La mujer gorda
Vive encerrada en una habitación roja. Alfombra roja, paredes rojas, cortinajes rojos; ella viste de rojo y roja es su cara como tarta de manzana. Ella dormita en la cama sostenida por almohadones rojos, rojos como sus manos.
Los pliegues de la cara se sacuden cuando intenta hablarme. No comprendo sus palabras. Nacen en los labios (rojos) y se esparcen por el cuarto. Rebotan contra las paredes y la alfombra; por las cortinas que ciegan la ventana abierta al parque y el cuerpo de la mujer gorda. Con cada frase el cuerpo se sacude, se retuerce en ondas como olas en la tormenta.
Enciendo un cigarrillo. Aspiro con fuerza, retengo el humo azul en mi, y lo lanzo hacia el techo formando anillos. Los anillos escapan, se diluyen, suben, y desaparecen antes de llegar al cielorraso. La mujer gorda parece molesta; me muestra su boca abierta, la señala con el índice, nerviosa.
Abre más la boca, y pienso en lo peor. Me echo hacia atrás, pero mi silla choca contra la pared. Estira un brazo hacia mi. Me señala. No escucho las palabras; son tan breves y agudas como los ojos en el fondo de la cara redonda y blanda. Son ojos como metal pulido. Y sus palabras rechinan contra las paredes cuarto.
Junto a la cama descubro un montón de huesos pequeños. Blancos. Sin rastros de carne.
Decido irme.





