Esdrújulas

Las palabras son animalitos peludos y rabiosos. Son blancas de un blanco insoportable y enfermo;  sus ojos, rojos y afiebrados. Son algo más pequeñas que mi palma, pero  no me atrevo a tomarlas; suelen defenderse con furia, mordiendo los brazos, los hombros, el cuello que siempre intento proteger. Las esdrújulas tienen una predilección por morder el abdomen, esos diente filosos como navajas cortan con limpieza la carne, la herida sangra con lentitud. Éstas son las que más tardan en cerrarse.
Las palabras están acurrucadas dentro mío, lo se; puedos oirlas quejarse, rasgar, revolcarse una sobre otra. Luego nacen. Florecen a través de cada parte de mi cuerpo, brotan de la boca empujadas por el pez que nada en ella; crecen desde la punta de cada dedo de mis manos, se extienden delgadas, se contraen hasta formar una breve burbuja peluda, y con un ¡plop! se separan, se alejan, corren, y cuando saben que no podré alcanzarlas se detienen, dan media vuelta y sentadas sobre sus patas traseras me observan esperando que reaccione.
Permanezco sentado, las observo, las manos permanecen entrelazadas sobre el regazo. Les hago creer que no me importan, que las dejaré jugar a su antojo. La mayoría regresa a mi lado y se amoldan a mis caprichos.

Pero las esdrújulas son de otra clase, parecen chicos. Y como los chicos, tienen tendencias psicópatas. Siempre se agazapan, como aguardado por algún acto horroroso. Son presumidas y suelen atacar a las otras palabras, en especial a las agudas; quizás por el temperamento calmo de éstas. Las esdrújulas son como un paseo por las calles de París en un día de lluvia, cuando el viento sopla desde la orilla derecha del río y uno siempre acaba empapado, en especial de las rodillas hacia abajo. La peor parte se la llevan los pies, chapoteando dentro de los zapatos, fríos hasta que duelen las articulaciones de los dedos. Prefiero que nazcan cuando escribo en mi casa, allí pretendo que soy capaz de dominarlas, es mi reino y se supone que allí gobiernan mis ideas.
No siempre es así. A veces aparecen mientras garabateo en una servilleta de un bar, entonces se lanzan corriendo entre las mesas, pateando y mordiendo las canillas de los parroquianos, en especial de las viejas con aspecto de solteronas, y volcando los vasos. En la quietud de mi cuarto no pueden escapar demasiado lejos, pueden armar algún alboroto que los vecinos creerán como algo nada especial; allí puedo arrinconarlas, tomarlas por el cuello y hacer que se queden en su lugar.
Luego guardo el montón de hojas en el segundo cajón del escritorio. Le hecho llave.
A veces, en la madrugada, puedo escuchar un rasgar de dientes en el segundo cajón del escritorio.

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2 comentarios sobre “Esdrújulas

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  1. Los gerundios son señores regañones, de esos que poncharán tu pelota si cruza por casualidad su jardín. Suelen pasar desapercibidos en las fiestas pero los delata el eructo que producen cada que una frase los saluda.
    Los gerundios viven de la caridad, de lo que sobró de otra palabra, de lo que arrastran…
    Muy buen blog, los ejercicios buenos. Saludos desde México.

  2. Los gerundios son espesos, se pegotean entre ellos y con las otras palabras que suelen acompañarlos. Cuando muchos de ellos se atropellan en un discurso empiezo a bostezar.
    Gracias por tu comentario

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