Extravíos nocturnos
Desde la esquina ve los vidrios oscuros de la fachada y el neón rojo y naranja que lo invita a acercarse. En la puerta hay un tipo que parece gitano cobrando la entrada.
-Veinte con una consumición.
Un billete rojo como el neón de la entrada pasa de manos y entra. El aire caliente le abofetea la cara, humo y voces quedas; algunas chicas bailan sobre la barra intentando seguir el ritmo del reggaeton. Quieren ser sensuales, quiebran las cinturas, giran, le dan la espalda a los tres tipos que se ahogan en whisky, se agachan y, por un instante, los tipos alzan la vista del vaso.
Camina. Busca una mesa. La encuentra no muy lejos de la entrada. Una chica se cuelga de un brazo y le habla al oído envolviéndolo con un aliento de cigarrillo y whiscola. No comprende las palabras que llegan viscosas. Le dice que no con la cabeza, pero ella continúa tomada del brazo.
-No -La voz suena como un vidrio rasgándose. Lo suelta y va hacia el fondo del local, donde hay otras diez tan iguales como ella.
La silla está contra el ángulo entre dos paredes. Desde aquí puede ver el lugar. Mira a los tipos de la barra y a otros frente al escenario vacío. Gritan, se ríen, hay uno al que lo vistieron de mujer en el centro del grupo. Una nena apenas mayor que su hija se sienta junto a él. Lo saluda con un beso y se queda callada con una mano en la pierna derecha.
-¿Tomás algo?
-Un café, y pedite lo que quieras para vos.
Se para sin dejar de mirarlo, acaricia su mejilla de la oreja hasta la comisura, y un dedo recorre el labio inferior de izquierda a derecha. Ella camina hacia la barra, hacia el fondo del local donde un tipo de camisa rosa espera tras la caja, y mira aquí y allá entornando los ojos como si fuera corto de vista.
Él mete una mano en el bolsillo del pantalón; saca una moneda y la alza entre el índice y el pulgar, es cuadrada y con un agujero en el centro. La chica habla con el tipo corto de vista y señala la mesa en donde él la aguarda. Juega con la moneda haciéndola girar entre sus dedos, se apoya contra el respaldo y espera. Ella habla con el tipo de la camisa rosa y el reloj que brilla bajo las luces.
Un golpe sobre la mesa lo devuelve al bar. No la ve llegar. No la ve dejar el pocillo junto al cenicero. La ve sentarse junto a él aferrada a un vaso escarchado. Ella apoya, otra vez, una mano sobre su pierna. No hablan. Un cigarrillo muere en el cenicero.
-¿Sos de acá?
-Eso dicen -No puede ver cuando ella levanta la ceja, la luz muerta del local cubre sus manos y sus ojos, se desliza por la cara al ritmo de la voz de la chica.
-¿Qué tenés acá? -Quiere esconder la moneda pero lo toma de la mano, y él se sorprende por la firmeza de sus dedos, serpientes blancas y ciegas – Qué linda. ¿Me la dejás ver?
Apoya la moneda sobre la palma, un gorrión dormido; luego ella la lleva hasta los ojos y mira a través del hueco en el centro.
-Se ve todo distinto -Ella se extravía en el trozo de metal, lo atraviesa, se deja arrastrar por ese ojo único- ¿Sos de acá? -no lo mira, no puede trepar las paredes, el fondo del pozo.
-Era de mi abuelo
-¿Quién? -Apoya la moneda junto al cenicero, como a un recuerdo amortajado
-La moneda. Mi abuelo la trajo de Etiopía, después de la guerra.
-¿Vos sos de acá? ¿Como te llamás? Yo soy Roberta
-Hernán -Se sorprende por no mentirle.
Ella acerca una mano. Los dedos se tocan, se reconocen, y la retira
-Te falta un dedo.
-Sí -Alza la mano izquierda para que la vea- se lo regalé a mi última amante.
Y se ríe. Ella vuelve a alzar una ceja y se frota la punta de la nariz.
-¿Qué querés hacer?
-Lo que vos tengas ganas.
-El hotel está al lado.
Ella se para y tira la silla. Los tipos de la barra miran hacia la mesa y vuelven al espectáculo de las bailarinas sobre sus narices, que vuelven girar sobre la barra y él deja un par de billetes arrugados en la mano de la chica, y vuelve a jugar con la moneda de su abuelo que vuelve a girar entre los dedos.
-Esperame, me cambio y vamos.
Se aleja apenas desvestida, el cuerpo menudo cubierto de augurios.
Él deja la moneda moneda sobre la mesa y se va.
Desde la esquina ve los vidrios oscuros de la fachada y el neón rojo y naranja que lo invita a acercarse. En la puerta hay un tipo que parece gitano cobrando la entrada.
-Veinte con una consumición.
Un billete rojo como el neón de la entrada pasa de manos y entra. El aire caliente le abofetea la cara, humo y voces quedas; algunas chicas bailan sobre la barra intentando seguir el ritmo del reggaeton. Quieren ser sensuales, quiebran las cinturas, giran, le dan la espalda a los tres tipos que se ahogan en whisky, se agachan y, por un instante, los tipos alzan la vista del vaso.
Camina. Busca una mesa. La encuentra no muy lejos de la entrada. Una chica se cuelga de un brazo y le habla al oído envolviéndolo con un aliento de cigarrillo y whiscola. No comprende las palabras que llegan viscosas. Le dice que no con la cabeza, pero ella continúa tomada del brazo.
-No -La voz suena como un vidrio rasgándose. Lo suelta y va hacia el fondo del local, donde hay otras diez tan iguales como ella.
La silla está contra el ángulo entre dos paredes. Desde aquí puede ver el lugar. Mira a los tipos de la barra y a otros frente al escenario vacío. Gritan, se ríen, hay uno al que lo vistieron de mujer en el centro del grupo. Una nena apenas mayor que su hija se sienta junto a él. Lo saluda con un beso y se queda callada con una mano en la pierna derecha.
-¿Tomás algo?
-Un café, y pedite lo que quieras para vos.
Se para sin dejar de mirarlo, acaricia su mejilla de la oreja hasta la comisura, y un dedo recorre el labio inferior de izquierda a derecha. Ella camina hacia la barra, hacia el fondo del local donde un tipo de camisa rosa espera tras la caja, y mira aquí y allá entornando los ojos como si fuera corto de vista.
Él mete una mano en el bolsillo del pantalón; saca una moneda y la alza entre el índice y el pulgar, es cuadrada y con un agujero en el centro. La chica habla con el tipo corto de vista y señala la mesa en donde él la aguarda. Juega con la moneda haciéndola girar entre sus dedos, se apoya contra el respaldo y espera. Ella habla con el tipo de la camisa rosa y el reloj que brilla bajo las luces.
Un golpe sobre la mesa lo devuelve al bar. No la ve llegar. No la ve dejar el pocillo junto al cenicero. La ve sentarse junto a él aferrada a un vaso escarchado. Ella apoya, otra vez, una mano sobre su pierna. No hablan. Un cigarrillo muere en el cenicero.
-¿Sos de acá?
-Eso dicen -No puede ver cuando ella levanta la ceja, la luz muerta del local cubre sus manos y sus ojos, se desliza por la cara al ritmo de la voz de la chica.
-¿Qué tenés acá? -Quiere esconder la moneda pero lo toma de la mano, y él se sorprende por la firmeza de sus dedos, serpientes blancas y ciegas – Qué linda. ¿Me la dejás ver?
Apoya la moneda sobre la palma, un gorrión dormido; luego ella la lleva hasta los ojos y mira a través del hueco en el centro.
-Se ve todo distinto -Ella se extravía en el trozo de metal, lo atraviesa, se deja arrastrar por ese ojo único- ¿Sos de acá? -no lo mira, no puede trepar las paredes, el fondo del pozo.
-Era de mi abuelo
-¿Quién? -Apoya la moneda junto al cenicero, como a un recuerdo amortajado
-La moneda. Mi abuelo la trajo de Etiopía, después de la guerra.
-¿Vos sos de acá? ¿Como te llamás? Yo soy Roberta
-Hernán -Se sorprende por no mentirle.
Ella acerca una mano. Los dedos se tocan, se reconocen, y la retira
-Te falta un dedo.
-Sí -Alza la mano izquierda para que la vea- se lo regalé a mi última amante.
Y se ríe. Ella vuelve a alzar una ceja y se frota la punta de la nariz.
-¿Qué querés hacer?
-Lo que vos tengas ganas.
-El hotel queda en la esquina.
Ella se para y tira la silla. Los tipos de la barra miran hacia la mesa y vuelven al espectáculo de las bailarinas sobre sus narices, que vuelven girar sobre la barra y él deja un par de billetes arrugados en la mano de la chica, y vuelve a jugar con la moneda de su abuelo que vuelve a girar entre los dedos.
-Esperame, me cambio y vamos.
Se aleja apenas desvestida, el cuerpo menudo cubierto de augurios.
Él deja la moneda moneda sobre la mesa y se va.




