De “Crónicas de la era del sueño”

Crónicas de la era del sueño es una historia que comencé a escribir hace muchos años. La misma fue dejada de lado y retomada varias veces con poca suerte.
Es un único relato articulado en capítulos cerrados en si mismos, cada uno de ellos puede funcionar como un cuento independiente, pero en el conjunto de historias es solo una parte del todo.
Después de bastante tiempo recomencé con la escritura de las historias que formarán el libro. Aquí dejo un fragmento de lo que estoy trabajando actualmente.

El sueño llegó a Gerard la tarde en que la casilla de la playa estuvo terminada. El sueño se abalanzó sobre su cabeza con el sonido del océano que desde hacía años comenzó a retirarse, dejando al desnudo cadáveres de peces, rocas y el desierto de arenas rojas tras el laberinto dibujado por las dunas de la playa. La casilla de Gerard era otro laberinto, secreto y decadente, una colección de trozos de automóviles chocados, computadoras muertas y sueños extraviados.

Gerard agradeció la imposibilidad de hallar un cabo donde aferrarse, trastabilló mientras extendía una mano hacia la tira de papel escupida por la impresora, y que cada segundo se cubría con una nueva cifra; 9435480013546876213, 9435480013546876212, 9435480013546876211, 9435480013546876210, 9435480013546876209 ……………………………………………………………………………………

La playa lo envolvió con los contornos suaves de las dunas; a su izquierda las curvas de las colinas blancas imitaban las formas de un gigante ahogado, un hijo del océano moribundo devuelto al paisaje que Gerard intentaba crear. Caminó hacia el gigante mientras notaba un objeto pequeño y duro en un bolsillo del plantalón. Lo palpó por sobre la tela de lino y no supo reconocerlo. Pensó que sería peligroso tratar de ver que llevaba consigo; lo importante era transitar el espacio que lo separaban del cadaver del gigante. Miró hacia atrás y comprendió que ya no se encontraba en la playa familiar, que ella se encontraba a una distancia de siglos. A cien metros el hijo del mar se transformó en un esqueleto a medio comido por las aves, de espaldas sobre la arena, la cabeza apuntando hacia donde alguna vez hubo agua, y el rostro dulcificado por la muerte vuelto a Gerard, el gigante aguardaba por un nuevo tiempo más feliz. Las costillas, los pilares sobre los que Gerard sería capaz de construir nuevos paisajes, apuntaban al cielo; de su cara solo permanecían los ojos calmos mirando a ningún lado. El brazo izquierdo se extendía hacia Gerard subiendo hasta el hombro, una cúpula suave que resguardaba secretos en otras lenguas; entre los dedos un cubo pequeño, suave y rojo.

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