Ruinas
Camina por sobre los escombros que cubren lo que alguna vez fue una ciudad. Trepa por sobre la pila de ladrillos, restos de autos quemados, se aferra a los trozos de hierro que nacen de entre lso restos de mampostería como hierbas, resbala, su mano se ciñe a un resto de pared, trepa, tropieza, resbala, vuelve a ascender, las manos vestidas de cortes y sangre seca, la cima está próxima. Al fin se sienta sobre una pila de maderas invadidas por la humedad y los gusanos.
A sus pies, entre la basura, crecen mechones de pasto, las briznas parecen garras; una mano se cierra alrededor de ellas y las arranca.
-Todavía no es tiempo -la mano se abre y las hojas de hierba roja caen a sus pies.
Alza la mano frente a sus ojos. La acerca. La aprieta contra la nariz. Huele. Se embriaga con el aroma rojo de la hierba retenido entre los dedos cubiertos de crostones. Cierra los ojos hasta ver luces cayendo a la tierra. Luces que huelen piedras, a humedad, y huelen a sueños extraviados y a gritos.
-Todavía no es tiempo -repite- Todavía no.
Abre los ojos y las luces aún caen desde el cielo; entiende que ellas no están escondidas en él, el cielo las deja caer semejantes a presagios absurdos sobre el páramo. Aquello que en algún tiempo fue la ciudad donde él dormía, trabajaba, odiaba, caminaba, comía, amaba, se exhibía como una mujer iracunda y desgastada.
-Todavía no es tiempo.
Se recuesta sobre los restos de basura, los trozos de mampostería se incrustan contra la espalda dolorida, las hojas de hierba a sus pies parecen querer contarle una historia, pero él no puede escucharla.




