Fin

Ahora todos se fueron.

Todavía está en el sillón desde donde los despidió con apretones de manos y besos en las mejillas. Se afloja la corbata y suelta el último botón de la camisa. Mira hacia el techo, mira hacia la nada que crece en él. Toma un cigarrillo del paquete que está sobre la mesa baja junto al sillón. No lo enciende, juega con él haciéndolo girar entre los dedos; hasta que se quiebra y algunas hebras de tabaco caen sobre el pantalón y la corbata. Estruja el cigarrillo hasta transformarlo en una bola apretada y lo deja en el cenicero de cristal de roca; entonces toma otro y lo enciende. El humo no puede colmar el vacío, pero es una compañía más agradable que los ministros y los alcahuetes de turno.

¿Que le voy a decir? Se quita la corbata y la tira lejos; cae sobre la alfombra junto a una de las patas del escritorio. Un hilo de ceniza se desploma sobre el brazo del sillón y lo aparta con un dedo. El reloj de péndulo junto a la biblioteca marca las 23,42.
Desde el ventanal que se abre a la Plaza Mayor puede ver la ciudad quieta, dormida, las calles desiertas; cada tanto el chillar de las sirenas o los ecos de las explosiones.

Ya se han ido todos, ni siquiera la guardia personal está en sus puestos      saben que vienen       los destellos iluminan los ventanales     rojo amarillo rojo rojo        el tacatac tacatac de las ametralladoras bailan a pocas calles de la plaza        él sabe que la cerradura de la puerta no resistirá por mucho tiempo

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