Nocturno
Extravió su antiguo nombre en otro lugar, en otro tiempo; la playa crepuscular podría recordarle quien fue, pero Ella prefiere no pensar en eso. Camina por la playa apenas en silencio, murmurando palabras suaves, con muchas emes y bes y vocales amplias. No comprende las largas frases que nacen en sus labios, semejantes a una letanía. Siglos antes, piensa, la arrullaron con esas palabras para que durmiera; esos recuerdos parecen robados, se muestran borrosos, deslucidos, los colores virados al sepia. Aquellos siglos extraviados de su memoria regresan a Ella un poco más nítidos, como si su memoria las hubiera enfocado; como si su mirada, ahora, fuera más segura.
Más allá, allí donde los árboles comienzan a ralear y la playa se transforma en acantilado, una fogata; la choza tras ese segundo sol la aguarda. Ella demora el instante del encuentro, aún no lo sabe, pero teme llegar hasta la casa maltrecha, inclinada hacia un lado en un ángulo absurdo. La choza parece moverse a un lado y al otro, torcerse y ondular bajo la luz de la fogata; frente al pozo de la entrada sin puerta, el anciano la aguarda sentado en el suelo, sobre la alfombra de cáñamo que Ella no logra ver pero intuye.
El viejo aguarda frente a la choza que parece derrumbarse sobre si. El viejo y la choza están en la playa desde siempre. El viejo está sentado sobre una esterilla de cáñamo, las piernas cruzadas, las manos como garras sobre las piernas, la mirada perdida entre el límite de la selva y algún punto impreciso de la playa. Está esperando por Ella; nunca la vio, pero la reconocerá cuando aparezca; sabe que llegará. Sabe que Ella llegará caminando a la fogata junto a la choza. Tanto tiempo aguardando por Ella la transformaron en una extensión de su cuerpo, semejante a las manos que descansan sobre el regazo; él sabrá reconocerla. Espera sin prisa, con la calma de los corales que asoman tras la marea baja, o las orquídeas que estallan en la foresta. El tiempo y el aroma del fuego son el alimento del viejo: su piel de lagarto se afirma contra los huesos dándole el aspecto de un dios demente.
Ella se sienta en la arena de cara a la selva. Si mira a su izquierda puede ver, por momentos, la fogata tras la cual el viejo permanece tan quieto como un cadáver. Prefiere concentrarse en los verdes apenas iluminados por la luz de ese sol moribundo a sus espaldas. Su sombra se arrastra hacia la hilera de arbustos; parece reptar hacia los primeros límites de la selva que se desgarra en aromas fúnebres, colores callados, en los sonidos de bestias que Ella solo puede intuir.
A sus pies un mundo se abre en promesas: piensa en crujidos de mandíbulas y en diminutas mujeres desnudas que conversan en el lenguaje de los grillos. Toma un puñado de arena y lo alza hasta sus ojos: allí no hay más que arena entre los dedos; luego, una de esas mujercitas de piel tan blanca, que brilla como si estuviera cubierta de diamantes, se sienta sobre la palma de su mano, usando el índice y el mayor de respaldo. La desconocida le habla de un modo atropellado, mueve las manos con energía, extiende las alas traslúcidas.
El batir de las alas la arrastra hacia atrás, y deja caer a la playa al pequeño demonio enjoyado.
El viejo lanza un puñado de arena a las llamas. El crepitar sobre la fogata inunda la playa; desgarra la quietud de la isla; arrastra todas las ilusiones, miedos, palabras, perfumes, miradas, demonios; dejándola desnuda ante los ojos de la selva y del espejo invertido del océano.
El viejo frente a la choza es el pequeño demonio de alas traslúcidas, y el batir de sus alas se confunde con las llamas que danzan en la playa.
Ella se reconoce en si misma.
Ella son las orquídeas obscenas de la isla.
Ella es el viejo.
Y él, el demonio de ojos afiebrados.





