
Creemos caminar por ciudades de avenidas anchas y torres de cristal que se alzan sobre los cimientos de su propio ego. Pensamos que las montañas nevadas, allá, a la izquierda, solo serán alzanzadas luego de varios días de marcha. El puente de piedra por el que caminamos, cruzando un río de aguas sucias y orladas de espuma, no nos conduce a la otra orilla; o al menos la orilla que vislumbramos desde aquí. Ciudades de acero, cristal y ladrillos rojos; pueblos habitados de casas bajas, el adobe es su sangre y sus huesos; océanos de arena que destila el aroma rojo de un sol quieto: las líneas de las dunas parecen imitar los contornos de un gigante dormido.
La ruta vivorea a través de la selva. El tren se abre paso entre el verde -tan vivo, tan con aroma a verde- verde de árboles y sonidos, monos chillando del otro lado de la ventanilla entreabierta. Estamos adormilados, apoyamos la cabeza contra la ventana sucia; el paisaje corre hacia atrás, rápido, ahora son solo líneas desdibujadas en nuestros ojos. Parecemos borrachos de tiempo.
Nos movemos.
La brújula de nuestra alma se ha extraviado. Las vueltas del camino fueron demasiadas, y ahora ya no nos importa llegar a ningún lugar. El viaje es el sentido de todo. Moviéndonos. Hacia adelante. Caminando a la vera de rutas olvidadas por muchos; aburridos; asombrados; durmiendo sobre bancos en estaciones de trenes vestidas de sueño; trotando calles donde cada zaguán es un cofre pleno de regalos; tropezando con gente a la que nunca más volveremos ver.
Nadie viaja. Todo viaje, al fin, se reduce a recorrer los paisajes del alma.




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Niée // Abril 15, 2008 en
Al leer tu escrito he recreado algo extraño que ocurre cuando viajamos: esa suma entre la velocidad, la fugacidad de los encuentros y el extravío a pesar de los mapas, los City Tour y los guías. No es nada fácil viajar por el territorio del alma.
Un saludo,
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