un extraño, un hombre mundano

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Teoría literaria XI - Las figuras retóricas (1º parte)

Junio 30, 2008 · 1 comentario

En la entrega anterior (ver) dejé caer la idea de el uso de las figuras retórica al momento de narrar a un personaje; por supuesto que éste no es el único uso que puede hacerse de las mismas, tanto en poesía como en narrativa.
Si bien el uso de las figuras retóricas dentro de un poema es fundamental para llegar a buen puerto, dentro del campo de la narrativa las mismas logran potenciar al texto.
Las figuras retóricas o figuras literarias consisten en el uso no habitual de las palabras y las formas de construcción sonora, semántica y gramatical, lo que las vuelve en especial expresivas.

Las figuras se dividen en cinco grupos principales; a su vez el quinto grupo se subdivide en otros ocho subgrupos.
En éste post solo listaré cada una de las categorías y que figuras retóricas se encuentran contenidas en las mismas, luego me dedicaré a profundizar en forma individual en cada una de ellas.

Las categorías básicas en las que se ordenan son:

  • Figuras de metaplasmo:
    Las figuras de metaplasmo consisten en la utilización de formas léxicas que serían, en teoría, incorrectas en la lengua ordinaria. Las más conocidas de estas figuras son las licencias métricas.
    Las figuras de metaplasmo son las siguientes: prótesis, epéntesis, parágoge, aféresis, síncopa, apócope, diástole o éctasis, sístole, diéresis, sinéresis, sinalefa, ecthlipsis y metátesis.
  • Figuras de repetición:
    Las figuras de repetición consisten en el uso de elementos lingüísticos (fonemas, sílabas, morfemas, frases, oraciones…) que ya habían sido usados en el mismo texto. La repetición no tiene por qué ser necesariamente exacta, por lo que en muchas ocasiones se dan casos de semejanza.
    Las figuras de repetición son las siguientes: aliteración, onomatopeya, homeotéleuton, anáfora, epífora, complexio, geminación, anadiplosis, gradación, epanadiplosis, polisíndeton, annominatio (paronomasia, derivatio, figura etimológica, diáfora, políptoton), traductio, equívoco / antanaclasis, paralelismo (isocolon, parison, correlación), quiasmo y commutatio / retruécano.
  • Figuras de omisión:
    Las figuras de omisión consisten en la supresión de un elemento lingüístico necesario, en teoría, para la construcción del texto. Su uso tiende a aligerar la expresión.
    Las figuras de omisión son las siguientes: asíndeton, elipsis, zeugma, silepsis y reticencia / aposiopesis.
  • Figuras de posición:
    Las figuras de posición son aquellos procedimientos que se basan en la alteración del orden normal de las partes de la oración.
    Las figuras de posición son las siguientes: hipérbaton, anástrofe, tmesis y synchysis / mixtura verborum.
  • Figuras de pensamiento:
    Las figuras de pensamiento afectan principalmente al significado de las palabras.

A su vez la última categoría (Figuras de pensamiento) se divide en las subcategorías

  • Figuras de amplificación:
    Aunque la amplificatio, en latín, no es tanto un desarrollo más por extenso de una idea sino más bien su realce (por un uso especial de la entonación, por ejemplo), en la práctica las figuras de amplificación incluyen técnicas de alargamiento de los contenidos de un texto.
    Las figuras de amplificación son las siguientes: expolitio, interpretatio, paráfrasis, isodinamia, digresión y epifonema.
  • Figuras de acumulación:
    Las figuras de acumulación son procedimientos que buscan la adición de elementos complementarios a las ideas expuestas.
    Las figuras de acumulación son las siguientes: enumeración, distributio, epífrasis y epíteto.
  • Figuras lógicas:
    Las figuras lógicas son procedimientos que tienen que ver con las relaciones lógicas entre las ideas dentro de un texto; de forma especial, se considera la relación de contradicción o antinomia, por lo que la figura lógica por antonomasia es la antítesis. Como variantes de esta, se encuentran la cohabitación, la paradoja y el oxímoron.
  • Figuras de definición:
    Las figuras de definición (y descripción) se utilizan para reflejar lingüísticamente la esencia o apariencia de los temas tratados (personas, objetos, conceptos…).
    Las figuras de definición y descripción son las siguientes: definitio, prosopografía, etopeya, pragmatografía, topografía, cronografía y evidentia / demonstratio.
  • Figuras oblicuas:
    Las figuras oblicuas designan de forma indirecta una realidad utilizando las palabras en sentido apropiado. Constituyen la frontera con los tropos.
    Las figuras oblicuas son las siguientes: perífrasis / circunloquio, lítotes y preterición.
  • Figuras de diálogo o patéticas:
    Las figuras de diálogo son las propias del estilo directo, pues subrayan el carácter comunicativo del discurso. Se denominan también figuras patéticas pues pretenden incidir afectivamente en el destinatario.
    Las figuras de diálogo son las siguientes: apóstrofe / invocación, exclamación, interrogación retórica, optación y deprecación.
  • Figuras dialécticas:
    Las figuras dialécticas o de argumentación son las propias de los debates dialécticos (la disputatio, en latín); se trata de técnicas argumentativas.
    Las figuras dialécticas son las siguientes: concessio, correctio, dubitatio, communicatio, conciliatio y distinctio / paradiástole; pueden, además, incluirse aquí las llamadas probationes argumentativas, o pruebas expuestas por el orador para defender su argumentación: simile, argumentum y sententia.
  • Figuras de ficción:
    Las figuras de ficción permiten presentar como reales situaciones imaginarias.
    Las figuras de ficción son las siguientes: personificación / prosopopeya, sermocinatio / idolopeya y subiectio / percontatio.

En los próximos voy a dedicarme a detallar, por grupos, cada una de éstas figuras. Por supuesto que siempre deben usarse de un modo coherente, teniendo en cuenta que en la literatura menos es más, y que nunca es bueno el uso de más de dos o tres figuras retóricas sobre una misma página; podrán repetirse, pero nunca hay deberíamos caer en el uso de demasiadas figuras; como es lógico ciertas figuras retóricas serán más adecuadas (potenciarán mejor) un determinado texto que otras. Si bien la anterior afirmación anterior es relativamente cierta, cuales de estas figuras usemos, también estará determinado por el estilo e intenciones que cada escritor tenga; nunca debemos perder de vista que el contexto de la narración es un factor determinante al momento de narrar una historia.

Links:

Teoría literaria I - La realidad literaria
Teoría literaria II - La irrupción de la realidad imaginaria
Teoría literaria III - El hecho fantástico
Teoría literaria IV - El narrador
Teoría literaria V - Nivel de lengua del narrador
Teoría literaria VI - El ritmo narrativo y las conjugaciones verbales
Teoría literaria VII - El foco narrativo
Teoría literaria VIII - El contexto narrativo
Teoría literaria IX - El diálogo
Teoría literaria X - La creación de un personaje
Teoría literaria XI - Las figuras retóricas (1º parte)

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Encuentro con Américo Álvarez

Mayo 16, 2008 · No hay comentarios

El miércoles pasado, por la noche, pude disfrutar de la compañía de Américo Álvarez, un escribidor de versos -si llegara a referirme a él como poeta, me va a insultar-
Quizás pueda discutirse algunas de sus posturas referidas hacia como debe hacerse poesía; pero nadie va a quedar indiferente ante su pasión y su mirada ante la palabra escrita. Y todo esto sin hablar de su bello sentido del humor. Confieso que fue una experiencia que cualquiera que escriba o tenga pasión por la lectura debe vivir.
Quiero compartir algunos de sus conceptos; el tiempo y la memoria siempre engañan, por lo que, si bien no seré textual, al menos intentaré rescatar el sentido de sus palabras.

Uno no escribe poemas, escribe versos. Se han escrito muy pocos poemas porque hay muy pocos poetas.

Algunos versos -hablándole a un escritor- son bellos, intensos; otros decididamente malos… pero de todas formas creo que aquí hay algo… Y no puedo decirte más, porque la verdad es que no entiendo un carajo de lo que escribís.

La palabra… la palabra; eso es lo importante.

Hay que dejar afuera todo lo que sobra… limpiar el ripio… si digo una piedra, ¿para qué decir que es pesada?… hay que decir una piedra, que el peso de la piedra lo imagine el lector.

Cuando venga alguien y te palmee la espalda y te diga que sos un gran poeta… decile que se vaya a la reputa madre que lo parió.

No se puede vivir en la cima, la cima de la montaña está deshabitada… cuando llegaste a la cima de tu literatura lo único que resta es bajar y comenzar de nuevo… o morirte.

Las cartas mienten, porque la distancia y el tiempo mienten. En las cartas todos te dicen cuanto te aman y cuanto te desean, cuanto anhelan estar otra vez a tu lado… pero todo eso es mentira… Hace algunos años una persona a la que amaba me escribió una carta diciéndome estas cosas, y volvimos a estar juntos… pero a los quince días de convivencia ya estábamos separados de nuevo.

La última carta que escribí en mi vida fue a los quince o dieciséis años… se la escribí a una tía para comunicarle algo que ya no me acuerdo que era… Y ella meta mostrársela a todas las amigas: miren la carta que me mandó mi sobrino, el boludito ese que escribe poesía… dándose corte entre otras viejas de mierda como ella… y después me recrimina que porque le escribí esa carta, era lo menos poético que había leído en su vida… ¿Y que querés que le escriba?; era una carta nomás…

No hay que escribir lo obvio.

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En la feria del libro de Buenos Aires

Abril 24, 2008 · 1 comentario

El sábado 3 de mayo se presenta en la Feria del libro de Buenos Aires, la antología Mar del Plata contame otro verso.
Perdido entre sus páginas, hay algunas palabras mías tituladas Laura escondida detrás de las palabras; lamentablemente no podré dar el presente por cuestiones de trabajo. Pero con seguridad, varios de los que leen éste blog andarán rondando por Palermo, y comprarán el libro en cuestión. No sólo van a tener en sus manos un trabajo hecho con pasión por más de cuarenta poetas y narradores marpletenses, tambien van a tener a oportunidad de conocer a un grupo de personas que desde hace años viene trabajando con pasión, y a pesar de no formar parte del panteón de los grandes, los escritores de Mar del Plata logramos formar un grupo de trabajo en común que -reconozco que está mal que justo yo lo diga- se encuentra entre lo más interesante de la producción literaria argentina actual.      

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Perlas negras (35)

Abril 10, 2008 · No hay comentarios

Roberto Fontanarrosa
Roberto Fontanarrosa; 1944 - 2007

No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro.

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Comprando libros: Vercoquin y el plancton, de Boris Vian

Febrero 28, 2007 · No hay comentarios

Hoy comencé a leer una gema escondida entre tanto papel impreso con forma de libro: Vercoquin y el plancton de Boris Vian. Aunque en rigor, debo reconocer que cualquier libro de Vian, no solo este, es una auténtica joya.

El post anterior es la frase con la que Vian cierra el prólogo de esta novela. Es casi imposible intentar comentar un libro al cual, aún, no terminé de leer; pero quiero decir un par de cositas sobre él, que ya se ponen en evidencia a las pocas páginas.

Vian, como siempre, hace un uso exquisito del lenguaje. Parece disfrutar de las palabras, jugando con ellas hasta la nausea; trazando dibujos con ellas, semejantes a los trazos de un fileteador. A muchos, la escritura de Vian les parecerá aburrida, pretenciosa, anticuada; pero es innegable el uso que hace del idioma transformando un simple montón de palabras en imágenes poderosas y originales.

Vian es uno de los escritores que más gozo (ya lo se, esto último es demasiado personal), quizás por esto es que me apasionan tanto las pinceladas que crea a través de las palabras. Lo conocí con La hierba roja; otra nouvelle a la que algún distraído la calificaría de ciencia ficción, donde utiliza un tópico clásico, el viaje en el tiempo, para hundirnos en ese océano de palabras; por momentos meciéndonos dulcemente, y luego sacudiendo nuestra modorra con un recurso simple, mínimo, esencial: la palabra bien usada.

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Ordenando papeles viejos

Febrero 4, 2007 · 2 comentarios

Durante el mes de enero casi no he sumado posts al blog; no fue falta de inspiración -que es alguien en que no creo-; simplemente es falta de deseos de escribir. Muchos piensan en el escritor como alguien que es capaz de “escuchar” las voces de las musas, las cuales encenderán su impulso creativo.

Nada de esto es cierto, al menos en mi caso. Escribir es un trabajo como cualquier otro. Escribir requiere tiempo y estímulo; y en éste último mes, poco de ello me fue dado.

Estuve escribiendo para mí; recomenzando una novela que padeció demasiados altibajos. Se titula al fin, luego de muchos intentos de títulos fallidos, Los hábitos de las hormigas.

El primer párrafo de cualquier texto siempre es el más importante; la frase con la que comienza Los hábitos de las hormigas, vino a mí mientras estaba en el colectivo 551, frente al casino de Mar del Plata: Floreal Acevedo va a morir hoy, poco después de las diez de la noche, y no lo sabe.

Haber descubierto que uno de los personajes alrededor del cual se desarrolla la novela morirá en el presente de la acción narrada me conmocionó. Ese hecho se transformó en el signo capaz de impulsarme a recomenzar a escribir la(s) historia(s) de la novela.

Este blog puede ser el punto de descanso para la novela.

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Comprando libros

Diciembre 15, 2006 · No hay comentarios

El miércoles pasado compré (y comencé a leer) una novela cuya acción se desarrolla en medio de una sociedad autoritaria, que gobierna las ideas y deseos de la gente a través de la publicidad, y encierra en campos de concentración a aquellos a los que no logra dominar.

El héroe es un mediocre fracasado, adicto a todas las drogas sintéticas que pudes imaginar.

La novela es Nuestros amigos de Frolik 8; y el autor Philip K. Dick.

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Escarbando bajo la superficie del lenguaje

Noviembre 28, 2006 · 1 comentario

Comencé a escribir, con un sentido profesional, hace poco más de diez años (lo anterior no lo tengo en cuenta), y desde siempre estuve interesado en las formas experimentales de la literatura: Joyce, Faulkner, cierto periodo de Ballard; pero no con la pretensión de transformarme en un escritor diferente, por el contrario, mi empatía con el experimentalismo nació a fuerza de pretender trabajar el lenguaje, que al fin de cuentas es la materia prima del escritor, de un modo más profundo.

El primer obstáculo con el que uno se encuentra es, por supuesto, el lenguaje en si mismo. El castellano es quizás uno de los idiomas más complejos que existen; el inglés, por ejemplo, no poseé las dificultades que sí tiene el castellano en cuanto a las conjugaciones verbales. Pero las complejidades del castellano lo transforman en uno de los idiomas más adecuados sobre los cuales experimentar.
Esta última razón es la que convierte al experimentalismo en un arma peligrosa. La cuestión es como hacerlo; y, quizás la más importante, son las razones por las cuales experimentar. Estoy bastante aburrido por ver a gente que, al comenzar a escribir, pretende alzarse con el estandarte de lo “diferente”, y se zambulle en la experimentación literaria con la idea de diferenciarse por el solo hecho de escribir “raro”.

Por supuesto nada más equivocado. El experimentalismo, la literatura experimental, la experimentación literaria, o como quieran llamarla; es parte del corpus establecido de la literatura: es uno de los seis niveles de expresión básicos de la narrativa. Los otros cinco son el clasicismo, el barroquismo, el realismo poético, el realismo sucio, y el coloquialismo.

La utilización del experimentalismo formal en la narrativa, debe formar parte de un proceso de elección formal teniendo en cuenta las intenciones expresivas o de comunicación de la historia por parte del escritor; y no como un simple modo de “escribir distinto”, o de “destacarse”. Teniendo como base el concepto que el experimentalismo es una de las formas establecidas de uso del lenguaje en la narrativa, al utilizarlo no subvertiríamos la narrativa tradicional. Por el contrario, haríamos uso de un aspecto de ella.

Ahora, la cuestión sería, las razones por las cuales experimentar. Creo que el escritor no puede escribir nada por que sí; toda frase, incluso toda palabra, tiene una finalidad en la meteria narrada: ellas son la meteria con la que se construye la historia. Sin palabras, y en definitiva sin lenguaje no existe historia posible de ser contada.
Cada palabra, dentro del contexto donde se encuentra, poseé un valor expresivo propio, pero muchas veces el lenguaje y las estructuras con las que montamos el lenguaje escrito no son lo suficientemente efectivas para narrar una historia.

En ese punto es donde entra la experimentación.
¿Que quiero decir con que el lenguaje no es suficiente? Pienso que trabajar con ejemplos reales es más sencillo:

1- El monólogo parafrénico de la narradora de Monologo, de Simone de Beauvoir. La narradora personaje se hunde en un monólogo interior, por momentos incoherente y desgarrador. En ningún momento narra detalles, al fin de cuentas ella los conoce. El lector descubre la historia de esa mujer que arruina la vida de todos los que la rodean sólo a través de pistas casi invisibles entreveradas en una narración autorreferente. Al lector no se le cuenta nada, en realidad la narradora se cuenta a si misma su historia, y el lector la descubre a través del uso del lenguaje que hace de Beauvoir.

2- El monólogo interior de Molly Bloom, en Ulises. Joyce descubrió las posibilidades expresivas del monólogo interior y lo llevó hasta la nausea en el último capítulo. El hecho de prescindir de los signos de puntuación expandió (y alteró) el uso y manejo de las palabras, ahora son ellas las que articulan la frase; es el sonido de las palabras quien da sentido a las frases; es su métrica la que articula el discurso. Joyce borró de un plumazo los límites entre poesía y prosa, y construyó el monólogo de acuerdo a los cánones de la primera: la sintaxis no es imprescindible, el ritmo de la frase no esta regido, necesariamente, por los signos de puntuación, las palabras tienen valor por si mismo para lograr el ritmo adecuado.

¿A donde nos lleva todo esto? Estoy convencido que la experimentación por la experimentación misma no poseé ningún valor literario. El escritor debería trabajar en los registros de lengua más sencillos y sólo volcarse a formas complejas como la experimentación cuando las formas más clásicas no bastan para narrar una historia.

Alguno otros casos de experimentalimo bien usado:

1- American psycho, de Bret Easton Ellis

2- Poemas (varios, muchos) de Juan Gelman

3- Expreso Nova, de William Burroughs

4- La exhibición de atrocidades, de J. G. Ballard

…y por el momento son los únicos que se me ocurren…

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Excitaciones intelectuales

Noviembre 11, 2006 · No hay comentarios

Todo catálogo, toda sistematización es, cuanto menos, transitoria. Cuando comencé a dar forma -en mi imaginación- a éste post, ya sospechaba que sería imposible dejar asentado de un modo definitivo los cuentos que para mí son importantes o arrastran detrás una significación fundamental al momento de hablar de influencias literarias.

Un cuento como Los erizos crecen de Buzzati no producirá el mismo efecto en un chico de catorce años que en uno de cuarenta. Que ocurrirá en cada caso es imposible de determinar; sospecho que en éstas situaciones no puede hablarse de una norma; interesan no solo el momento que está viviendo el lector, sino también aquellos momentos que ha vivido.

Mi intención en éste post era la de dejar por escrito los cuentos que fueron importantes pará mí. No me interesa la catalogación de obras maestras, nada más alejado de mis intenciones. Estos cuentos son los que provocaron, en el momento de ser descubiertos, aquel raro impulso que nos mueve a desplazar el mundo a un lado y zambullirnos en el gozo de leer sólo por leer.

Aquí está la lista:

El candelabro de plata, Abelardo Castillo
Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges
Una flor amarilla, Julio Cortázar
Los crímenes de la calle Morge, Edgar Alan Poe
La isla del Doctor Muerte y otros relatos, Gene Wolfe
Escultura lenta, Theodore Sturgeon
Justo el treinta y uno, Juan Carlos Onetti
Playa terminal, J. G. Ballard
En una tierra de colores claros, Robert Sheckley

Estos son los que tengo presentes hoy. Como digo hacia el comienzo, toda lista es provisoria.

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Cartografías

Octubre 10, 2006 · No hay comentarios

Los escritores somos hijos de las lecturas que hemos tenido. Nada es por que sí, y muchas veces podríamos sorprendernos al conocer cuales son los libros leídos por los escritores; se sabe que Úrsula LeGuin admira la poesía de Diana Belessi. Pero los libros y escritores que rechazamos también son una guía para comprender que escribimos; por ejemplo, Bioy despreciaba el realismo exacerbado de Joyce: los libros no leídos hablan tanto o más de nosotros que aquellos guardados en nuestra biblioteca.

Mi primer libro lo encontré a los ocho años; fue La Odisea, en una versión pausterizada de la colección Billiken. El viaje de Ulises fue el inicio en mi viaje por la literatura: su periplo, como cualquier otro viaje, es un rito iniciático. El paso entre los acantilados de Escila y Caribdis, es la escena que más recuerdo: ahora, treinta y dos años después, pienso que el constante ir y venir de las aguas entre sus moradas, es una metáfora sobre las decisiones que debemos tomar en nuestra vida: ¿acercarnos a una o a otra? ¿cuál de los dos monstruos será el menos peligroso para nosotros? La única opción segura es el camino entre ambas, pero también es el más arduo de sostener: quizás Homero creía que mantener el equilibrio entre las tensiones y fuerzas que gobiernan nuestro día a día era la senda adecuada, a pesar de las dificultadas que nos acarrea.

Mis libros siguientes, también trataron sobre viajes: Los hijos del capitán Grant y Viaje al centro de la Tierra. En el primero me encontré con un dato curioso, parte de la acción transcurre en lo que ahora es Mar del Plata (donde vivo): Sierra de los Padres y Cabo Corrientes. El segundo fue mi primer contacto con la ciencia ficción. Hoy me perecerían dos novelas pretenciosas y, por momentos, aburridas; pero fueron el modo de acercarme, en especial con Viaje al centro de la Tierra, a la razón que debería tener todo libro; me refiero a la sorpresa y entusiasmo; al poder que tienen los libros de maravillarnos, sin importar cuan plausible pueda ser la historia que nos están contando. Debería decir que hoy por hoy, Verne no es un escritor que me agrade; su obsesión por atarse al cientifismo de la época, lo hizo caer en historias, como De la Tierra a la Luna, por completo absurdas. Es conocida la anécdota en la que Verne reniega de Wells diciendo de éste “el inventa, yo uso la ciencia”. Pero el tiempo le dio la razón a Wells: él imagino que la única forma de viajar a la Luna era con cohetes; Verne creía hacer ciencia al proponer viajar a la Luna dentro de una gran bala hueca lanzada con un cañón gigantesco. De más está decir que Wells, desde lo literario, se planta muy por encima de Verne.

Mas o menos por esa época, yo tendría unos diez años, me hice adicto al policial enigma; creo haber leído casi todo Agatha Christie a razón de un libro por día; aunque mechada con algunas otras cosas como La bestia debe morir. Una de las novelas que más recuerdo de Christie es El truco de los espejos, curiosamente es de sus libros menos nombrados.

Los diez (u once) años fueron el periodo en que comencé a descubrir la sexualidad: percibir la atracción hacia algunas compañeras de escuela, y el descubrimiento del cuerpo (onanismo). Entusiasmado por las historias que me contaban esa gente que escribía libros, tuve el impulso de escribir. Si tanto me apetecía leer lo que escribían los otros, ¿por qué no escribir yo mismo? Hace algunos años, revolviendo papeles viejos, encontré un cuaderno Rivadavia, las tapas amarillentas y crujientes, las páginas cubiertas con una letra que no logro reconocer como propia, en la que narro una historia de espías, al estilo James Bond. En algún momento narro una relación sexual entre el protagonista, una chica muy sexy y dos parejas más. Al releerlo se que es naif y por momentos ridículo. Muchas veces he pensado si mis padres algunas vez descubrieron el dichoso cuaderno y lo leyeron: prefiero no saberlo.

Hasta los catorce años continué leyendo de un modo bastante desapasionado hasta que en el colegio leímos El sur. Ese fue mi verdadero clic literario: supe sin dudarlo que eso me apasionaba. Borges se convirtió en mi puerta de entrada al mundo de la literatura fantástica y la ciencia ficción. Luego llegó Cortázar con Continuidad de los parques, Una flor amarilla, y mi primer contacto con el experimentalismo: Señorita Cora; y también con el primer libro de ciencia ficción que leí, Un toque de infinito, de Howard Fast. Otro autor que avivó mi entusiasmo por la ciencia ficción fue Bradbury, uno de los escritores predilectos de las profesoras de Lengua y Literatura.

De Bradbury me gustaron sus, por momentos, descabelladas historias, teñidas de una clase de sentimentalismo poético que nunca es llorón. Bradbury es un escritor extraño; si bien el motivo de sus cuentos es el futuro (salvo en las novelas policiales) en ellos flota siempre un sentimiento de nostalgia por el pasado. Durante esos primeros pasos por la ciencia ficción transité por Asimov. Tal vez por ser él un icono dentro del género, lo leía con entusiasmo, pero ahora lo veo como un escritor presuntuoso y aburrido. Por supuesto todavía a algunos de sus libros como Yo robot, o Bóvedas de acero se los puede considerar clásicos, y son de lectura casi obligada para conocer la ciencia ficción; pero otros, Un guijarro en el cielo o la interminable y aburrida saga de la Fundación, son bodrios olvidables.

A partir de ese momento comencé a leer cf con avidez, aunque siempre permanecí ajeno al fandom. Pensaba, y aún lo hago, que la lectura es un acto privado, en el que la comunión entre el libro y el lector es un acto en solitario; las discusiones, los intercambios de opinión vienen después. El entusiasmo y el aislamiento de fandom de la cf se me ocurre contrapuducente, han construido alrededor de ellos un muro demasiado alto contra el resto del mundo literario: ni ellos, ni algunos de sus autores pueden crecer en esas condiciones. Hace poco tiempo leo un reportaje a una escritora española de cf (no recuerdo ni siquiera el nombre) en la que despotricaba contra los escritores que se dedican a contar historias simples, describiendo lo que fulano o mengano hacen en un día cualquiera de su vida; me gustaría hacerle leer Un delito para el señor Lewellyn, de Theodore Sturgeon; un autor que tiene adosado el mote de escritor de ciencia ficción. O que diría la escritora en cuestión sobre El Castillo, de Kafka; El lugar, de Mario Levrero; o Ulises, de Joyce.

A pesar de hacer una lectura apasionada de la cf, la misma no lograba resultarme lo suficientemente incitante, y la “otra” literatura se me antojaba demasiado aburrida y falta de ingenio o provocación; algo parecido a lo que le pasa a la escritora que acabo de nombrar, pero entonces yo tenía diecisiete años. Por casualidad me encontré dos volúmenes de cuentos de un autor al que habia escuchado nombrar, y eso fue el summun: al fin había logrado entrar a la buena literatura a través de la simple satisfacción por leer; por el impulso de saberme sacudido con extructuras narrativas, luego lo aprendería, que se amoldaban a los cánones de la literatura “culta”; los libros eran Pasaporte a la eternidad y Playa terminal, J. G. Ballard.

El primero es un libro de cuentos en el que aún Ballard mantiene una relación explícita con lo que se conoce como ciencia ficción; en Playa terminal atraviesa el molde rígido del género para adentrarse en sus primeros experimentos formales. Algunos podrán decir que la etapa de experimentación llegará, en Ballard, algunos años después, con La exhibición de atrocidades, pero cuando hablo de experimentación me refiero a los ya presentes trabajos sobre la extructura narrativa de los cuentos, un ejemplo es el cuento Playa terminal, donde existe un intento por subvertir el esqueleto de la narrativa clásica.

A partir de allí comienza mi búsqueda por una literatura en la que no medien los límites de género o estilo; busqué (y busco) leer cualquier cosa que me satisfaga como lector crítico. No me interesa leer un libro como pasatiempo, si la materia narrada es buena, el libro no termina con la última corrección hecha por el autor; por el contrario, un texto es algo vivo que renace y vuelve a desarrollarse con cada lectura que se hace de él.

Una lista de autores que me interesan (sin orden de preferencia ni calidad, simplemente a medida que llegan a mi):

J. G. Ballard, Theodore Sturgeon, Bret Easton Ellis, Ray Bradbury, Truman Capote, Jorge Luis Borges, Abelardo Castillo, Juan Carlos Onetti, Stanislaw Lem, Alejandra Pizarnik, Fernando Pessoa, Jacobo Fijman, John Crowley, Charles Bukowski, Cordwainer Smith, Arthur Rimbaud, Albert Camus, Franz Kafka, Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Carlos Gardini, William Burroughs, Horacio Quiroga, Marques de Sade, H. P. Lovecraft, Ernest Hemingway, James Joyce, William Faulkner, Erica Jong, Adolfo Bioy Casares, Antonio dal Masetto, Andrés Rivera, Juan Rulfo, Angélica Gorodischer, Italo Calvino, Roberto Arlt, Mario Vargas Llosa, Kenzaburo Oe, John Dos Passos, Herman Melville, Joseph Conrad…

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Marcovaldo, de Italo Calvino

Octubre 9, 2006 · No hay comentarios

Marcovaldo es el título de un pequeño libro de cuentos breves de Calvino; y es, también, el nombre del personaje alrededor del cual giran, se desarrollan, viven, las veinte joyas que lo forman.

Cada historia se corresponde a una de las cuatro estaciones del año, por lo que el libro se desarrolla a través de cinco años en la vida de Marcovaldo. Él es una persona simple, que no es lo mismo que decir vulgar; que parece estar extraviado en la ciudad en la que vive: un extraño en su propio sitio. Al decir de Calvino en el relato que abre el libro: “Tenía este Marcovaldo un ojo poco adecuado a la vida en la ciudad: carteles, semáforos, escaparates, rótulos luminosos, anuncios, por estudiados que estuvieran para atraer la atención, jamás detenían su mirada. En cambio, una hoja que amarillea en una rama, una pluma que se enredase en una teja, nunca se le pasaban por alto: no había tábano en el lomo de un caballo, taladro de carcoma en una mesa, pellejo de higo escachado en la acera que Marcovaldo no notase, y no hiciese objeto de cavilación, descubriendo las mudanzas de las estaciones, las apetencias de su ánimo y la miseria de su existencia”.

El libro se entronca en la línea de textos breves, narrados con un lenguaje claro y transparente de Calvino, dentro de la cual también forma parte esa preciosura, todavía desconocida por muchos, que es Las Cosmicómicas.

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Comprando libros en la Feria de Mar del Plata

Octubre 7, 2006 · 1 comentario

Acabo de salir de la 2º Feria del libro de Mar del Plata.
Si bien hay una enorme cantidad de stands, no quedé demasiado conforme con lo que encontré: mucho best seller, que al fin de cuentas si quiero comprarlo lo puedo hacer en cualquier momento en cualquier librería; mucho libro de saldo a precios no tan espectaculares; y poca narrativa interesante.

El lugar es amplio, como digo en el post anterior, pero queda poco lugar para caminar con comodidad, y en general los que te atienden en los stands nos tienen mucha idea de lo que te están ofreciendo.

Así y todo me hice de dos buenos libritos que desde hace un tiempo tenían su lugar reservado en la biblioteca: Dublineses y El retrato de Dorian Gray a $7 cada uno; una verdadera ganga.

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2º Feria del libro en Mar del Plata

Octubre 6, 2006 · No hay comentarios


Hoy comienza otra Feria del Libro en Mar del Plata, y termina el 22.

Se presentan el doble de expositores del año pasado; y la superficie, por lo que pude ver, casi la triplica. A la primera feria concurrieron unas 200.000 personas; ojalá que este año se superen.

Se puede visitar la web en www.ferialibromdp.org.ar

Mañana voy a estar allí, y seguramente estaré comentando las cosas interesantes que encuentre.

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La ciencia ficción y yo

Septiembre 18, 2006 · No hay comentarios

El ánimo enciclopedista, surgido a partir de la revolución francesa, nos ha llevado a catalogar y etiquetar todo aquello que está a nuestro alcance; y la literatura no pudo escaparse de ello: es así que nos encontramos que la misma, como cualquier otra forma de arte comenzó a dividirse en géneros y subgéneros, quizá por el afán de establecer un orden interno que nos permitiera tener anclajes y puntos de referencia a la hora de un análisis sistemático.

De modo “oficial”, la ciencia ficción surge en 1926 en la revista Amazing Stories de la mano de Hugo Gernsback, refiriéndose a ella como “fábulas científicas”. La denominación castellana de ciencia ficción aparece como una traducción literal del inglés science fiction; lo cual es un evidente desatino, ya que la traducción correcta sería ficción científica.

Por supuesto, esto no deberíamos considerarlo más que una anécdota, ya que desde mucho antes de Gernsback hubo en la literatura obras que podrían encuadrarse de modo perfecto a la denominación de ciencia ficción. Un buen ejemplo es Micromegas, de Voltaire: ¿de que otra forma que no sea ciencia ficción podemos catalogar un relato que nos cuenta la visita a la Tierra de un habitante de Júpiter?

Por supuesto, muchos van a cuestionar el hecho que Voltaire utiliza a Micromegas, el viajero de Júpiter, como recurso para hacer una crítica a la sociedad de su época. Éste es el punto al que deseaba llegar.

Si nos quedamos con el concepto de la ciencia ficción como un simple subgénero literario, dejaríamos fuera a una gran cantidad de obras a las que nos sería imposible catalogar; quedándonos solo un puñado de relatos –de todas formas numerosas- que no son, precisamente, lo mejor de la producción literaria.

Prefiero considerar a la ciencia ficción más como un recurso literario que como un género en si mismo. Sospecho que el hecho de conformar un género en si mismo, arrastra tras de si algunas complicaciones nefastas:

1- Los fans (y los autores) terminan enclaustrados en una burbuja del cual no les es posible salir.

2- Dicha burbuja termina aislándolos de la corriente general de la literatura.

3- Y éste aislamiento genera un rechazo, a veces justificado, del resto de la producción literaria.


¿Qué quiero decir con un recurso literario?

Simplemente una herramienta utilizada por el escritor para dar forma al texto narrado, que puede –bien usado- potenciar la historia que se cuenta. Muchos autores de ciencia ficción, ya desde la década del ´50, comprendieron esto y actuaron en consecuencia: Sturgeon, Dick, Ballard, Spinrad; por nombrar solo cuatro.

El hecho de utilizar la ciencia ficción como herramienta para generar un efecto de extrañamiento, la emparenta con la literatura fantástica; a la que tampoco podría considerársela un género.

Planteada esta cuestión vemos que el abanico de posibilidades que nos muestra la ciencia ficción, no solo es vasto, si no también mucho más interesante que las simples historias de cowboys trasladadas al espacio que Gernsback incitaba a escribir en la década del ´20. Lamentablemente, y como consecuencia de la burbuja de la que hablaba, la ciencia ficción ha sido relegada al casillero de literatura menor por parte de la corriente general, o como dicen algunos la cultura oficial.

Siempre pensé que la cultura oficial da muestras de una miopía sorprendente al alzar la bandera del prejuicio; pero el daño está hecho y aún hoy es difícil lograr que muchos escritores y críticos serios se decidan a rever sus opiniones.

La razón por la que considero a la ciencia ficción un recurso, se debe exclusivamente a razones teóricas. Deriva del concepto de realidad literaria; se considera que la realidad en la que vivimos, es apenas una parte de aquella que puede estar presente en un texto de ficción: si bien la realidad objetiva nos permite crear puntos de anclaje a la realidad cotidiana del lector; la literatura no se limita solo a transcribir textualmente esta realidad: en el mundo en el que vivimos, los chanchos no vuelan; pero nada impide que lo hagan en la realidad en que se desarrolla un cuento o novela determinados.

Desde los parámetros teóricos literarios, la realidad literaria se desgaja en dos: la realidad objetiva, que es aquella que se encuentra atada a las leyes de causa y efecto; y la realidad imaginaria, aquella que suspende nuestra percepción objetiva del mundo, y nos muestra hechos en apariencia ilógicos o insólitos, más cercanos a lo irreal o fantástico que a nuestra cotidianeidad. La ciencia ficción caería dentro del tipo de obras en las que el autor hace uso de un aspecto más amplio de la realidad literaria. Y la utilización de “realidades” más amplias que la realidad objetiva del lector, son las que crean un efecto de extrañamiento en la historia.

Siempre desde la teoría el uso de las realidades no objetivas, es lo que nos lleva a las literaturas fantásticas. Y uso éste término no como la clasificación de un género literario, sino como resultado del uso de una estructura de exposición narrativa.

De acuerdo a lo último, podemos tener cuatro tipos de hechos o realidades no objetivas o fantásticas:

1- Hecho mágico: es aquel producto de la intervención de un mago; es decir una persona con poderes mágicos. Un buen ejemplo sería la serie de Terramar, de Ursula LeGuin; que dicho sea de paso está considerada dentro de la ciencia ficción.

2- Hecho mítico-legendario: aquel hecho fantástico que tiene como sustento bases míticas. Por ejemplo El Señor de los Anillos; Tolkien ha tenido como referencia, para escribir toda la saga de La Tierra Media, buena parte de la mitología europea.

3- Hecho milagroso: es el que se produce gracias a la intervención de una deidad o ser superior; sea un dios o un espíritu, o cualquier personaje que no sea un ser humano. El único ejemplo que se me ocurre es La Odisea; al fin de cuentas, relata un viaje por comarcas desconocidas, y tanto Ulises como sus compañeros son, muchas veces, objeto de los caprichos de los dioses.

4- Hecho fantástico puro: es aquel al cual no podemos encuadrar en ninguna de las categorías anteriores. Por supuesto, la ciencia ficción en general caería dentro de éste rótulo.

 

Tomando en cuenta este sistema de clasificación por que opté, nos damos cuenta que la ciencia ficción es algo mucho más vasto que tontas historias de naves espaciales y monstruos verdes de ojos saltones.

Algunos ejemplos:

a- La inmortalidad: Tema bastante remanido dentro de la ciencia ficción. La podemos encontrar en un libro ya clásico como Incordie a Jack Barron, de Norman Spinrad. Pero también está presente en textos de autores mas cercanos a lo fantástico, como Borges (Los inmortales), o Cortázar (Una flor amarilla)

b- El robot: clásico de los clásicos. Lo tenemos en Yo, robot, de Asimov; pero también hay una premonición del robot en el homúnculo de Frankenstein.

c- Los extraterrestres: condición excluyente para que una historia sea tildada de ciencia ficción. Y aquí la lista de títulos sería interminable; desde las fantasías neonazis de Heinlein en Tropas del Espacio, hasta los extraterrestres que nunca aparecen en Pórtico, de Frederick Pohl; pasando por la lathita de Philip Farmer en Los Amantes; hasta los extraterrestres bondadosos y budistas de La rueda del cielo, de Ursula LeGuin.

 

d- Los universos o mundos paralelos: otro clásico. Un buen ejemplo es Universo de locos, de Fredric Brown; literariamente no es un gran libro, pero es una sátira muy divertida sobre buena parte de los cliches del género, en especial durante la época de Gernsback. Por el otro lado, un cuento que plantea una idea similar, y muchos se horrorizarían al escuchar que es un cuento de ciencia ficción, es El jardín de los senderos que se bifurcan.

Podría seguir con una infinidad de ejemplos quie muestran que el recurso de la ciencia ficción es utilizado por autores que no están etiquetados como pertenecientes al ghetto; pero sería demasiado extenso y aburrido.

Resumiendo: desconfío de aquellos que se lanzan a defender la ciencia ficción como si se tratara de una damisela virgen a la que se debe mantener alejada de cualquier clase de contaminación. La ciencia ficción –por suerte- se ha pervertido desde hace años con la corriente general de la literatura y forma parte de ella. La ciencia ficción como género literario está muerta, y gracias a ello los escritores tienen la libertad de poder entrar y salir de la misma sin que por eso deban ser tildados como escritores de ciencia ficción.

Estoy seguro que muchos de los que lean este post se van a enojar conmigo, tanto los intelectuales que consideran a la ciencia ficción como literatura adolescente (nada más equivocado, por cierto) como por los puristas que creeran que aborrezco de ella. Lamento defraudarlos, pero sería mejor que se decidieran a abrir la cabeza.

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Domingo por la tarde

Septiembre 3, 2006 · No hay comentarios

Domingo por la tarde; ya he almorzado, apenas una picada livianita y armada a desgano; mientras tanto las horas se alargan lentas y aburridas. Acabo de releer Monólogo, el segundo cuento de La mujer rota, de Simone de Beauvoir: es fuerte, demasiado fuerte.

Ahora, mientras escribo, estoy escuchando Hot fast fish, de
Los gauchos alemanes (ver fotito disco). Una forma de bajar un cambio (o dos) después de leer a de Beauvoir.

Estoy pensando seriamente en escaparme al cine, pero creo que no hay nada demasiado interesante; el domingo pasado vi La dama en el agua. No me tan buena como para dedicarle mucho espacio del blog ; no es mala, pero tranquilamente se puede esperar un par de meses y verla en video.

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