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Archivo para Febrero 2008

Nocturno

Extravió su antiguo nombre en otro lugar, en otro tiempo; la playa crepuscular podría recordarle quien fue, pero Ella prefiere no pensar en eso. Camina por la playa apenas en silencio, murmurando palabras suaves, con muchas emes y bes y vocales amplias. No comprende las largas frases que nacen en sus labios, semejantes a una letanía. Siglos antes, piensa, la arrullaron con esas palabras para que durmiera; esos recuerdos parecen robados, se muestran borrosos, deslucidos, los colores virados al sepia. Aquellos siglos extraviados de su memoria regresan a Ella un poco más nítidos, como si su memoria las hubiera enfocado; como si su mirada, ahora, fuera más segura.

Más allá, allí donde los árboles comienzan a ralear y la playa se transforma en acantilado, una fogata; la choza tras ese segundo sol la aguarda. Ella demora el instante del encuentro, aún no lo sabe, pero teme llegar hasta la casa maltrecha, inclinada hacia un lado en un ángulo absurdo. La choza parece moverse a un lado y al otro, torcerse y ondular bajo la luz de la fogata; frente al pozo de la entrada sin puerta, el anciano la aguarda sentado en el suelo, sobre la alfombra de cáñamo que Ella no logra ver pero intuye.

El viejo aguarda frente a la choza que parece derrumbarse sobre si. El viejo y la choza están en la playa desde siempre. El viejo está sentado sobre una esterilla de cáñamo, las piernas cruzadas, las manos como garras sobre las piernas, la mirada perdida entre el límite de la selva y algún punto impreciso de la playa. Está esperando por Ella; nunca la vio, pero la reconocerá cuando aparezca; sabe que llegará. Sabe que Ella llegará caminando a la fogata junto a la choza. Tanto tiempo aguardando por Ella la transformaron en una extensión de su cuerpo, semejante a las manos que descansan sobre el regazo; él sabrá reconocerla. Espera sin prisa, con la calma de los corales que asoman tras la marea baja, o las orquídeas que estallan en la foresta. El tiempo y el aroma del fuego son el alimento del viejo: su piel de lagarto se afirma contra los huesos dándole el aspecto de un dios demente.

Ella se sienta en la arena de cara a la selva. Si mira a su izquierda puede ver, por momentos, la fogata tras la cual el viejo permanece tan quieto como un cadáver. Prefiere concentrarse en los verdes apenas iluminados por la luz de ese sol moribundo a sus espaldas. Su sombra se arrastra hacia la hilera de arbustos; parece reptar hacia los primeros límites de la selva que se desgarra en aromas fúnebres, colores callados, en los sonidos de bestias que Ella solo puede intuir.

A sus pies un mundo se abre en promesas: piensa en crujidos de mandíbulas y en diminutas mujeres desnudas que conversan en el lenguaje de los grillos. Toma un puñado de arena y lo alza hasta sus ojos: allí no hay más que arena entre los dedos; luego, una de esas mujercitas de piel tan blanca, que brilla como si estuviera cubierta de diamantes, se sienta sobre la palma de su mano, usando el índice y el mayor de respaldo. La desconocida le habla de un modo atropellado, mueve las manos con energía, extiende las alas traslúcidas.

El batir de las alas la arrastra hacia atrás, y deja caer a la playa al pequeño demonio enjoyado.

El viejo lanza un puñado de arena a las llamas. El crepitar sobre la fogata inunda la playa; desgarra la quietud de la isla; arrastra todas las ilusiones, miedos, palabras, perfumes, miradas, demonios; dejándola desnuda ante los ojos de la selva y del espejo invertido del océano.

El viejo frente a la choza es el pequeño demonio de alas traslúcidas, y el batir de sus alas se confunde con las llamas que danzan en la playa.

Ella se reconoce en si misma.

Ella son las orquídeas obscenas de la isla.

Ella es el viejo.

Y él, el demonio de ojos afiebrados.

Categorías:cuentos, literatura, narrativa

Catarsis (19)

Camino en mi ciudad rodeado por demasiados egoístas; demasiados tipos que se sueñan el centro del mundo. Gente que vive sumergida en sus fantasías de poder, pensándose el ombligo del mundo; creyendo que el resto debemos danzar al compás de la música que ellos ejecutan.
Y lo único que pueden tocar son los acordes disonantes de su pequeña vida. Una vida que parece no ir más allá de los límites de su cuerpo.
Permanecen dormidos el caparazón de sus ideas; parecen pequeñas tortugas sin patas. Nada más están allí, quietos, asomando su cabeza de a ratos, y masticando resentimiento contra el resto; muchos otros, anónimos, felices a su modo.

A veces siento lástima por los primeros.

Foto: Los Viajeros

Categorías:catarsis, sociedad

Noche de sábado

Febrero 23, 2008 Daniel Battiston 1 Comentario

Llueve.
Pienso en escapar. ¿Hacia donde? Cualquier lugar adonde quiera ir es demasiado lejos.
Deseo que ese lugar esté esperando por mi.
Un sitio tranquilo.
No espero demasiado de él. Apenas un leve silencio que colme resquicios vacíos; una canción tarareada por lo bajo; un pueblo de casas pintadas con colores vívidos.
Nada más que eso, o quizás solo un poco más, no demasiado.
Pienso en cerros cubiertos de pinos y en pájaros azules. Pienso en un anciano sentado en un zaguán, mirando hacia la nada, mientras me cuenta una historia absurda que voy a ser capaz de creer.
Casas de ventanas angostas y techos de tejas. Calles que se retuercen hacia aquí y allá; y un bar colmado con el aroma de los toscanos y la música en la voz de los parroquianos, que quieren arreglar el mundo allí. Un coche viejo sacudiéndose sobre los adoquines, baja por la calle hacia la costa, donde el muelle aguarda por un barco que nunca llegará.
El pueblo duerme en la siesta.
Parece aguardar por algo.
Tal vez espere por mí.

Categorías:cuentos, literatura, narrativa

El Campeón

Lo conocí una tarde, en la cuadra de la calle Santa Fe que va desde Rivadavia hasta Belgrano. La camisa roñosoa metida dentro del pantalón marrón subido hasta el ombligo, el cinto de hilo sisal y sus kilos de más saltando por sobre la cintura. Cuentan que vive en una carpa, allá por Libertad al fondo; y que cada mediodía se llega al centro cabalgando su moto de cross, con tres perros flacos tras él como la cola de un barrilete.
Camina la cuadra de arriba a abajo, blandiendo una raqueta como a un cetro o un arma. Dicen, los vecinos más viejos, que El Campeón estuvo en Malvinas; y lo imagino fusilen mano, con hambre, mugriento; y pienso en los ojos claros que lo último que vieron fue la boca desdentada de El Campeón gritando vaya a saber que puteada. Lo que se, es que él camina la calle al grito de “dale… dale dale nomás”. Y solo eso; porque me cuesta imaginarlo en un pozo lleno de agua robándole la vida a otro.

Y El Campeón hace juegos con la pelotita y la raqueta; y cada tanto hace sonar el silbato para que alguno que paró en doble fila se corra, que estacione allá, donde él le señala con la raqueta y meta gritar “dale… dale dale nomás”, mientras los tres perros lo corean entre ladridos y colas que se sacuden.
Cuentan que viajó por buena parte de América, con la moto que lo trae cada mediodía. Él no dice nada; y sobre el frente de un negocio pega tres fotos: es él, más joven, más delgado, jineteando la moto en una ruta de ripio rodeada de montañas. Y me gustaría creerles que él conoció lugares a los que aún no llegué.

Dicen los más viejos, que su familia es de estirpe rancia y él un abogado caído en desgracia. Me gustaría creerles; pero solo se de las viejas que pasan caminando por la cuadra y arrugan la nariz cuando está meta gritar y a reírse a las carcajadas, vaya saber si de ellas o del tipo que quiere estacionar la 4 x 4.

Y dice una vecina, que está enojada con él; que cada noche le alcanza un plato de comida caliente y El Campeón lo comparte con los tres perros. Entonces es cuando quiero creer que su familia es oligarca. Cuentan que su madre vive en Córdoba, y cada diciembre El Campeón desaparece de la Mar del Plata; cuentan que monta la moto y va a visitar a su madre. 

Y entre gritos de “dale… dale dale nomás”, y jueguitos con la raqueta, y pitazos, y una mano extendida ante las monedas que le dejan, creo que no está loco.

XXVIII Congreso Mundial de Poetas, en Acapulco

Febrero 16, 2008 Daniel Battiston 5 comentarios

Patricia Garza Soberanis nos informa de la realización de XXVIII Congreso Mundial de Poetas, que se realizará entre el 12 y el 16 de octubre de 2008.

Para mayor información, pueden visitar www.uaa.edu.mx/wcpacapulco2008/

Categorías:arte, cultura, literatura, poesia