Encuentro con un guardia

El mendigo frente a la puerta lo obliga a detenerse. Por allí no podría pasar y la puerta angosta de madera labrada era la única entrada al edificio. Da un paso a un lado, a otro, y vuelve al a comienzo. El mendigo es un bulto oscuro sobre los tres escalones que llevan a la puerta, parece un animal pequeño y oscuro que aguarda dormido.
Se sienta en el suelo frente al mendigo con las piernas cruzadas. Todavía no amaneció y las veredas del Ministerio se muestran húmedas por el rocío. Solo están él y el mendigo en la ciudad desierta a las cinco de la mañana. Alarga una mano que se detiene a mitad de camino y despertarlo para poder entrar. La mano cae sobre su regazo, parece un pájaro blanco, frío, muerto. Sobre la ciudad el sol corre hasta iluminar la cara picada de viruela del durmiente, y esa herida blanca y tibia lo arrastra desde el mundo de sus sueños hasta los tres escalones y la ciudad. Su único ojo lo mira, todavía hecho un ovillo orlado de orín y restos de ciudad.

-Buen día.

El mendigo, guardián del Ministerio, no le responde. Quizás no quiera hacerlo, o quizás no pueda. Apenas si logra sentarse apoyando la espalda contra la puerta. Su único ojo se abre demente, y él imagina que será devorado por ese hueco profundo. El guardián se pasa una mano por la cara, desde la frente, por sobre su único ojo, la nariz rota, una mejilla, la boca que se tuerce en una especie de sonrisa, el mentón; el rostro lampiño.

-Usted debe entrar aquí.

-Sí.

-Todos quieren hacerlo… algunos lo logran, otros se extravían aquí mismo…

-Debo entrar…

-…porque estas veredas son tan peligrosas como el más intrincado de los laberintos. Pero usted desea entrar, a pesar de todo…

-Debo entrar.

-Usted confunde el deber con el deseo. No es bueno eso, no debería actuar de ese modo.

-Estoy citado…

-Sí, sí… todos lo están; pero apenas cruzan ésta puerta comprenden que lo hicieron por razones equivocadas.

-Tengo audiencia con el Procurador…

-Tomatzkin.

-Sí… ¿cómo lo sabe?

-Es mi labor y obligación saberlo. De otro modo no se me permitiría permanecer aquí.

-Permítame entrar entonces.

-Usted insiste en plantear toda esta cuestión de un modo erróneo… No puedo dejar que cruce esta puerta así como así.

-Es que ya no puedo seguir demorándome… me esperan y…

-Sigue sin comprender. ¿No se da cuenta que me encuentro aquí para que usted no llegue jamás a encontrarse cara a cara con el Procurador Tomatzkin?

-Esto es… inaudito…

-No, no lo es. Y debo aclararle que con cada palabra que usted me dice más lejanas son las posibilidades que tiene de ingresar.

-¿Por qué?

-Porque pone en evidencia su ignorancia sobre lo que sucede tras la puerta a mis espaldas. Con seguridad usted imagina una maquinaria sutil y delicada, pero nada de esto es verdadero… la verdad es, en efecto, más sutil que cualquiera de sus sueños acerca del Ministerio.

-¿Qué debo hacer, entonces, para poder entrar?

-Bien… ahora comenzamos a encaminarnos… Ante todo debe resignarse a que la empresa que lleva entre manos está condenada al fracaso…

-No… debo encontrarme con el Procurador Tomatzkin…

-Y en efecto, en algún momento lo hará. Pero no hoy, quizá tampoco mañana… quizás nunca.

-¿Y su labor es que yo no lo logre, verdad?

-Ni usted ni nadie. Todos imaginan una entrevista con el Procurador, pero nadie lo ha visto nunca… ni siquiera yo que soy quien resguarda esta entrada. Por lo demas, y esto no es algo que le confíe a todo el mundo, es probable que el Procurador Tomatzkin ni siquiera exista…

-Eso es un absurdo…

-Hay algo de verdad en lo que usted acaba de decir… Absurdo es la palabra, pero no el sentido que pretende darle. Aquí, absurdo es sinónimo de caos, de azar… el Ministerio se rige por leyes aleatorias, ninguna escrita, ninguna demasiado perdurable.

-¿Cómo haré para entrar, entonces?

-Aguarde aquí, a mi lado.

El guardia le señala el peldaño donde está sentado.

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