Conocí a una mujer…

…que vive encerrada en su departamento desde hace más de diez años. Me contó que ya no tolera tener cerca a otra persona durante mucho tiempo. A veces, levanta apenas la persiana de la ventana del living y mira hacia la calle. Ve pasar a la gente cuatro pisos más abajo; y piensa que nunca podrá charlar con ellos, nunca sabrá sus nombres ni conocerá sus voces. Entonces, cierra los puños hasta que lágrimas rojas ruedan por las palmas.
Ciertas mañanas, me cuenta, se encierra en el baño y se maquilla, aún antes de preparase el desayuno, y viste sus mejores ropas. Pero solo para ella, cada día, cada mañana, cuando despierta, su marido ya ha salido para el trabajo. Ella prefiere cocinar su propia comida; el marido es un gran cocinero, me cuenta, pero ella nunca sabe que cosas que agregó él a la comida. Ella solo sabe de comidas simples, un churrasco a la plancha, y poco más; pero eso le es suficiente. No quiere que su marido le cocine.
Tampoco quiere ver a sus hijos. Desde que se fueron, el único contacto con ellos es por teléfono, me cuenta. Es lo mejor son unos desagradecidos, nunca me quisieron de verdad. Y regresa a la cama siempre mal tendida. Mira el techo, y hacia la ventana de persianas bajas. El cuarto a oscuras. Es mejor así, me dice. Durante horas, durmiendo de a ratos, hasta que el esposo regresa después de las ocho de la noche.
Ya se suicidó tres veces.
Las tres veces fracasó.

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