Visiones de un náufrago

2009 Julio 12
by Daniel Battiston

Extiendo mis manos hacia la nada verde, toco un trozo de aire y no quiero mirar a mis espaldas. El suelo ondula aquí y allá. Miro al césped recién cortado y pienso en el ritmo del océano en noviembre.

Entre mis manos ese trozo de aire al que me aferro toma la forma de un cubo, parece temblar al ritmo del paisaje, se tuerce y gira, gira junto a la flor amarilla que crece a mis pies. Amarillo enfermo como el vestido de un recuerdo abandonado. Tiene seis pétalos, y seis son los lados de mi cubo entre mis manos. Lo dejo escapar, se eleva traslúcido hasta que dejo de verlo.

Me recuesto y el césped me abraza, se cuela entre mis ropas, me toma por asalto. Abro mis brazos y me pienso escapando, como el cubo, transparente y leve. El sol colgado sobre mis ojos me habla en palabras que no comprendo. De  mi b oca abierta no nacen palabras, escapan bestias tibias, con pelos, con dientes, y luego se alejan.

Me siento. Quiero verlas abandonarme. Entonces detienen su carrera y me miran con esos ojos liquidos. Pienso que se burlan de mi. Son tres o cuatro, y una de ellas muerde a la más pequeña en el cuello. Rasgan su carne una a otra. Disfrutan del espectáculo que me obsequian.

Creación

2009 Julio 12
by Daniel Battiston

Un perro ladra en la esquina de la casa de Matilde
consume el aire, le habla al rugido de los colectivos
y al agua estancada en las esquinas
Mujeres viejas de siglos tejen palabras entre sus dedos
cantan la eucaristía roja de sus olvidos
desvisten calles, que se tuercen y suben
Coraje de tranvía adormecido
me observa transitar las veredas húmedas
mi cabeza coronada de lluvias y lamentos
La noche huye de mis pasos
oculta tras zaguanes
donde los amantes  se atraviesan en caricias y palabras
Caen pájaros muertos, sus plumas de azufre
parecen el regalo de un ángel
extraviado en espirales de asfalto
Barcas se pierden más allá de las torres quebradas
son dientes cascados, abrazos, rencores
tras sonrisas de lenguas enjauladas
Olvidarán a las naves, olvidarán a las esquinas olvidadas
de perros, amantes y Matilde
La ciudad acaricia mi espalda
y se duerme en el rincón más oscuro de mis orejas
el aire quieto viste a las casa y agita a los malvones
Parlotear de bicicletas y estorninos
danza de pasillos embaldosados, demencia de puertas
y la voz de los adoquinas que susurran al paso de los autos
Los barcos regresan a través de siglos
desgarran el tiempo de la ciudad
nadie esperaba por ellos, todos olvidaron
Olvidaron al capitán idiota
aquel que retorna encajado entre mástiles y sogas
aferrado a la ciudad que ya no es

A tres días de las elecciones legislativas

2009 Junio 25
by Daniel Battiston

El próximo domingo habrá elecciones legislativas adelantadas en Argentina. No existen razones reales para tal anticipo, las elecciones son siempre el último domingo de octubre, aunque muchos intuimos razones.

Cuando llegan estas fechas, en Argentina somos varios los nostálgicos que nos acordamos de Tato Bores y comprendemos cuanta falta nos hace que estuviera hoy y aquí.

Cuelgo un fragmento de uno de sus monólogos, hecho un par de semanas antes de las elecciones presidenciales de 1989, que también debieron adelantarse. Han pasado veinte años de éste video y sigue siendo tan actual como en aquel momento.

Perlas negras (46)

2009 Junio 24
by Daniel Battiston

julio_cortazar_bigger

Julio Cortázar; 1914 – 1984

Un cuento es como andar en bicicleta; mientras se mantiene la velocidad, el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, es un golpe para el autor y para el lector

experimento #n

2009 Junio 23
by Daniel Battiston

Cascada roja, repta, habla en lenguas muertas sobre paredes.
Serpientes lascivas abrazan ventanas, se cuelan por huecos desde donde huyen las arañas, trepan amarillas y sedientas de madera, tapices, camas silenciosas donde ya no se librarán batallas ahogadas en sudor y jadeos. Río de sangre abrasador busca el periplo de una escalera, gira, remolino, columnas, Babel muda estalla en crepitares de dinteles afiebrados.
Las cortinas parecen huir, permanecen prisioneras, se retuercen, agitan, danzan al ritmo lento de esta hecatombe roja; al fin escapan en humo y chispas, y la nada.
La nada y esas bestias extensas que todo lo devoran sin descanso, lamen los rincones secretos de la casa. Un libro extraviado resucita en espasmos de metáforas, y se olvida entre escombros.
Ya no existe el hacia donde ascender. La casa cae.

Extravíos nocturnos

2009 Junio 19
by Daniel Battiston

Desde la esquina ve los vidrios oscuros de la fachada y el neón rojo y naranja que lo invita a acercarse. En la puerta hay un tipo que parece gi­tano cobrando la entrada.

-Veinte con una consumición.

Un billete rojo como el neón de la entrada pasa de manos y entra. El aire calien­te le abofetea la cara, humo y voces quedas; algunas chicas bailan sobre la barra inten­tando seguir el ritmo del reggaeton. Quieren ser sensuales, quiebran las cintu­ras, gi­ran, le dan la espalda a los tres tipos que se ahogan en whisky, se agachan y, por un instante, los tipos alzan la vista del vaso.

Camina. Busca una mesa. La encuentra no muy lejos de la entrada. Una chica se cuelga de un brazo y le habla al oído envolviéndolo con un aliento de cigarrillo y whiscola. No comprende las palabras que llegan viscosas. Le dice que no con la cabeza, pero ella continúa tomada del brazo.

-No -La voz suena como un vidrio rasgándose. Lo suelta y va hacia el fondo del local, donde hay otras diez tan iguales como ella.

La silla está contra el ángulo entre dos paredes. Desde aquí puede ver el lugar. Mira a los tipos de la barra y a otros frente al escenario vacío. Gritan, se ríen, hay uno al que lo vistieron de mujer en el centro del grupo. Una nena apenas mayor que su hija se sienta junto a él. Lo saluda con un beso y se queda callada con una mano en la pierna derecha.

-¿Tomás algo?

-Un café, y pedite lo que quieras para vos.

Se para sin dejar de mirarlo, acaricia su mejilla de la oreja hasta la comi­sura, y un dedo recorre el labio inferior de izquierda a derecha. Ella camina hacia la barra, hacia el fondo del local donde un tipo de camisa rosa espera tras la caja, y mira aquí y allá entornando los ojos como si fuera corto de vista.

Él mete una mano en el bolsillo del pantalón; saca una moneda y la alza entre el índice y el pulgar, es cuadrada y con un agujero en el centro. La chica habla con el tipo corto de vista y señala la mesa en donde él la aguarda. Juega con la moneda haciéndola girar entre sus dedos, se apoya contra el respaldo y espera. Ella habla con el tipo de la camisa rosa y el reloj que brilla bajo las luces.

Un golpe sobre la mesa lo devuelve al bar. No la ve llegar. No la ve dejar el poci­llo junto al cenicero. La ve sentarse junto a él aferrada a un vaso escarchado. Ella apoya, otra vez, una mano sobre su pierna. No hablan. Un cigarrillo muere en el cenicero.

-¿Sos de acá?

-Eso dicen -No puede ver cuando ella levanta la ceja, la luz muerta del local cu­bre sus manos y sus ojos, se desliza por la cara al ritmo de la voz de la chica.

-¿Qué tenés acá? -Quiere esconder la moneda pero lo toma de la mano, y él se sorprende por la firmeza de sus dedos, serpientes blancas y ciegas – Qué linda. ¿Me la dejás ver?

Apoya la moneda sobre la palma, un gorrión dormido; luego ella la lleva hasta los ojos y mira a través del hueco en el centro.

-Se ve todo distinto -Ella se extravía en el trozo de metal, lo atraviesa, se deja arrastrar por ese ojo único- ¿Sos de acá? -no lo mira, no puede trepar las paredes, el fondo del pozo.

-Era de mi abuelo

-¿Quién? -Apoya la moneda junto al cenicero, como a un recuerdo amortajado

-La moneda. Mi abuelo la trajo de Etiopía, después de la guerra.

-¿Vos sos de acá? ¿Como te llamás? Yo soy Roberta

-Hernán -Se sorprende por no mentirle.

Ella acerca una mano. Los dedos se tocan, se reconocen, y la retira

-Te falta un dedo.

-Sí -Alza la mano izquierda para que la vea- se lo regalé a mi última amante.

Y se ríe. Ella vuelve a alzar una ceja y se frota la punta de la nariz.

-¿Qué querés hacer?

-Lo que vos tengas ganas.

-El hotel está al lado.

Ella se para y tira la silla. Los tipos de la barra miran hacia la mesa y vuelven al espectáculo de las bailarinas sobre sus narices, que vuelven girar sobre la barra y él deja un par de billetes arrugados en la mano de la chica, y vuelve a jugar con la moneda de su abuelo que vuelve a girar entre los dedos.

-Esperame, me cambio y vamos.

Se aleja apenas desves­tida, el cuerpo menudo cubierto de augurios.

Él deja la moneda moneda sobre la mesa y se va.

Desde la esquina ve los vidrios oscuros de la fachada y el neón rojo y naranja que lo invita a acercarse. En la puerta hay un tipo que parece gi­tano cobrando la entrada.

-Veinte con una consumición.

Un billete rojo como el neón de la entrada pasa de manos y entra. El aire calien­te le abofetea la cara, humo y voces quedas; algunas chicas bailan sobre la barra inten­tando seguir el ritmo del reggaeton. Quieren ser sensuales, quiebran las cintu­ras, gi­ran, le dan la espalda a los tres tipos que se ahogan en whisky, se agachan y, por un instante, los tipos alzan la vista del vaso.

Camina. Busca una mesa. La encuentra no muy lejos de la entrada. Una chica se cuelga de un brazo y le habla al oído envolviéndolo con un aliento de cigarrillo y whiscola. No comprende las palabras que llegan viscosas. Le dice que no con la cabeza, pero ella continúa tomada del brazo.

-No -La voz suena como un vidrio rasgándose. Lo suelta y va hacia el fondo del local, donde hay otras diez tan iguales como ella.

La silla está contra el ángulo entre dos paredes. Desde aquí puede ver el lugar. Mira a los tipos de la barra y a otros frente al escenario vacío. Gritan, se ríen, hay uno al que lo vistieron de mujer en el centro del grupo. Una nena apenas mayor que su hija se sienta junto a él. Lo saluda con un beso y se queda callada con una mano en la pierna derecha.

-¿Tomás algo?

-Un café, y pedite lo que quieras para vos.

Se para sin dejar de mirarlo, acaricia su mejilla de la oreja hasta la comi­sura, y un dedo recorre el labio inferior de izquierda a derecha. Ella camina hacia la barra, hacia el fondo del local donde un tipo de camisa rosa espera tras la caja, y mira aquí y allá entornando los ojos como si fuera corto de vista.

Él mete una mano en el bolsillo del pantalón; saca una moneda y la alza entre el índice y el pulgar, es cuadrada y con un agujero en el centro. La chica habla con el tipo corto de vista y señala la mesa en donde él la aguarda. Juega con la moneda haciéndola girar entre sus dedos, se apoya contra el respaldo y espera. Ella habla con el tipo de la camisa rosa y el reloj que brilla bajo las luces.

Un golpe sobre la mesa lo devuelve al bar. No la ve llegar. No la ve dejar el poci­llo junto al cenicero. La ve sentarse junto a él aferrada a un vaso escarchado. Ella apoya, otra vez, una mano sobre su pierna. No hablan. Un cigarrillo muere en el cenicero.

-¿Sos de acá?

-Eso dicen -No puede ver cuando ella levanta la ceja, la luz muerta del local cu­bre sus manos y sus ojos, se desliza por la cara al ritmo de la voz de la chica.

-¿Qué tenés acá? -Quiere esconder la moneda pero lo toma de la mano, y él se sorprende por la firmeza de sus dedos, serpientes blancas y ciegas – Qué linda. ¿Me la dejás ver?

Apoya la moneda sobre la palma, un gorrión dormido; luego ella la lleva hasta los ojos y mira a través del hueco en el centro.

-Se ve todo distinto -Ella se extravía en el trozo de metal, lo atraviesa, se deja arrastrar por ese ojo único- ¿Sos de acá? -no lo mira, no puede trepar las paredes, el fondo del pozo.

-Era de mi abuelo

-¿Quién? -Apoya la moneda junto al cenicero, como a un recuerdo amortajado

-La moneda. Mi abuelo la trajo de Etiopía, después de la guerra.

-¿Vos sos de acá? ¿Como te llamás? Yo soy Roberta

-Hernán -Se sorprende por no mentirle.

Ella acerca una mano. Los dedos se tocan, se reconocen, y la retira

-Te falta un dedo.

-Sí -Alza la mano izquierda para que la vea- se lo regalé a mi última amante.

Y se ríe. Ella vuelve a alzar una ceja y se frota la punta de la nariz.

-¿Qué querés hacer?

-Lo que vos tengas ganas.

-El hotel queda en la esquina.

Ella se para y tira la silla. Los tipos de la barra miran hacia la mesa y vuelven al espectáculo de las bailarinas sobre sus narices, que vuelven girar sobre la barra y él deja un par de billetes arrugados en la mano de la chica, y vuelve a jugar con la moneda de su abuelo que vuelve a girar entre los dedos.

-Esperame, me cambio y vamos.

Se aleja apenas desves­tida, el cuerpo menudo cubierto de augurios.

Él deja la moneda moneda sobre la mesa y se va.

Piedra

2009 Junio 9
by Daniel Battiston

Quiero comprender a la piedra que tengo en mi mano;

saber su textura;

y escuchar el relato de sus sueños

palabras verdes y suaves

extraviadas en arabescos de niebla.

Esa piedra hoy no estaba allí

para contarme sobre el horror del tiempo,

la demencia de los imanes,

y la cárcel de los fotones.

Me contará la historia de mis próximos cinco minutos,

la de tus manos de hiedra

y el sabor en las palabras de los locos.

Descubriré en ella el sendero de la luna en otoño,

el egoísmo de las torres,

y la indecencia en mis ojos de hierro.

Buscaré en esa piedra la voracidad de las flores,

el aburrimiento de los planetas,

y la terquedad de las anémonas.

Cerraré mi mano en ella

trozo de tiempo fósil,

y aullará en voces muertas,

aletear de pájaros ciegos,

y lamentos de relojes

Paises de invierno

2009 Mayo 28
by Daniel Battiston

En mañanas frías y soleadas como ésta, imagino que soy capaz de extraviarme en un país donde el césped es de un verde más verde; las vacas se visten con el aroma del heno recién cortado; y las voces de los árboles conversan con el amarillo de los girasoles.

Rincones

2009 Mayo 25
by Daniel Battiston

Un rincón extraviado de la casa es capaz de guardar tesoros increíbles. Una carta olvidada hace demasiados años, o un lápiz azul con la parte de atrás mordida.
Un rincón no es necesariamente eso; no por fuerza debe ser el ángulo entre dos paredes, puede ser esa caja de cartón, donde aún puede leerse Cerealitas, guardada en el entretecho de la cochera, y donde hemos ido guardando papeles viejos que creímos nunca volveríamos a usar, o el lápiz azul, un cadena de fantasía rota ya gris por los años. Alguien encuentra, sin buscarlo, un cuaderno de tapas que alguna vez han sido cartón, y ahora una cosa blanda y de esquinas curvadas, entre las tapas una letra apretada, infantil, que ya no puede reconocer como propia, le habla de alguien; no lo nombra porque se supone que sabe quien es, pero ella no logra descubrirlo. Se llamaba Sergio. Pero ahora, releyendo sus palabras, Sergio es solo un nombre; no tiene cara, voz, o besos con gusto a chicle.
Olvidado, tras un mueble que nadie movió desde hace mucho tiempo, todavía duerme un boleto de colectivo, un montón de pelusa, una araña diminuta. Viejos cassetes que ya nadie escuchará. Una caja de zapatos en la parte alta del placard llena de fotos; pequeñas, grandes, en color y blanco y negro, fotos antiguas de bordes decorados, dos mujeres sentadas bajo una parra, chicos en la playa jugando con una pelota de colores tan grande como ellos, un muchacho de jopo y campera de cuero sobre una Triumph, vacaciones en familia en La Falda; ella y él abrazados, ella con colitas y los senos disimulados tras la camisa del colegio, él sonriente y con acné.
Boletos capicúas, un trébol de cuatro hojas, un clavo cubierto de óxido, una máquina de escribir que ya nadie usa, el bozal que que se perdió el año pasado, un radiograbador al que le faltan un par de botones, un carrete de hilo sin hilo, una línea de pesca enredada con un par de anzuelos oxidados, la caña de pescar quebrada cerca del extremo, una libreta en la que aún viven poemas olvidados, aquella carta que nunca te atreviste a enviar, siete botones de colores vivos, una cospel de ENTel, un alfiler de gancho, un destornillador, una patineta de plástico verde, un par de zapatos negros con la suela despegada. Estas son algunas de las cosas que construyen su historia

Reportaje (imaginario) a Cristina Fernández de Kirchner

2009 Mayo 22
by Daniel Battiston
Cristina Fernándes de Kirchner, presidenta de Argentina

Cristina Fernándes de Kirchner, presidenta de Argentina

El reportaje es una forma de literatura, de esto no dudo. Por supuesto, el resultado depende no solo de aquel que pregunta, también de quien responde. Si ambos son inteligente puede lograrse un diálogo jugoso, chispeante, entretenido.
Hace un par de días atrás la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, fue reporteada por Soledad Silveyra. Para quienes no la conocen, Soledad Silveyra no es una afamada periodista, es una actriz promedio cuya celebridad gira en torno a haber protagonizado algunas telenovelas (culebrones); películas con títulos como La cigarra está que arde, La colimba no es la guerra o El profesor hippie; y ser conductora de las tres primeras ediciones de Gran Hermano de Argentina.

En verdad me hubiera gustado ocupar el lugar de Soledad Silveyra. Por supuesto que no habría preguntado lo que ella pregunto. Así salió este ejercicio imaginativo: ¿que preguntas le haría a Cristina Fernández de Kirchner si tuviera la oportunidad de reportearla?
Si alguno se siente tentado a seguir el juego, puede dejar caer sus preguntas en los comentarios.

  1. ¿Qué es exactamente el modelo que pregona su gobierno?
  2. ¿Para qué se privatizó Aerolineas Argentinas?
  3. ¿Sabe cuánto cobra, en promedio, un jubilado?
  4. ¿Usted sería capaz de vivir durante un año con una jubilación promedio?
  5. ¿Qué le debe a Peron?
  6. ¿Quienes son los filósofos, sin distinción de periodos o ideologías, que más influyeron en su pensamiento político?
  7. ¿A que edad leyó por primera vez a Marx?
  8. ¿Y a Engels?
  9. ¿Y a Bertrand Russell?
  10. ¿Cómo se ve a si misma?
  11. ¿Cuál fue el peor periodo histórica de Argentina?
  12. ¿Cómo concibe la redistribución de la riqueza?
  13. ¿No es injusto utilizar los fondos de las jubilaciones para otros fines que no sean pagar jubilaciones, pensiones y otorgar mayores beneficios a los jubilados?
  14. ¿En qué quedó el plan de reemplazar las bombillas de luz incandescentes por otras de bajo consumo?
  15. Según cifras oficiales, esas lámparas de bajo consumo, de origen chino, le costarían al estado unos $9 cada una (aproximadamente u$s 2.80, según el valor del dolar en aquel momento); ¿por qué tanto, si las mismas lámparas podían comprarse en cualquier supermercado a la mitad de precio?
  16. Además de Chávez, ¿Argentina tiene algún otro aliado a nivel internacional?
  17. ¿No es vergonzoso el interés del 13% anual que Chávez puso sobre los préstamos que le hizo a Argentina?
  18. Hace pocos días se firmó un acuerdo con Gustavo Pulti, intendente de Mar del Plata -ciudad donde resido- para el traspaso de varios millones anuales para sostener las escuelas municipales, ¿si en las próximas elecciones legislativas pierde el oficialismo, ese dinero llegará de todos modos?
  19. ¿Se acuerda del tren bala?
  20. ¿Por qué no se le aplican las mismas cargas impositivas que tiene la producción agrícola de, principalmente, Buenos Aires, Santa Fe, y Córdoba, a las grandes estancias de capitales externos en la Patagonia?
  21. ¿Qué cosas ha hecho mal?
  22. ¿Cómo y de que vivió su familia durante 1976 y 1983?
  23. ¿Cuáles son sus fantasmas?
  24. ¿Cuánto tiempo más habrá que esperar para que el Mercosur desaparezca de forma definitiva?
  25. ¿Que en las próximas elecciones del 28 de junio haya muchos candidatos que finalmente, y esto es algo sabido, no asumirán sus cargos, no es una forma descarada de burlarse de la gente que los vote?
  26. ¿A cuanto ascienden sus ingresos mensuales totales?
  27. ¿Y sus gastos?
  28. ¿Le gustaría tener la posibilidad de estatizar todos los medios de difusión privados que en éste momento funcionan en el país?
  29. ¿Quienes son sus padres políticos?
  30. ¿Se acuerda cuando su esposo y ex presidente de Argentina avaló la privatización de YPF?
  31. ¿Hacia donde se dirige el país?
  32. ¿Cuan creíble, piensa, es su gobierno?
  33. ¿Qué es hoy la izquierda?
  34. ¿Que piensa al escuchar el nombre de Héctor Cámpora?
  35. ¿Durante el último gobierno militar cómo ayudaron usted y su esposo a los compañeros perseguidos?
  36. Si tuviera el poder de hacer a todos los argentinos igualmente pobres o igualmente ricos, ¿que elegiría?