Llegó marzo (al fin)

Llegó marzo.

La verdadera Mar del Plata abre los ojos, se despereza, y retorna a la vida. Durante casi tres meses permaneció sumergida en el sueño de un verano colmado de ruidos y luces estridentes; de tráfico histérico y gente vestida de deseo. El verano en Mar del Plata, es un carnaval decadente donde se cruzan bocinazos frente al Casino y chiquilinas pasadas de éxtasis y vodka; es los pibes de la peatonal y Entre Ríos; y Mar del Plata en verano es, también, cuarenta borrachos destrozando vidrieras en Alem a las cuatro de la mañana.
En diciembre arriban los primeros noteros desde Buenos Aires escupiéndonos desde el televisor a las dos de la tarde que “estalló el verano”, rodeados por cuatro chicas con sobredosis de siliconas, y una caterva a sus espaldas mostrando carteles mal escritos a mano, sobre cartones, papeles blancos o cajas desarmadas. Los carteles nombran lugares y nombran nombres, perecen elegidos al azar: Aguante Hurlingan; Feliz cumpleaños Bepo; Romina te quiero; Familia Suarez de Bulonge
También en diciembre comienza el bombardeo de películas navideñas por la televisión, además de las promociones idem. Y eso que no me pongo a hablar de las vidrieras: todas decoradas en rojo, azul, blanco, y dorado; más las campanas, guirnaldas, y muñecos representando a Papá Noel y angelitos varios.

Esto hasta el treinta y uno de diciembre. Cuando llega el 1º de enero, tratando de recuperarnos de la noche anterior, lo único que puede verse en los diarios y en los noticieros es: el número de heridos por la pirotecnia y descorches varios; reportaje -reiterado hasta el hartazgo- a los padres del primer nacido del año, y al primer turista que arriba a Mar del Plata en el año.
Una verdadera delicia.

Ya comenzado el año debemos soportar al turismo: piaras idiotizadas de no menos de cinco individuos, que pasean ocupando todo el ancho de la vereda a ritmo de babosa; o bien circulando en un auto cargado a más no poder por el medio de una calle céntrica a la misma velocidad con que caminan. Eso sí, ante un semáforo en rojo no pueden esperar a que les de paso y se lanzan a cruzar la calle o a entonar música de bocinas.
Respecto de su relación con la playa, existen básicamente dos clases de turistas:

  1. Aquellos que hacen de la misma un rito impostergable. Llegan antes de las ocho de la mañana y hasta que no cae la noche permanecen anclados contra la reposera.
  2. Y están aquellos que realmente uno no sabe a que vienen a la ciudad: los ves tipo dos de la tarde caminando por la peatonal, con un sol rajante, sumergidos en la soledad más profunda.

Salen de la playa, ducha en el hotel gremial o departamento para cuatro personas en el que hay siete, y van a caminar por Rivadavia; por San Martín; o, si quieren creer que son ABC1, por Güemes. Entran al comercio -cualquiera, no interesa el rubro- siempre en grupo, cuantos más sean mejor, y le hablan todos al mismo tiempo al vendedor (marplatense), preguntando cosas que nada tienen que ver una con la otra, desde el precio de aquellas zapatillas hasta donde pueden ir a comer una buena parrillada (pero que no sea muy cara, ¿viste?). Mientras tanto, el vendedor (marplatense) continúa respondiendo a cada idiotez que ellos digan con la mejor de las sonrisas, buscando satisfacerlo, mientras piensa que “porque no te vas un poco a la mierda”, le anota los precios mientras el porteño promete y perjura que “antes que cierren vuelvo a buscarlo… dejámelo aparte”.

Y siguen y siguen, creyendo que gracias a sus magras vacaciones en Mar del Plata vivimos el resto del año; y recorren la ciudad pensando que son sus dueños, sin notar nuestras cínicas miradas, mientras pensamos lo tristes que son.

Llego marzo… Mar del Plata es, otra vez, ella misma.

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