En la ciudad de Mar del Plata el frío se cuela a través de cada hendija, de cada calle, en cada trozo de piel expuesta. Los marplatenses lo saben, y cuando el almanaque nos dice que mayo llegó a la ciudad se esconden tras puertas y cerrojos, bajo ropa de lana, detrás de persiana bajas y calefactores encendidos.
A los marplatenses no les gusta el frío. Con las primeras lluvias de invierno al ritmo de la sudestada, entran en sopor; las calles son abandonadas; y la ciudad ingresa en un tiempo propio, lento, como si en un instante se hubiera convertido en un fósil.
Luego, en octubre comienzan a asomar sus cabezas y a quejarse del insoportable calor que pronto llegará.
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Invierno
Mayo 27, 2008 · No hay comentarios
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Los arroyos escondidos
Marzo 12, 2008 · No hay comentarios

Pocos saben, y nadie los ve, que los campos donde se levanta la ciudad de Mar del Plata están surcados por arroyos que, ahora, se encuentran escondidos bajo las calles y las torres de departamentos del centro de la ciudad. Uno de los más conocidos es el que corre bajo la avenida Colón, la diagonal Álvarez, pasa por la diagonal Pueyrredon, cruza la plaza San Martín, sigue la traza de la diagonal Alberdi; y desemboca al fin en Punta Iglesia.
Éste, y todos los demás, permanecen encerrados bajo toneladas de concreto, condenados a no ver jamás el sol; ya nadie cruza sus aguas en botes de madera pintados de colores vivos; los más chicos, aquellos que se reunían en sus orillas a pescar mojarras, hoy pasan horas en los ciber. Eran los auténticos cauces de vida de la zona; y hoy permanecen ocultos como algo indeseable, como si fueran la vergüenza de la ciudad.
Cuando cae la lluvia, su alimento por siglos, renace en ellos el deseo de vivir; las bocas de tormenta estallan; y, al menos por una pocas horas inundan la ciudad, para luego regresar a su cárcel bajo las calles hasta la próxima lluvia.
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Lluvias
Marzo 4, 2008 · No hay comentarios

La lluvia no es la misma en todas partes. En Mar del Plata tiene la textura filosa de los cuchillos: gotas lacerantes que caen sobre nuestros rostros marcándonos la piel.
Cae como una cascada molesta. Es una lluvia seca cuando es abundante. A veces se transforma en una llovizna molesta, no cae, permanece suspendida en el aire, y nos hace creer que estamos sumergidos en ella; entonces se adhiere a la piel con la textura del terciopelo.
Algunas arrastran el perfume de la tierra, del asfalto manchado con aceite y nafta; otras, nos traen la voz verde de los tilos.
Nunca llega sola, el viento siempre la acompaña. Sudestada, viento tan filoso como la lluvia; nos quema las orejas y tajea los dedos azules.
Casi siempre se viste con el aroma de los mariscos y la sal, recordándonos el lugar donde nació.
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El Campeón
Febrero 23, 2008 · No hay comentarios
Lo conocí una tarde, en la cuadra de la calle Santa Fe que va desde Rivadavia hasta Belgrano. La camisa roñosoa metida dentro del pantalón marrón subido hasta el ombligo, el cinto de hilo sisal y sus kilos de más saltando por sobre la cintura. Cuentan que vive en una carpa, allá por Libertad al fondo; y que cada mediodía se llega al centro cabalgando su moto de cross, con tres perros flacos tras él como la cola de un barrilete.
Camina la cuadra de arriba a abajo, blandiendo una raqueta como a un cetro o un arma. Dicen, los vecinos más viejos, que El Campeón estuvo en Malvinas; y lo imagino fusilen mano, con hambre, mugriento; y pienso en los ojos claros que lo último que vieron fue la boca desdentada de El Campeón gritando vaya a saber que puteada. Lo que se, es que él camina la calle al grito de “dale… dale dale nomás”. Y solo eso; porque me cuesta imaginarlo en un pozo lleno de agua robándole la vida a otro.
Y El Campeón hace juegos con la pelotita y la raqueta; y cada tanto hace sonar el silbato para que alguno que paró en doble fila se corra, que estacione allá, donde él le señala con la raqueta y meta gritar “dale… dale dale nomás”, mientras los tres perros lo corean entre ladridos y colas que se sacuden.
Cuentan que viajó por buena parte de América, con la moto que lo trae cada mediodía. Él no dice nada; y sobre el frente de un negocio pega tres fotos: es él, más joven, más delgado, jineteando la moto en una ruta de ripio rodeada de montañas. Y me gustaría creerles que él conoció lugares a los que aún no llegué.
Dicen los más viejos, que su familia es de estirpe rancia y él un abogado caído en desgracia. Me gustaría creerles; pero solo se de las viejas que pasan caminando por la cuadra y arrugan la nariz cuando está meta gritar y a reírse a las carcajadas, vaya saber si de ellas o del tipo que quiere estacionar la 4 x 4.
Y dice una vecina, que está enojada con él; que cada noche le alcanza un plato de comida caliente y El Campeón lo comparte con los tres perros. Entonces es cuando quiero creer que su familia es oligarca. Cuentan que su madre vive en Córdoba, y cada diciembre El Campeón desaparece de la Mar del Plata; cuentan que monta la moto y va a visitar a su madre.
Y entre gritos de “dale… dale dale nomás”, y jueguitos con la raqueta, y pitazos, y una mano extendida ante las monedas que le dejan, creo que no está loco.
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Los túneles del Unzué
Diciembre 14, 2007 · 5 comentarios

Se cuenta que bajo el edificio del viejo Asilo Unzué, fue excavado un vasto sistema de túneles, algunos de los cuales llegan hasta la cripta de la Capilla de Santa Cecilia.
Cuentan algunos memoriosos, que en 1927, el cura de la capilla del Unzué, sedujo a una de las novicias del Asilo. La novicia, de quien ya nadie recuerda el nombre, quedó embarazada, y al ser descubierta su relación ilícita, fue encerrada en las criptas subterráneas y su nombre borrado de todo registro. Tal la vergüenza con que ellos ensuciaron a la Iglesia.
Y así fueron olvidados la novicia, el cura de la capilla, y los mismos túneles.
Todavía cuentan, que ciertas noches, tras alguno de los muros del Asilo puede oírse el llanto de un bebé; los gemidos de una mujer joven; un arrastrar de cadenas contra el suelo de roca virgen.
Ya nadie recuerda donde se encuentra la entrada a los sótanos.
Los que conocen la historia no quieren saberlo.
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Las lágrimas de Naiquén
Noviembre 25, 2007 · No hay comentarios
Se sabe que Juan de Garay, luego de fundar Buenos Aires, continuó navegando hacia el sur y llegó al lugar donde nació Mar del Plata.
Nadie cuenta que Garay y sus hombres acamparon allí, y fueron recibidos de buen modo por los habitantes.
Tampoco narran que un sevillano de nombre Dieguez enamoró a Naiquén, la favorita del cacique. Fueron separados de un modo brutal, y condenados a vivir en las tierras del oeste, donde se alzan las Rocas Altas.
Dieguez fue estaqueado hasta morir de sed. Naiquén, lloró de rabia y dolor; dejando caer sobre Dieguez sus lágrimas, para que beba de ellas. Pero Dieguez murió, y Naiquén lloró por el amor extraviado. Lloró hasta secar su cuerpo; y hasta que ella misma se deshizo en aguas.
A fines del siglo XVIII, los jesuitas arribaron a la Laguna de Naiquén, junto a las Rocas Altas; que hoy se conoce como Laguna de los Padres.
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El fantasma del Casino
Noviembre 18, 2007 · No hay comentarios
De Nunzio Ratto se decía que jugando a los dados y al póquer, dejó en la ruina a muchos ricos y nobles europeos. Desde París llegó a Buenos Aires; y cuando todos los jóvenes acomodados de la capital terminaron con sus bolsillos vacíos, decidió largarse a viajar.
Así llegó al saladero de Pedro Luro. Se cuenta que compartía con Luro el gusto por el truco, juego que conoció en los prostíbulos del bajo. En el puerto, todavía cuentan la historia del genovés que arruinó a muchas familias de pescadores.
Hasta que decidió ir por el premio mayor: le jugó a Luro toda su fortuna contra el saladero. Y perdió.
Algunos cuentan que escapó a Génova. Otros, que por vergüenza se suicidó, y que su fantasma recorre los pasillos del Casino.
Y que por resentimiento, o quizás venganza, obliga a que los dados nunca sumen siete; que la bola caiga en el número que nadie apostó; que las cartas siempre hagan ganar a la banca.
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