El espejo en el rellano

Querría esconderme bajo la mesa. O en el rincón oscuro del armario, el del pasillo que lleva a la cocina. Me gustaría que la casa estuviera mejor iluminada, y que el olor -ese que ya no percibo- escapara por alguna ventana abierta.
Preferiría que los pasos que escucho en el piso alto cesen, aunque eso signifique que me quede solo. Me siento en el suelo junto a la biblioteca; las rodillas contra el mentón y los ojos apenas entrecerrados. Una culebra repta por mi espalda rodea mi cuello y se desliza por un brazo, hasta que éste se alza lento, como dormido; y se detiene con el pulgar en mi boca.
Algunas noches la vieja que vive en el piso de arriba se sienta en el rellano y me habla desde allí. No puedo verla desde el sillón frente a la biblioteca, pero la voz rasposa y la silueta desdibujada sobre el espejo en el rellano, llegan hasta mí como si regresaran de un viaje demasiado arduo.
Hoy no ha venido. Empiezo a comprender que la extraño. Ella se apoderó del piso de arriba sin que me diera cuenta. Una mañana simplemente la encontré instalada en una de las habitaciones, colmándola de bolsas de plástico, montones de ropa gastada, y una radio grande sobre la cómoda. Eso es todo lo que sé de ella. Y que nunca baja.
Ya eché llave a las puertas. Estoy solo en la casa, con mis silencios y mis libros. Voy hacia la cocina; camino sin levantar los pies del suelo, apoyándome contra la pared del corredor. Breves grietas, puntos diminutos del revoque contra los dedos me hablan de la historia de la casa. Mi padre la compró a un viudo; el cáncer de garganta lo transformó en un mudo incapaz de comunicarse como no sea a través de señas, gruñidos o palabras garrapateadas sobre el cuaderno que nunca lo abandonaba. Tres años atrás me mudé, luego que mi padre muriera en el cuarto que ocupa la vieja.
La cocina está en penumbras. La prefiero así. Me siento en una de las tonet de mi padre. Me recuesto contra el respaldo con los ojos cerrados y los brazos colgando. Un aroma dulce, espeso trepa por mis brazos mi cuello y se cuela a través de la nariz; se recuesta contra la lengua, y pienso en un matadero. Miles de vacas desangradas, los cuellos fracturados, y las patas que ya no pueden sostener al animal. Una vaca cae al suelo y tres tipos de ropa blanca se abalanzan sobre ella como hienas dementes. El olor de la sangre me abofetea la cara. Estoy parado junto a ellos pero me ignoran; continúan con sus movimientos precisos como si yo no existiera. Los brazos que sostienen las cuchillas se mueven en pasos de baile; y la sangre salpica sus ropas y mis brazos.
Espero. Todavía sentado de espaldas a la puerta de la cocina. Una pava silba sobre la hornalla. El pico escupe vapor hacia el cielorraso. Me paro y voy hacia ella. Quiero retirarla del fuego, pero el asa está muy caliente y no me atrevo a tomarla. No veo nada con que ayudarme a asirla. Apago la cocina. Poco a poco la columna de vapor muere y el silbido se apaga. La cocina se acalla, como si el tiempo hubiera muerto de un modo repentino.
Vuelvo al living, al sillón frente a la biblioteca y al espejo en el rellano. Espero. Los pasos en el piso alto se acallaron. Noto algunos libros fuera de lugar. Permanecen acomodados, pero no en el orden que siempre guardo para ellos. Paso mi mano por ellos y los dejo caer. Llegan al suelo con un ruido blando. Caen, girando, lentos, y ploc plocp pocpl.
Me siento con las piernas cruzadas entre los libros.
Espero.
Escucho.
Los pasos en la escalera.

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