Perlas negras (33)
John Steinbeck, 1902 – 1968
Un escritor debe creer que lo que está haciendo es lo más importante del mundo. Y debe asirse a esta ilusión aunque sepa que no es cierto.
John Steinbeck, 1902 – 1968
Un escritor debe creer que lo que está haciendo es lo más importante del mundo. Y debe asirse a esta ilusión aunque sepa que no es cierto.
El tipo me habla apenas respirando entre frase y frase. Por momentos su cara adquiere un color rojizo. Las manos se mueven frente a él, como si tuvieran vida propia; se mueven al ritmo de las palabras, sonidos y pausas que coinciden en una música privada, una danza que solo sus manos logran descifrar.
Permanezco de pie. La espalda apoyada contra la pared, aquella que está frente a la ventana de vidrios repartidos. Cuando el tipo camina hacia la derecha, puedo ver la calle a través de la ventana. El tipo habla cada vez más alto; creo que en cualquier momento va a ponerse a gritar. Y sigo son comprender.
Empieza a hablar sobre una mujer y la confianza; se supone que ambos la conocemos, digo supongo porque él no la nombra, da por hecho que la conozco. Me rasco la frente. Paso una mano por el cuello y la nuca. Tironeo el lóbulo de mi oreja izquierda tres o cuatro veces. El tipo habla. El tipo camina por el cuarto. Parece seguir el trazo de un sendero que solo él conoce. El tipo sigue hablando y mueve los brazos.
Creo que le molesta que no le responda, pero no me da la posibilidad de hablarle; no entiendo que me dice. La voz se expande por el cuarto, repta por mis piernas, me ahoga cuando llega a mi pecho, a mi cuello, sus manos.