Purgatorio (Parte 1)

La habitación mide cuatro metros por tres metros y medio. El piso es de madera de pinotea; el techo es alto y en su centro hay un rosetón de yeso descascarado de donde cuelga una lámpara que ilumina sin sombras al cuarto. Bajo la lámpara hay una mesa pequeña, de madera, pintada de blanco; y junto a ella una silla Thonet, también blanca. En cada una de las paredes más cortas hay una puerta. Una de las paredes más largas está cubierta de un lado a otro, y del piso al techo por una biblioteca; en la pared frente a la biblioteca hay una ventana de dos hojas sin persiana ni cortinas; tras la ventana una pared con el revoque saltado.
Un hombre está parado frente a la biblioteca. Mira los libros en ella, un dedo pasa de un libro a otro a un centímetro de ellos como si temiera tocarlos. El hombre intenta leer los títulos en los lomos pero le resulta imposible: las palabras son incomprensibles, incluso cada tanto aparecen escritas en caracteres desconocidos.
Encuentra uno cuyo título comprende. Breve historia de la locura humana. Lo abre. Las primeras quince o veinte páginas están en blanco. Al fin aparece una con el título escrito en letras grandes; alrededor de ellas aparecen filigranas y hojas estilizadas, flores semejantes a trompas, escondidos entre las hojas pudo descubrir criaturas marinas. Peces, medusas, ninfas otorgándole su desnudez. Debajo del título el rostro de un hombre viejo. Es un dibujo a lápiz de una perfección enferma. La boca del viejo se tuerce en un ángulo extraño, por momentos es una sonrisa, luego un gesto de burla. El hombre toma una lupa de sobre la mesa y observa con atención la cara en el libro.
A medida que acerca sus ojos al libro las líneas que dibujan el rostro del viejo comienzan a extraviarse, y adquieren formas semejantes a las que adornan al título. La curva de la mejilla izquierda se alza y estalla en la filigrana de las ojeras transformándose en un bosque espeso, palpitante, húmedo. El pabellón de una oreja es el hogar de una miríada de insectos que se corren hacia el valle abierto en la comisura. En el volcán de la nariz moran hombres oscuros vestidos con pieles de sapos, que arrastran con cada paso sus colas recubiertas de escamas. Los ojos son solo ojos, saltones y huecos. Los ojos de un ciego.
Deja caer el libro al suelo y el golpe contra la madera es el estallido de mil muertes. Se recuesta contra la biblioteca sin lograr que su mirada se aleje del libro. Tras una de las puertas algo se mueve, pesado, se arrastra, el suelo cruje, una sombra nace tras la rendija bajo la puerta, crece, se detiene. Silencio. El hombre que lee el libro se apoya contra la biblioteca. Aguarda. Algo pesado se apoya tras la puerta. La puerta cruje. Luego una calma inmensa se arrastra a través del piso hasta los pies del hombre que dejó caer el libro; la sombra se aleja, desaparece. Toma el libro que dejó caer. Lo aprieta entre sus manos hasta que los nudillos se vuelven blancos.
Sentado frente a la mesa, bajo la luz enferma de la lámpara, comienza a leer.

Continúa en…

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