Stress
Como todos los sábados a la tarde te vas a la fuente de la peatonal. Te quedás sentado en el borde de granito marrón y mirás a las floggeritas vestidas con remeras blancas y negras, y pantalones fucsias que les marcan los culitos que tanto te gustan. Cada tanto el agua que cae desde la torta te salpica la espalda pero no te das cuenta, tus ojos se extravían en piernas y pequeños pechos que asoman por los escotes; y un tipo disfrazado de Gardel ladra un tango a tres metros tuyo. Música de viejos chotos y el tipo junta monedas en el sombrero de fieltro y tus bolsillos siguen vacíos. Más allá tres pibes repean como si el resto de la peatonal fuera un sueño.
Mirás para un lado y para el otro. Nadie cerca. Todos conchetitos berretas. Berretas que la juegan de conchetos. Acá no hay nada para vos. Enfilás para la costa visitanto cada teléfono que aparece en el camino. Dos dedos en los monederos. Vacío. Vacío. Acá hay algo. Vacío. Vacío. Vacío. Una de veinticinco. Y cuando llegás al Bristol tenés dos con treinta y cinco en un bolsillo del vaquero.
Volvés hasta la puerta del bingo. Sabés que estás de suerte. Buscás un banco, un lugar libre, cerca de nadie, de espaldas al bingo. El gorra de la puerta ya te conoce. Sabés que no te va a alcanzar cuando corras y te metas en la Sao.
Sos paciente, ya va a llegar la que te sirva. Esa vieja no. Aquellos dos son muy pendejos; conchetitos pero pendejos. La piba que va con el cochecito de bebé tampoco; nunca te gustó meterte con ellas. La vieja chota con los anteojos como los de la Mirtha Legrand. Esa sí. Esa es buena. Camina para el banco medio como arrastrando los pies. Agarra demasiado fuerte la cartera, pegada a las carnes que se escapan de entre la remera apretada. Cuando le pegués el empujón la va a soltar. Siempe es lo mismo. Anda caminando con la cabeza tirada para atrás, seguro que no te va a mirar directo, apenas te va a ojear de costado como para medirte. Y vos va a estar mirando al piso o para otro lado, como si la vieja no te importara. Y la vieja va a pasar a medio metro de tus piernas, y cuando se aleje dos tres cinco pasos te vas a parar y de dos zancadas la alcanzás, la pecheás y de un golpe seco la cartera se queda entre tus manos.
La vieja esta de rodillas. Grita con una voz como bisagra oxidada. Y vos pegás la vuelta. Saltás por el cantero y enfilás para la puerta de la Sao. El yuto no sabe si correrte o ayudar a la vieja. Un tipo te manotea y el yuto va para donde está la vieja. Esquivás al tipo pero es ágil, te vuelve a agarrar de un brazo. Y vos con tu cuerpecito de nene de doce años, pero tenés dieciséis, te retorcés sin largar la cartera y llegás hasta la puerta de la Sao.
Corrés zigzaguendo entre la gente que colma el pasillo angosto, empujás con los codos y alguno se resbala. Corrés y pecheás y corrés. Hasta que tomás por el pasillo que va para la Santa Fe. Y dejás de correr. La cartera está bien guardada en el bolsillo del canguro. Caminás sin mirar a tu espalda. Salís a la calle. Caminás tranquilo. Santa Fe. Vas como paseando. Rivadavia. Ni mirás vidrieras ni a nadie. Hasta la costa. Cada tanto marcás a alguna pendejita. Y por fin la rambla del casino.
En el bolsillo del canguro, apretado entre tus manos, late un manojo de promesas.





