Tema del dragón y cuatro variaciones

Hang Zimou nos cuenta que durante el sexto día, del mes octavo, de cada año del mono; el dragón Liahn Kin despierta y recorre la bahía de Xiang Poh, destruyendo las aldeas de pescadores recostadas entre las colinas y el mar.

Los aldeanos saben de las costumbres de Liahn Kin y durante el séptimo mes de cada año del mono, llevan ofrendas hasta la caverna donde duerme el dragón. Liahn Kin nunca acepta los presentes; las únicas ofrendas de los hombres son peces; frutas; guirnaldas de flores que estallan en rojos, azules y naranjas; un cerdo salvaje descarnado; chaquetas confeccionadas en piel de pez sapo o tejidas con la lana espesa y tibia de las cabras monteras; burdas estatuillas talladas en la madera blanda del árbol de jalea; collares de guijarros pulidos.

Nada de esto satisface a Liahn Kin que durante el sexto día, del mes octavo, de cada año del mono, despierta y recorre la bahía de Xiang Poh destruyendo las aldeas de pescadores recostadas entre las colinas y el mar.


Cuando el verano arriba a la bahía de Xiang Poh, sobre la rivera sudeste del país, Liahn Kin retorna de su morada. Él no sabe la razón por la cual su mundo se desvanece con la llegada del octavo mes durante el año del mono, pero la caverna en la ladera de la colina poblada de cipreses, la bahía abierta al mar de aguas semejantes a un espejo, y los hombrecitos que moran allí abajo, desgajan el placer de Liahn Kin.

Él se mueve entre el goce del mundo de sus sueños y el doloroso paisaje de la caverna y las aldeas a sus pies; a los ojos de Liahn Kin el arco de tierra abierta al mar es un interludio hiriente al mundo al que pertenece.

Liahn Kin cree que la bahía; las chozas miserables; los hombrecitos que corren entre gritos; la espuma de las olas rompiendo contra los lados del acantilado a su derecha; y la arena negra; son la pesadilla que lo arrastra lejos de su hogar; la pradera de pastos tiernos; el aroma fresco del aire; y la voz ronca de aquella a quien ama. Liahn Kin desea despertar, pero los incendios a sus pies y el olor de la carne quemada lo atan sin remedio. Sabe que debe ser paciente: su sueño, repetido una y otra vez, existe según sus propias leyes; Liahn Kin nada puede hacer para detenerlo; el sueño acabará por si solo y él no puede mas que aguardar; y esto lo enfurece.


Los hombres que viven junto al mar no logran ponerse de acuerdo sobre el aspecto de Liahn Kin. Muchos cuentan que es solo un dragón verde azulado, la cabeza alargada coronada de cuernos rojos, paseándose entre los poblados de la costa reduciendo las casas a un montón de escombros humeantes. Otros niegan ésta versión, y cuentan que se asemeja a una libélula del tamaño de tres elefantes que arrasa las aldeas con el batir de sus alas. Los del sur dicen que esto no es así, que Liahn Kin es un enjambre de insectos semejantes a langostas; vistos desde lejos, es una nube oscura que forma por momentos la silueta de un dragón. Los más pequeños, sobre todo los de la tribu Han, dicen que Liahn Kin es un gran pájaro azul como el cielo del estío durante la noche; sus alas arremolinan el aire que cae como plomo fundido sobre sus cabezas. Los del clan Chien afirman que sólo ellos conocen la verdadera naturaleza de Liahn Kin; pero callan, y nunca hablan delante de extraños sobre el aspecto del dragón. Los ancianos nos cuentan junto a las fogatas en la playa, mientras aguardamos por la cena, que Liahn Kin no es un pájaro, ni un dragón de cuernos carmesíes, ni una libélula que agita el aire con sus alas; Liahn Kin, dicen, los más ancianos, es todo ello; incluso también es lo que calla el clan Chien; Liahn Kin, dicen los más ancianos, es como un soplo ardiente que mora en los campos de nuestros sueños.


Hacia el sur, la bahía de Xiang Poh está cegada por acantilados de roca negra. Las casas cuelgan de las paredes que caen sobre el agua, semejantes a colmenas unidas por escaleras, puentes de madera, y sogas de cáñamo. En una de esas casas, en la cumbre del acantilado, rodeada de perros famélicos y acompañada por una urraca posada siempre sobre su cabeza, vive Lin Bah Leh. Ella no nació allí; llegó en silencio, en la hora que el sol comienza a teñirse de rojo; apareció entre las casas caminando con cuidado por los puentes endebles: aceptaron a esa mujer tenue como quien adopta a un perro vagabundo.

Le cuenta, a quien quiera escucharla, que Liahn Kin es un vasto ejército, incansable y poderoso. La gente de los acantilados, oscura y pequeña prefiere callar, aceptando en silencio sus palabras. Ella no lo sabe, no puede saberlo, pero aquellos que viven suspendidos de cuerdas y escaleras; que duermen en hamacas tejidas; y nunca pescan, ni cultivan arroz, ni crían animales; le temen. Cada mañana al despertar, Lin Bah Leh encuentra en la puerta de su choza regalos y alimentos: la gente del pueblo de rocas negras y maderas podridas confía en que solo ella puede apaciguar a Liahn Kin.

Cada octavo mes del año del mono, Lin Bah Leh permanece encerrada en su casa, poco más que un agujero en la roca, anhelando el encuentro con su amante. Mientras tanto, sus ojos van adquiriendo la mirada ansiosa y verde del dragón.

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