La ciudad, ellos y yo

Los odio. Percibo la nausea naciendo en mi estómago. Asciende y estalla en mi boca. Deseo ver sus caras. Sus caras. ¿Qué buscan acá? ¿Por qué no se van? En cierto modo disfrutan de mi odio. De mi malestar. No debería demostrarlo, pero me es imposible no hacerlo. Quisiera que ellos se fueran. O irme yo. Pero no puedo. Estoy anclado a este lugar. Me encuentro encerrado en mis propios lugares. No. No soy un prisionero. Puedo moverme a mi gusto por la ciudad. Por las avenidas atestadas de gente y autos que escupen palabras odiosas o humo. Por escaleras y corredores. Y por barrios donde toda emoción murió hace tiempo. Y en calles donde bailan las sombras de mujeres deseables. Pero no puedo liberarme de ellos. Ellos siempre (siempre) caminan a mi lado. O a mis espaldas. Se esconden en zaguanes oscuros. Se esconden tras escaleras. En los tachos donde los mendigos revuelven en la basura. Uno siempre permanece acurrucado bajo mi cama. Durante horas. Quieto muy quieto. Por las noches creo escuchar su respiración calma, paciente, húmeda. Por la noches lo escucho respirar. Los odio.

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