia entre entre las manos sudadas. El ojo, el tunel, gira y Mauro cae. Alarga un brazo para tocar la nada, un pie y otro en pasos largos que pisan la nada, una nada suave como el césped húmedo en una mañana de sol. Caer de rodillas con el sol atravesándole los ojos. Y los patos.
Eran cuatro. Nadaron hacia la izquierda donde crecían las cañas en manojos apretados, luchaban por ir al encuentro del cielo, por elevarse y por encajar las raíces en el fondo. Un pato metió la cabeza en el agua; Mauro imaginó al pato ahogado, tieso, cabeza en agua y culo al cielo. El tiempo se escapaba de entre sus manos, un pato ahogado y los otros tres tan lejanos dando vueltas con esa indiferencia tan propia de los patos. Nunca le gustaron. Lo patos, digo, nunca me gustaron y deseé que el muy jodido se quedara ahí, quietecito y frío. Un trueno de plumas y la cabeza escapó como una burbuja de un vaso de cerveza, un reflejo dorado asomando del pico y cuatro patos despedazando el aire, y un poco más alto cada vez hasta que se confundieron con las manchitas negras que bailaban frente a sus ojos los días de sol como aquél, ojos blandos como la laguna; nunca me gustaron los patos, siempre me parecieron bichos sucios, y ese andar cansino como de rengos. En la laguna las cañas bailaban una danza lenta al ritmo de la brisa y las ondas espesas en el agua; pensó en una pavana o una boureé, pensó en Bach, un arroyo quieto alimentando la laguna donde peces dorados crecían como burbujas en un vaso de cerveza.

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