Ciertas disquisiciones trasnochadas, o la violencia como lenguaje de relación con el otro

Esto que sigue es consecuencia de una charla que he tenido el viernes pasado (10/08/2006) durante una cena con compañeros de trabajo.
Todo comienza con una idea que tiró el dueño del negocio donde trabajo: según él,
si tanto el poder judicial como la policía (léase el estado) no pueden hacer nada por detener la serie de asaltos; asesinatos a sangre fría; y violaciones; cada persona debería armarse y hacer justicia por si misma.
Mi primer impulso al escuchar semejante concepto fue tener miedo.
En un post anterior (ver) hago un comentario sobre el hecho de necesitar la violencia en nuestra vida cotidiana, a pesar de rechazarla a un nivel conciente. Éste comentario por parte de Horacio (la persona en cuestión) es una evidencia que aquel post no estaba tan desacertado.
Cuando uno, de un modo natural, se opone en forma abierta a semejante idea, empiezan a mirarte como si fueras un bicho raro; se asombran que no tengas un razonable impulso por salir a asesinar, tortura, violar, destruir, a toda esa manga de negros degenerados hijos de puta que nada más piensan en robarte todo lo que tanto te costó ganar violar a tu hija (que dicho sea de paso está refuerte la pendeja) pegarte hasta que te desmayes por los golpes atarte con el cable del teléfono destruir tu casa cortarte un dedo raptarte y exigir un rescate delirante a tu familia y vaya a saber que otras cosas son capaces de hacer estos negros hijos de puta atorrantes de mierda.
Por supuesto, sería perfectamente admisible poder hacer con ellos todo lo que te van a hacer a vos, y si es posible un poco más (¿para que aprendan?)
Al fin llegamos al punto…

En apariencia, la solución sería transformar a nuestra sociedad en un homogéneo grupo nihilista, sobre el cual no pesara ningún tipo de culpas ni remordimientos (¿la definición del psicópata?); desde éste punto de vista la solución es sencilla: dediquémonos a asesinar delincuentes. Convirtámonos en asesinos; si todos lo somos, si el homicidio es la norma, la delincuencia desaparecerá como por arte de magia. Al fin de cuentas el delito no existe en una sociedad de delincuentes.
Cada vez que planteo el hecho que una actitud como esa, es tan aberrante como la del tipo que mata por matar, o el violador, o el torturador; siempre recibo la misma respuesta: lo que pasa es que a vos nunca te pasó.
En cierto modo no es del todo cierto; y en cierto modo es una ventaja que así sea. Que no me haya pasado es un handicap a favor: me permite tomar una distancia adecuada del problema y tener una opinión lo más imparcial posible. Sin embargo, se muy bien que significa que tres tipos te den una buena paliza para sacarte unos pocos pesos y un par de tarjetas de crédito: lo viví.
Es imposible negar lo traumático de la experiencia: que te maten para sacarte veinte pesos es una aberración; como si tu vida valiese veinte pesos (en realidad es imposible hablar de un valor para la vida de una persona); y si estamos todos de acuerdo con esto, ¿por qué algunos creen que sí podemos asesinar al que trata de sacarnos los veinte pesos? ¿acaso la vida de él sí vale los veinte pesos?
Estoy seguro que no.

Por otro lado tenemos una constante catarata de actitudes públicas; sea desde diversos medios de (des)información, como lo son el Grupo Clarín o Crónica TV, que de modo permanente nos acosan con noticias predigeridas (por ellos, off course); o tipos como Blumberg, un dolido y ultraderechista padre de familia al que raptaron y asesinaron a su hijo; y que ahora lo usa para candidatearse a la gobernación de Buenos Aires: un verdadero asco. Por otro lado está la indiferencia del estado para poner un cierre definitivo a la situación.
Y en el medio permanece a la deriva el argentino promedio, que es un pequeño burgués siempre encandilado con las ideas de derecha, siempre y cuando estén debidamente pasteurizas para no provocar demasiado escozor.
Por todo esto, creo que comenzamos a extraviarnos del auténtico problema; estamos girando alrededor de un centro al cual somo incapaces de ver con claridad. Hasta ahora no pude escuchar a nadie planteando las auténticas razones de la violencia que padecemos; todos (TODOS) permanecen nadando en la superficie en lugar de sumergirse y revolver la basura del fondo. Pareciera que cualquiera, de un momento a otro, del mismo modo que el agua pasa del estado sólido al líquido, decide tomar un 22 corto y sale a robar y a meter bala.
Descreo por completo de lo anterior. Nada es porque sí. Existen razones auténticas, dolorosas, aberrantes; y quizás por eso mismo preferimos mirar para otro lado y quedarnos con la idea fácil del negrito de la villa que sale a meter caño y se droga porque nada más es un negrito de la villa pobre e ignorante.
Tengo cuarenta años y buena memoria; y no logro recordar a ningún político plantear este tema de un modo adulto. Tengo perfecta conciencia que lo que sigue no le va a agradar a muchos que lo lean. Me tiene sin cuidado, no es una justificación de nada; solo pretendo ser imparcial más allá de las circunstancias personales; como decía J.G. Ballard: un médico que está realizando una autopsia a un niño violado y asesinado, no puede dejar de ser imparcial y objetivo; más allá que sienta la furia y el ultraje.

Imaginemos a un chico de quince años que desde siempre vivió en condiciones precarias; que su interés por ir a la escuela no es por aprender, si no por poder comer al menos un plato decente en el día; que no tiene acceso a condiciones de higiene mínimas; que su padre está desempleado desde hace años y tiene que estar mendigando un Plan Trabajar para poder tener alguna miserable entrada de dinero; a su madre, al llegar a la casa, ya no le quedan fuerzas después de diez, doce, trece horas en la planta de fileteado (vivo y escribo desde la realidad (?) de Mar del Plata) por un sueldo de miseria, en negro, en condiciones que atentan seriamente contra su salud (todos los fileteros acaban con dolencias articulares graves); dos de sus hermanas trabajan en un privado, van mitad y mitad con el 840, que las explota sin remordimiento, y el día menos pensado les sale con no vengas más por acá, ya estás bastante baqueteada para el lugar; sabe de un escape fácil, por un peso nada más una moneda te conseguís un paco; y va de un lado para el otro por el centro (Peatonal San Martín, la Diagonal, el Casino y la Rambla, y la calle Belgrano son buenos puntos) mirando mujeres a las que nunca va a poder acercarse plantándose frente a kioscos de revistas donde las tapas le muestran terribles perras a las que nunca se va a poder coger y en la vidriera de Red Megatone ve plasmas que nunca se va a comprar y esos televisores le escupen las imágenes de 4×4 que nunca va a poder manejar y algunas cuadras hacia la costa por Rivadavia mira las vidrieras que exhiben ropa de marca que nunca va a tener y desde el fondo de esos mismos locales dos vendedoras tan producidas y tan perras como las que estaban en las tapas de Gente, Caras y Hombre lo miran con desconfianza y en otro kiosco de diarios ve la tapa del Clarín de hoy que le grita que a un fulano ministro algo lo dejaron libre porque prescribió la causa en la que lo acusaban de afanarse una torta de guita increíble y cuando está por llegar a la esquina de Buenos Aires y Rivadavia ve como un pendejo igual a él bolsiquea a un tipo bien vestido que se aviva y trata de correrlo pero el pibe es pila y chau desapareció al toque y nadie de los que estaban caminando por ahí hizo el amague de ayudarlo al tipo bien vestido y se acuerda que alguien le contó que en la villa de Paso te consiguen un 22 por quince mangos….

Imaginate como sigue.

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