Siempre tuve una cierta predilección hurgar en lo más íntimo de las personas que me rodean.
Descubrirlas poco a poco, adivinarlas tras cada mirada, develarlas tras cada latido de su corazón. Uno puede saber más de las personas si sólo se para frente a ellas y observa, se deja hundir en ellas a través de los ojos, las frases que nos dicen y pueden parecernos absurdas, un revolotear de manos entre nosotros.
Muchos se presentan ante mí como completos extraños, gente a las que uno, pienso, no podría comprender jamas. Pero tras estar junto ellos, en ellos, empiezo a intuir que no son más que el mismo amasijo de ideas y frases metidas de prepo en sus cabezas desde chicos, la misma colección de tejidos tibios, que laten, que se retuercen, que intentan correr cuando me ven con el cuchillo en la mano
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Perlas negras 68
Abelardo Castillo, 1935 -
No podemos articular una sola línea que no sea espejo o símbolo del mundo real
Mi nuevo hermanito
Llegó a casa hace una semana. Mamá lo trajo en brazos.
Está todo el día en la cuna, y es tan suave y tibio y paliducho.
Nos mira a todos, siempre, con esos ojazos grandes que parece que no duerme nunca.
Y siempre tiene hambre.
Y dientes.
Le temo.
Estamos esperando que Tomi vuelva de la escuela
ya son las cinco y media y el ómnibus que no llegó, yo no sé todavía no entiendo por qué Pablo no me quiere dejar el coche para que vaya a buscar a Tomi a la escuela. Ahora que empezó primer grado se puso igual que cuando nació Tomi. Ahora no tiene derecho a ser así, ¿cómo no iba a estar mal con lo difícil que fue todo, con Tomi con el respirador artificial y yo que no paraba de sangrar? Pero ya está, ya fue todo eso, y Tomi, mi Tomi, ya empezó la escuela; pero igual una no se olvida; todavía lo veo a mi chiquitito Tomi en la incubadora, y esas cosas que le ponían, y las mangueras en la boca, y él tan chiquitito y blanco pobrecito, pero este año ya empezó la escuela y Pablo que no me quiere dejar el coche para que lo vaya a buscar, y lo tiene que traer el ómnibus porque yo no puedo dejar la casa sola, no puedo. Pablo que vive en su oficina y la casa tan grande que siempre la veo desordenada, y Tomi tan revoltoso que siempre anda desordenando todo le que termino de acomodar. Tan lleno de vida mi Tomi. No como el padre. Pero Pablo no era así, no, parece que se fue muriendo después que nació Tomi. Un poco después se le pasó, pero desde que Tomi empezó la escuela él volvió a ponerse así, mal, hasta me dijo de empezar otra vez terapia. Pero no sé si es para tanto, ya se le va a pasar, se debe sentir un poco viejo, ahora que nuestro Tomi empezó la escuela
Martina vuelve a mirar por la ventana de la cocina, aquella tan pequeña como sus ojos miopes, la que da al jardín, espera a que el transporte naranja se detenga frente a la casa, mientras el café con leche y las galletitas esperan sobre el mantel a cuadros rojos y blancos, el tablero donde el juego sin palabras de cada tarde sigue reglas propias. Martina se sienta contra el borde de la mesada, apoya las palmas contra el canto y aprieta, aprieta hasta que las manos blancas se vuelven más pálidas. Cierra los ojos, los refriega con el revés de una mano, y no entiende por qué Tomi no llegó todavía. Le cuesta ver la cocina, los muebles se vuelven tenues, la taza sobre el plato sobre el mantel a cuadros, el plato de un blanco perfecto donde descansan ocho galletitas dulces alineadas a intervalos regulares, como las víctimas de una catástrofe, todo en la cocina es correcto. A su izquierda el reloj marca las diecisiete y cuarenta
yo no sé qué le pasa, y no es la primera vez que se atrasa, no. Ya pasó esto, y cuando quise llamar para quejarme Pablo me dijo que mejor no, que estas cosas pasaban. Sí, pasan, ya se, pero también pasan otras cosas y no quiero que a mi Tomi le pase nada. Se le va a enfriar la merienda y el café con leche siempre le gustó tomarlo bien caliente más ahora, en invierno y con este frío. Yo no entiendo a esta escuela, les hacen usar esa uniforme tan livianito que no sé cómo no se enferman los chicos. Pero igual a mi Tomi no le va a pasar nada, no es como el nene de Mara, se ve tan enfermito, pobre. Mi Tomi siempre fue fuerte, más con las que tuvimos que pasar. Ahí, sí, ahí llegó. Hola Marti, Pablo la abraza pero ella se muestra tan lejana. Estoy esperando a que Tomi vuelva de la escuela. Me mira raro, siempre que hablo de Tomi me mira así, y sí, debe ser que se siente viejo ya que el hijo empezó la escuela o seguro que son celos; una idiotez que esté celoso de mi Tomi. Qué raro se siente que me abrace otra vez, ¿cuanto hace que no me da un beso? ¿y nada más que esto? un besito de novio en la comisura, ¿cuándo vas a volver a besarme de verdad? ya son casi las seis y la combi que no llega, ¿te olvidaste de besarme de verdad? Martina hace la cara a un lado para mirar el reloj; Pablo se sienta frente a la taza y las galletitas, toma una desalineando las otras siete con el canto de la mano. Martina se limpia la comisura. Siempre hace lo mismo, ¿por que no agarra sus galletitas en lugar de comerse las de Tomi? encima las desacomodó lo hace a propósito, son las seis y cinco ya. ¿Te caliento café? Gracias Martina, como un par de galletitas, me pego una ducha y sigo, tengo diez millones de cosas para hacer, tengo que tener todo listo para mañana. Desde que nació Tomi que no hace más que encerrarse, no más viajes, no más sexo. Sí, sexo sí, pero cada tanto. Se comió tres, como siempre, hasta en eso se repite. Ahí sí, sí, es la combi, por fin. No, pará Martina, primero acomodá las galletitas, ocho como le gusta a Tomi, y volvé a calentar la leche y el café. Hola mi vida, ¿que pasó que tardaste tanto? Vení, dejá las cosas acá y andá a lavarte las manos, ¿cómo que te hicieron quedar después de hora? No, Tomi, no, ¿cuántas veces te dijimos con papá que esas cosas no se tienen que hacer? Andá a lavarte las manos que tenés que merendar y hacer los deberes. Cierra la puerta con un golpe seco, la casa tiembla, se sacude, y Pablo sabe que ella volverá a acomodar las ocho galletitas dulces en el plato, calentará la leche y el café, y luego cubrirá la mesa de la cocina con libros y cuadernos hasta la hora de la cena. Me encanta la letra que hacés Tomi, igualita a la que yo tenía cuando era chiquitita como vos, no, igual no, la tuya es más linda y más prolija, ¿cómo es eso que te hicieron quedar después de hora? Hace a un lado los cuadernos y los lápices, coloca el azul a su izquierda, el negro paralelo al borde superior del cuaderno y el resto a la derecha, paralelos, a un centímetro uno del otro ¿le voy a tener que pedir a tu padre que hable con vos? No sé qué le pasa a Pablo cada vez que le digo que hable con Tomi se pone mal no quiere aceptar que el chico a veces hace de las suyas, no quiere hablar con él y no es así la cosa un chico necesita que el padre esté presente. Nunca le habla no comparten lo que tienen que compartir, prefiere abrazarme y darme un beso todo eso delante de Tomi y no sé si eso es bueno para él cada vez se está portando peor en la escuela parece que al padre no le importa nada ¿cuáles son las cuentas que tenés que hacer para mañana? Mami te ayuda pero no te las voy a hacer yo ¿sí? si no nunca vas a aprender a hacer cuentas tengo cuatro manzanas y le convido una a mi amigo y me como otra yo no Tomi primero tenemos que comer la cena la fruta es para después si no no comés nada mami te va hacer la sopa de verduras que tanto te gusta ¿sí? pero primero vamos a terminar las cuentas y la fruta es para después de comer ¿Falta mucho? Pablo parece escapado de una noche de insomnio: los ojos que esperan el sueño que no llega, los párpados encadenados a la cárcel de la noche. Se pasa una mano por la cara para espantar a los fantasmas colgados de su rostro, aquellos que trepan por las mejillas siempre afeitadas y se cuelan a través de un rincón de la boca y los ojos que no descansan. Martina no lo escucha, extraviada en las tareas de la escuela y palabras de aliento, explicaciones tejidas con susurros y guardar los útiles en la cajonera del comedor. Deja el cuaderno y los lápices en orden, los de colores formando un arco iris enfermo, los más claros a la izquierda hasta llegar al gris topo a la derecha, acomoda papeles sueltos y fotos en blanco y negro de cuando usó la fotografía como una puerta que también se cerró sin remedio. Cierra el cajón sin ruido, como si acariciara a un amante imposible, y extravía su mirada en las fotos sobre el mueble: un chico rubio con una pelota, saltando sobre una pileta de natación, otro en brazos de una mujer morocha, un chico rubio andando en bicicleta por un sendero a través de un bosque de pinos, fotos de colores chillones, fotos mal recortadas, una vela roja apagada, otras dos negras que se consumen dejando un rastro de cera entre los portarretratos. Martina toma una caja de fósforos oculta tras las fotos y enciende la roja ¿Qué hacés? A Tomi le gusta, él no entiende él no sabe nunca supo como si no le importara siempre es lo mismo no le interesa lo que Tomi quiere lo que a Tomi le gusta, a Tomi le gustan las velas sobre todo las negras, me contó una vez que el olor de la cera derretida le hace acordar al de la plastilina del jardín, ya estoy ya termino y preparo la sopa de verdura esa que tanto le gusta a Tomi con calabaza puerro zapallitos ¿vos también tomás sopa o te hago un churrasco? no me dice nada, nunca me dice nada no entiende que hace seis años que no estamos solos, que Tomi es su hijo no lo quiere nunca lo quiso,.La cocina es un concierto de ollas y agua hirviendo, malabares de cuchillos picando la verdura para la sopa; Pablo enciende el televisor, un desfile de canales, sonidos y colores chillones lo atacan mientras Martina se ahoga entre calabazas, papas y especias. Deja que el agua hierva y comienza a tender la mesa, tres platos, las servilletas blancas sobre ellos, la cuchara y el cuchillo a la derecha del plato, el tenedor a la izquierda, los vasos alineados, el vino, una botella de gaseosa; Pablo juega con el cuchillo, lo hace dar vueltas entre los dedos mientras se extravía en alguien que le habla desde el televisor sobre un asalto en Lugano y un chico muerto; el cuchillo se le escapa y golpea contra el canto del plato, siempre hace lo mismo, sabe cuanto me molesta, ya hace rato que lo vengo notando cada vez que hago algo para Tomi está celoso, a veces pienso que le gustaría verlo muerto, pero no, es el hijo, nunca pensaría en eso Pablo, pero ya van varias veces que me dice de irnos los dos de viaje aunque sea un par de semanas y no me entiende que no puedo dejar solo a Tomi quién lo va cuidar si no soy yo, y él que me mira raro cuando le digo y ya no me vuelve a insistir pero después de un par de días de vuelta con el mismo tema ¿está bien así de sopa Tomi? qué hermoso y qué grande que está ya ¿nada más que esto vas a comer? No deja de golpear el cuchillo contra el plato se dio cuenta que lo estoy mirando que me molesta y se sirve un poco de vino siempre hace lo mismo cuando se da cuenta que hace algo que está mal ¿tan poquito vas a comer mi amor? para Pablo el churrasco casi crudo como a él le gusta y eso que me cansé de decirle ¿por qué no comés más sano? tanta carne medio cruda le termina envenenado el cuerpo y la mente pero él no me hace caso siempre tan poca verdura come pero por lo menos le gusta la fruta en eso es sano pero igual se nota lo enfermo que está por la mala comida tanta proteína y carnes rojas te envenenan el cuerpo, por nada va una vez a la semana a terapia siempre me pide que lo acompañe que si no voy con él no va pero hablan y hablan y hablan y parece que lo hacen conmigo pero él es el celoso enfermo de Tomi si hasta parece que imagina cosas extrañas entre Tomi y yo.
Pablo se recuesta contra la silla, los ojos muertos: un Atlas senil y derrotado incapaz de sostener el mundo. Martina habla entre dientes, muy lento, marcando las palabras, el cuerpo lanzado hacia adelante, sobre la mesa, hacia la silla frente a ella. Mira a su esposo, un poco más extraño cada día, y le dice algo que él no comprende o no llega a escuchar, y dice que no con la cabeza y un buenas noches. Debería darle un beso, piensa, pero no, ella continúa allí apoyando los codos en la mesa y hablando a la nada que es ese mundo tan pesado como la noche y el río de palabras que los abraza, royéndoles la carne hasta el hueso, y otra noche más como hace seis años Martina dormirá en una cama vacía, en el dormitorio que nunca fue de Tomi.
Teorema K sobre las mutaciones ideológicas
El autor de éste blog agradece la colaboración desinteresada de Rafael Casals Braquè, Comandante del FTNR, para la publicación de la presente entrada.
Considerado desde la visión ideológica Kirchnerista, el hecho que una persona, adopte con el tiempo una mirada diferente de la realidad desde el punto de vista de sus concepciones ideológicas, existen dos y sólo dos posibilidades de explicar dicha mutación en el campo de las ideas:
El militante K se muestra crítico con la concepción Nac&Pop de la realidad política y social.
Entonces es un traidor.
Un militante radical, socialista, UCDista, independiente o trotskista se transforma de modo inmediato, del mismo modo que el agua líquida se torna en hielo, en un defensor acérrimo de la filosofía Nac&Pop.
Entonces, es lógico que el sujeto en cuestión haya transformado su modo de pensar y ver al mundo, ya que las ideas no son un ente estático, anquilosado; muy por el contrario tanto el hombre político y sus concepciones de la realidad evolucionan de modo permanente y existe una lógica inmanente en el cambio evolutivo perpetuo de las ideas que movilizan al mundo. La realidad social avanza de modo inexorable, y de la misma forma, lo hacen los hombres libres de ataduras en pos de abrir su intelecto voraz de nuevas experiencias ante una sociedad que clama por justicia y amor. El hombre nuevo, aquel capaz de expandir su mente hacia el prójimo teniendo como meta el amor y la confraternidad hacia el despojado, es quien será capaz de hacer a un lado el tropel de mentiras con que han llenado su cabeza tantos años de bombardeo mediático, ataque sistemático de las grandes corporaciones monopólicas cuyo único y vital objetivo es minar la confianza del hombre en su patria. Pero no, dado que el hombre político logra trascender tales vallas ideológicas, es que su concepción del mundo se eleva por sobre la masa insomne al tiempo que él mismo, en cuerpo y visión, también lo hace. Entonces habrá llegado la hora lógica en que él hará a un lado las falaces opciones donde imperan la traición y la miseria, para abrazar la más bella y noble de las causas que un hombre político pueda abrazar: la idea Nacional y Popular de un mundo mas justo para todos.
Perlas negras 66
Theodore Sturgeon, 1918 – 1985
¿Qué es un escritor? ¿Qué elementos crean esa subespecie? Los enumeraré:
Respeto por el oficio. Una manera de expresarlo es decir que la pluma es más fuerte que la espada; y la extrapolación adecuada de eso, en estos tiempos nucleares, es que es más fuerte que la bomba. Es, en verdad, el arma final; y el escritor, consciente de ello, escribe con respeto.
Algo que decir. Eso es lo que hace el escritor con lo que tiene, y cuanto más respeta lo que tiene, más significativo es lo que hace.
Empatía. Algunos dicen que el escritor debe interesarse por la gente. Algunos van más lejos y dicen que debe amar a la gente. Pero un escritor tiene que ver por los ojos de otras personas, y sentir con las puntas de dedos ajenos.
Humildad. Una forma de expresar esto es decir todavía no está terminado, en el sentido que todo lo vivo es mutable hasta la última fibra; cambia, crece, y así la obra de un escritor adquiere las cualidades de la vida: no es un producto recogido y entregado bien fresco y mas vale que te lo comas antes de que se pudra, si no algo ante todo capaz de vivir como vives tú, de crecer como creces tú, de darte frutos de visión y percepción acordes con la fertilidad de tu suelo.
Por último, si el escritor va a escribir ficción, debe adquirir las técnicas de la ficción, la seguridad más profunda de que una historia sobre una idea o una cosa puede ser un folleto, o un artículo, o una anécdota, pero a menos que sea sobre personas, no es ficción.
Sala de espera
Estoy sentado acá, en la sala de espera, frente a la puerta, aquella por la cual escapaste como una Alicia demente tras el espejo. Estoy sentado acá, con el asco lamiéndome las heridas y una vieja a mi lado desangrándose en lamentos mientras aguarda a que los médicos vengan por ella. La vieja se aferra a mi brazo, clava los dedos, ramas secas, se hunde en mí, se sostiene en mí. Más allá, junto a la puerta, espejo ciego, cielo rasgado, una nena juega con su muñeca, tan rubia, tan de ojos celestes; la sacude, le habla al oído y clava sus dientes en el cuello.
De una pared un Cristo borracho se descuelga y camina hacia donde espero. Mira a la vieja, esos ojos cansados le apuñalan los pechos muertos, se quita la corona y la calza en la cabeza de la mujer que ya no gime, abre y cierra la boca en silencio mostrándome los dientes sucios y la lengua, un pequeño pez rojo. Cristo se desnuda ante mí, de piel, de carne y me ofrece sus huesos tan blancos, tan mudos. Me invita a seguirlo, señala la puerta. Intento ponerme de pie, pero la vieja me lo impide, se toma de mí, me abraza, sacude la cabeza ornada de sangre negra. El Cristo desnudo la empuja, pero ella me abraza y dice que no, que no debería irme de allí. El hombre señala hacia la puerta, me toma de una mano y señala hacia la puerta por la cual escapaste. La vieja, el rostro consumido por los años, surcado por la sangre que corre desde la frente, me pide que me quede a su lado. El Cristo la empuja y ella me suelta. Él me lleva, un paso, dos, cinco, hasta la puerta junto a la cual la niña acuna a su muñeca muerta, el rostro dulcificado por esa muerte repentina.
Tras la puerta ella me espera tal como la imaginaba, boca arriba sobre la cama, los ojos abiertos mirando la nada, cables y tubos rasgando su cuerpo, una violación definitiva y silente. Me siento a su lado, observarla es como hojear un libro escrito en un alfabeto que desconozco. La nena ahora está a mi lado y me toma de la mano, clava sus ojos enormes y azules en los míos y luego mira aquel recuerdo que late entre las sábanas, en su otra mano todavía sostiene a la muñeca sin cabeza, vuelve a mirarme y la suelta. Ahora busca algo entre los bolsillos del pantalón. Cristo camina por el cuarto sin un sentido aparente, parece haber perdido sus sueños. Cuando la nena saca su mano del bolsillo y extiende el puño hacia mí, Cristo escapa por la ventana.
La niña abre la mano y en la palma descansan los ojos de la muñeca, son dos botones redondos y negros. Los deja sobre mi pierna y se va.
Marketing político
El kirchnerismo no es más que la tradicional derecha argentina, reaccionaria e intolerante, presentada en su versión más populista. Algo así como un Mercedes Benz sin airbag ni estéreo y funcionando a GNC.
Los pobres resultados electorales del último mes se deben, no tanto a las acciones de gobierno, como a la necesidad de rediseñar el packaging utilizado por otro más atractivo para la masa.
Los perros de arena
Es ese, ahí está. Bepo acelera y las ruedas del Falcon patinan sobre la arena del camino, luego, entre saltos y sacudidas, se lanza hacia adelante. Junto a Bepo, Manuel se aferra al arma todavía descargada. El auto corre hacia la figura obesa que camina hacia la playa donde la vieja les dijo que estaría. Se mueven hacia a un lado y al otro, salta y la cabeza de Manuel golpea contra la ventanilla. Bepo se aferra al volante, los ojos extraviados en algún punto incierto. Alcanzan a la figura que camina rebotando como una pelota con cada paso. Lo dejan atrás y se detienen. Giran. Manuel vuelve a golpearse contra la ventanilla. El Falcon gira en redondo, se inclina. Manuel siente a las ruedas resbalar. Cámara lenta. Girar en redondo. Regresar. Y piensa que morirse debe ser algo parecido a eso. Tiene la cabeza echada hacia atrás, mira al techo del auto con los ojos y la boca muy abiertos; una mano está cerrada sobre la culata del revolver sin balas.
Bepo baja del auto. Camina con un brazo en alto y dice algo que Manuel no llega a escuchar. El chico parece contento, salta alzando las manos, grita, se ríe, babea. Del otro lado del parabrisas engalanado con excrementos de gaviotas, Manuel lo ve saltar y piensa en una pelota de goma que su padre le regaló cuando cumplió siete años. Cuando Bepo llega junto al chico y lo toma por un hombro, Manuel comienza a cargar al revolver. Sería mejor subirlo al auto llevarlo del otro lado de las dunas, piensa.
Habían llegado al pueblo cuando el sol, blanco y frío, comenzaba a asomar tras los techos de las casas. La vieja los aguardaba sentada junto a una chimenea encendida. Les pidió que se sentaran al otro lado de la mesa baja. Manuel se dejó caer en el sillón blando y tibio y pensó en una mujer deseable que lo abrazaba en la mañana; Bepo recorría el cuarto mirando los libros sobre una de las paredes, pasando un dedo sobre el borde una mesa o una escultura. La mujer le hablaba a Manuel y observaba a Bepo, ella parecía un grillo viejo y la voz el rechinar de hierros retorcidos. Al fin Bepo se sentó donde la mujer le había indicado, apoyó los pies sobre una mesa baja y encendió un cigarrillo.
-Aquí no se fuma.
Bepo sonrió. La boca torcida a un lado como si padeciera algún tipo de parálisis facial, dio una pitada larga y lanzó el humo hacia la cara de la vieja, dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó con un pie.
-Se llama Ricardo -le hablaba a Manuel- lo van a encontrar caminando entre las dunas sobre la playa. Acá tiene -y lanza un fajo de billetes sobre la mesa- Hacen lo suyo y se van.
Bepo y Ricardo todavía están hablando junto al camino. Bepo señala al auto y Ricardo sonríe y salta sobre un pie, en una de las manos sostiene una rama. Ahora caminan hacia el coche donde espera Manuel con el revolver cargado descansando sobre las rodillas, Ricardo lo toma de un brazo y va dando saltitos y ríe. Cuando llegan al auto Bepo abre la puerta trasera, le quita la rama y lo empuja dentro.
-No, no. Mío.
-Dejate de joder pendejo, no vas a andar con esa mierda adentro del auto.
Ricardo permanece en el asiento trasero, los pies sobre el tapizado cubierto de tajos y manchas de semen, las rodillas abrazadas, el mentón descansando en ellas. Bepo arranca, da media vuelta y retoma el camino hacia la playa.
-Yo soy Ricardo, ¿y vos? -Toma a Manuel de un hombro y lo sacude, apretando, clavando los dedos como puñales
-Manuel.
-Amigos ¿sí? Manuel es mi amigo, ¿sí? -Grita mientras golpea el apoyacabezas de Bepo.
-Dejate de joder pendejo porque se termina todo acá, ¿entendés?
Dividieron la plata en el auto. Manuel plegó el montón de billetes más gruesos que vio en su vida y lo guardó en un bolsillo del vaquero gastado. Bepo, lo contó dos, tres veces, y lo sujetó con una banda elástica para después colocar el fajo dentro de una bolsa plástica que guardó bajo el asiento. Cruzaron el pueblo dormido hacia la playa, un balneario fuera de estación olvidado por el resto del mundo.
-Es el hijo.
-¿Y? -Bepo se encoje de hombros y lo mira de reojo- No vas andar reculando ahora, esto lo agarraste vos. Hacete cargo, viejo.
-Ya tenemos la guita, Bepo, doblá por allá que salimos derecho a la ruta.
Bepo frenó al auto en medio de la avenida que conducía hacia la playa. Permanecieron en silencio, quizás hipnotizados por la arena blanca como diamantes que se arremolinaba junto al auto.
-Dejate de joder, viejo. Es un laburo fácil, el pibe es un mogólico nos dijo la vieja. Lo levantamos, lo llevamos para la playa y chau. La vieja contenta y nosotros también.
-Pero es el hijo, Bepo.
-Hacé lo que quieras ¿Te querés bajar? Bajate y tomate el raje. Yo mi palabra la cumplo. Tomatelás.
Manuel no se movió del asiento. En una mano tenía el revolver todavía descargado y la otra se apoyaba sobre el bolsillo donde guardó la paga. Bepo se bajó del auto y sentado sobre el capot encendió un cigarrillo. Fumó sin apuro, esperando que los remolinos de arena se asentaran o que Manuel decidiera irse. Cuando terminó el cigarrillo, quemado hasta el filtro, regresó al auto y continuaron el camino hacia las dunas sobre la playa.
Ricardo no para de hablar. Bepo maneja en silencio y Manuel, cada tanto, hace algún comentario. Ricardo se ríe y escupe sobre el hombro de Manuel, se limpia la boca y habla, y se ahoga, entonces empieza a toser y escupe otra vez.
-Mamá no me deja que vaya para casa. ¿Conocés mi casa, vos? Es grande mi casa. Pero mamá me deja entrar de noche. Me dice Ricardito vos entrá por la puerta de atrás, ¿sabés Ricardito? A veces me deja dormir en la pieza de arriba, tengo un colchón y duermo ahí…
-¿Te podés callar pendejo?
-…y después a la mañana y me dice que ya es hora que me levante ¿sabés? Me dice que me vaya. Mejor, ¿sabés? No me gusta estar en la casa, me gusta la playa. ¿Somos amigos, no? ¿Me escuchás Manuel?
-Sí.
-¿Nosotros dos somos amigos, no?
-Sí.
-¿Se pueden callar los dos de una puta vez? -Bepo frena y baja del auto. Abre una de las puertas traseras y obliga a Ricardo a que salga, tomándolo de un brazo.
Ricardo se retuerce, grita, se toma de Manuel. Escupe y patea a Bepo. Le dice que es como la madre, malo Bepo, no, dejame, me tiraste mi palo, era mío, decile Manuel decile que no voy que me quedo con vos que sos mi amigo, ¿sí? Yo me quedo con Manuel. Lo toma por un brazo, le hunde los dedos y quedate tranquilo que yo también me bajo.
Ricardo deja de gritar, ahora es como una marioneta a la que cortaron los hilos, un peso muerto, ojos extraviados mirando más allá de las dunas donde el mar se estrella contra la costa. Se deja llevar tomado del brazo de Manuel. Caminan hacia la playa detrás de las dunas, Ricardo entre Bepo y Manuel avanza a pasos cortos como los saltos de un gorrión.
-¿Vamos atrás de esa duna? -Manuel habla despacio como para él mismo.
-Sí, del otro lado no nos van a ver.
-Mirá Ricardo, otro palo -Manuel se suelta de la garra que lo tiene atrapado, se agacha y toma una rama del suelo y se la da a Ricardo.
-No, la mía era más linda que ésta. Quiero la mía. La que me sacó él -Se tira al suelo hecho un ovillo y golpea con los puños la arena.
-Dale pendejo, agarrá la mierda esa que te está regalando tu amigo y caminá -Bepo aprieta con fuerza el cuchillo.
-Qué lindo, ¿me lo prestás? -Ricardo mira el arma brillante.
-Dejate de joder pendejo y conformate con el palo ese.
Ricardo se sienta con las piernas cruzadas y la rama apoyada sobre ellas. Parece un Buda alcohólico que extravió su camino. Bepo y Manuel esperan de pie junto al hijo de la vieja, callan, los brazos cruzados sobre el pecho, y el revolver que pesa un poco más encajado en la cintura de Manuel. Ricardo golpea el suelo con la rama seca mientras habla entre dientes, una letanía monótona compuesta de sonidos espesos, no se entienden las palabras o quizás ni siquiera sean palabras, a cada sonido que escapa de sus labios le sigue un hilo de saliva cayendo desde la comisura hasta las rodillas. Toma la rama por uno de sus extremos y comienza a trazar líneas sobre la arena.
-¿Qué es eso? ¿Una jirafa?
-No. No. No es una jirafa. ¿No ves? Son perros.
Manuel sonríe.
-¿Cómo que no te diste cuenta que son perros, Bepo?
-Ves, ves -Ricardo se para, le habla a Bepo mirándolo a los ojos, escupiendo su cara- Él es mi amigo -señala a Manuel, lo toma de un brazo- no te quiero a vos.
Se sienta otra vez con las piernas cruzadas y sigue dibujando. Traza líneas, círculos, un zigzag que desciende, parece extraviado entre ellas, un laberinto sin salida.
-Vení -Bepo y Manuel se alejan del chico, hablan en voz muy baja, quizás crean que él puede escucharlos- Ya estoy con las bolas llenas. Terminamos acá.
-Te dije que nos fuéramos a la mierda con la guita.
Ricardo dibuja cuatro figuras en la arena. Una, la única con manos, es más grande que el resto. Las manos son un círculo y cuatro rayas duras que escapan de él, cuatro dedos como cuchillos.
-Yo -señala a la figura con manos como dagas- ¿te gusta? -le pregunta a Manuel.
-Sí, está bárbaro como dibujás. ¿Y los otros quienes son?
-Éste sos vos. Amigo -señala una figura apenas más pequeña que la primera y pegada a ella, pero sin manos- Él -un dedo apunta a Bepo y luego a un monigote pequeño alejado de los dos primeros, la cabeza está separada del cuerpo.
-¿Y ese de allá? -Bepo señala con el cuchillo la cuarta figura, está por encima de las otras, como si flotara sobre sus cabezas.
Ricardo se calla. Cierra los ojos con fuerza, aprieta los labios. Toma la rama como si fuera un puñal y comienza a clavarlo en la figura
-No. No. No -grita-No. Mamá. Mamá.
Se lanza sobre las figuras en la arena. Patea. Clava las uñas, rasga, muerde. Bepo lo toma por la ropa y lo alza. Ricardo grita, intenta patearlo. Bepo lo abofetea hasta que el chico se calla y del berrinche sólo quedan un motón de balbuceos y un aspirar de mocos. Bepo lo empuja, y él, Ricardo, Ricardito, el hijo de la vieja, el idiota del pueblo avanza a los tumbos. Tropieza con sus piernas. Cae. Bepo lo levanta. Lo toma de un brazo y apoya la punta del cuchillo contra las costillas. Ricardo camina. Llora. No, no. Quiero con Manuel que es mi amigo. Entonces morirse no es como pensé. No es volver para atrás y que todo te pase tan lento, tan calmo. No es pegar la vuelta mientras sentís que la cabeza te golpea; morirse es esto, es ese mogólico que le grita a Bepo y se come los mocos. Caminan quince metros, donde nacen las primeras dunas y Bepo lo empuja, un solo golpe en la espalda con la mano abierta y Ricardo cae de boca al suelo. Alza la cabeza escupiendo arena y Bepo le coloca una rodilla sobre la espalda. Lo toma del pelo y le echa la cabeza hacia atrás. Desde lejos parecen un monstruo bicéfalo que gruñe, grita. A Bepo siempre le gustó ver morir de a poco a sus víctimas, quizás por eso el placer del cuchillo. Un golpe seco en la garganta. Simple. Una línea roja se abre como una boca enorme y el tiempo escapará de a poco. Entonces la muerte no será ese punto de retorno como pensaba Manuel. No. Debe ser otra cosa. Simple. Nada más apretar el gatillo. La muerte será como una puerta que se cierra. Golpea. Sacude. Bepo aún de espaldas con el cuchillo apretando el cuello. Uno, Bepo se sacude y suelta a Ricardo. Dos, y el cuerpo se dobla hacia adelante como olvidado de sus huesos. Tres disparos. Las rodillas se hunden en la arena. La mano no quiere soltar el cuchillo ahora tan pesado. El cuchillo que Ricardo le arrebata. El cuchillo clavado en el cuello de Bepo y tres balas en la espalda. Abajo. Arriba. Y el cuchillo sale en medio de un chorro de sangre. Otra vez. Manuel mirando. Sin palabras. Sin aliento. Ricardo hunde los dedos en la garganta de Bepo y los pasa por su cara. Una máscara roja y blanca. Ríe. Mira a Manuel y ríe.
Manuel suelta el revolver. Presiente que algo se retuerce en él. Algo que aprieta y ahoga y corre hacia el auto. Sentado sobre el capot, las piernas abiertas, vomita. Deja que todo escape de él. Hasta quedar vacío. Hasta que el estómago contraído se seque y todavía tener la garganta apretada y ese regusto ácido que cubre a la lengua no es sólo su último desayuno. Sube al viejo Falcon y lo pone en marcha. Diez minutos después tomará la ruta que lo llevará al oeste.
Decile NO al canon digital
Según el diccionario de la Real Academia Española, canon significa, entre otras acepciones:
Prestación pecuniaria periódica que grava una concesión gubernativa o un disfrute en el dominio público, regulado en minería según el número de pertenencias o de hectáreas, sean o no explotadas.
Composición de contrapunto en que sucesivamente van entrando las voces, repitiendo o imitando cada una el canto de la que le antecede.
Canon es, también, la marca de una cámara fotográfica.
¿En que se relaciona todo lo anterior? Al menos en estos últimos días y en Argentina, en mucho.
Es muy probable que hoy se apruebe, por iniciativa del oficialismo y con el apoyo de la UCR y el socialismo, la ley que grava el valor de todos los dispositivos digitales de almacenamiento de información.
Según el artículo 12 de la ley en cuestión:
a. Grabadora de discos compactos y/o versátiles y/o Blu-ray (CD/DVD/Blu-ray): 10%
b. Discos compactos y/o versátiles y/o Blu-ray, regrabables o no regrabables (CDR/CDRW/DVR/DVDRW/Blu-ray): 75%
c. Memorias USB y otras tarjetas de memoria no integradas en otros dispositivos: 5%
d. Discos duros integrados o no en un equipo, idóneos para la reproducción o almacenamiento de videogramas y fonogramas: 10%
e. Equipos decodificadores de señales de televisión, idóneos para la reproducción o almacenamiento de videogramas y fonogramas: 10%
f. Dispositivos reproductores de fonogramas, videogramas o de otros contenidos sonoros, visuales o audiovisuales en formato comprimido: 10%
g. Teléfonos móviles con funcionalidad de reproducción de fonogramas en formato comprimido: 1%
Los presentes aranceles son de carácter porcentual, aplicables sobre el precio de venta al público. El valor de venta de precio al público se tomará de acuerdo con el valor de referencia de mercado, y en caso de no contarse con información fidedigna del mismo, a los fines de la aplicación de las tarifas establecidas en la presente ley, se realizará aplicando un cincuenta por ciento (50%) del valor de venta mayorista del producto o dispositivo.
En Europa, específicamente España y Holanda, se dictaron leyes similares. En Holanda la ley fue derogada para promover la innovación y la creatividad.
En nuestro país no se habla de Canon Digital, están utilizando el eufemismo de ley de copia privada.
Supuestamente, lo recaudado a través de éste impuesto -que lo es, más allá de los malabares que utilicen los legisladores para referirse a él- se repartirá entre los creadores y generados de contenidos y obras artísticas. En verdad desconfío que ocurra.
Pero supongamos que la ley entra en vigencia, la sola aplicación de la misma nos lleva a una serie de absurdos sorprendentes:
- La mayor parte de las películas pirateadas en DVD son producidas en USA, ¿cómo harán para determinar a qué productoras pagar el canon correspondiente? Y si la película es producida en Burkina Faso o Etiopía, ¿también pagarán la compensación por derechos de autor?
- Usted compra una tarjeta de memoria para su cámara de fotos, donde quedarán guardadas las fotografías que usted sacará en el cumpleaños de su tía Porota, y que sólo verán usted, su tía y el resto de su familia. Si usted hace esto deberá pagar a SADAIC un 5% extra sobre el precio de venta al público en concepto de derechos de autor.
- También podría descargar la imagen ISO de una distribución de Linux, Ubuntu por ejemplo, un sistema operativo libre y gratuito. Pero el archivo ISO no puede ser utilizado como tal, primero debe grabarse en un CD o DVD. En éste caso, el disco tendrá un sobreprecio del 75% (sí, leíste bien), en concepto de derechos de autor, todo para poder instalar un sistema operativo de libre distribución que no tiene costo alguno para el usuario.
- Usar una llave USB para portar tus propios documentos tendrá un costo del 5% del valor al público. Cuesta creerlo, para comprar una memoria USB para guardar y transportar el trabajo propio hay que pagar derechos de autor.
- Para hacer un backup de tus propios archivos tendrás que pagar derechos de autor.
- También podés contratar un servicio de TV digital, y entre tantas posibilidades que te brinda el servicio es poder grabar películas y verlas cuando te quede cómodo. Por supuesto que el servicio es por completo legal y los derechos de autor los paga en forma indirecta el cliente en el costo de servicio. Además sólo es posible ver la película grabada desde el decodificador, no puede regrabarse en otro medio. Sin embargo hay que pagar un 10% más es éste tipo de equipos. O lo que es lo mismo: se pagan dos veces los derechos de autor.
Ésta ley es por completo retrógrada. Atenta contra la libre distribución del material artístico.
Y, por supuesto, no combate la piratería. Aquellos que lucran con el trabajo intelectual de otros lo seguirán haciendo. ¿Hay que pagar más caros los DVD´s? Entonces los traerán de contrabando, pero aquel que piratea música y cine lo seguirá haciendo.
Es a ellos a quienes hay que perseguir, no a aquel que utiliza dispositivos de almacenamiento y reproducción digital.
Están equivocados señores senadores, esta ley reaccionaria no combate la piratería. Por el contrario deja abierta las puerta para que crezca, no solo el comercio ilegal de obras con derechos, también el contrabando.
Fuentes: Diario La Nación, http://goo.gl/uW2JF Blog No Al Canon, http://goo.gl/jnWJs