Polaroids

Recortes. Fragmentos de otra vida. Barajo las fotos guardadas en esa caja de zapatos que oculto en un rincón olvidado del armario. En mis manos parecen más reales, las devuelvo a la vida con mis ojos hambrientos.
Esas figuras que bailan entre mis dedos no son yo. Se asemejan a los sobrevivientes de un desastre: una inundación o un avión estrellado contra la terminal del aeropuerto.
Me miran. Caras incendiadas por los flashes. Brazos alzados. Gente con las piernas cruzadas. Un vaso de cerveza o un anteojo de sol cruzando la noche.
Todas las sonrisas nos mienten. Todos los abrazos nos lastiman. Ahora.
Ordeno esos trozos de cartón que huelen a tiempo. Un rompecabezas de mi alma. Gente muerta que tiembla, se sacude, abre la boca, detenidos por siempre.
Reescribo historias, manipulo, esos rostros me pertenecen. Soy un dios pequeño y caprichoso, un rosario de palabras balbuceadas. Muevo aquí y allá las figuras, juego a maquillar vidas para no extraviarlas otra vez.
Sospecho que las palabras no sirven. Devoro esas caras y las pienso verdaderas. Dibujo instantes.
Construyo con aire en el aire: miradas, manos sobre manos sobre manos, desierto blanco donde crece una ciudad callada. Una ciudad poblada de casas como dados; cuadradas, bajas, tan blancas como el desierto. Como mis sueños. Tras una puerta cerrada una mujer gorda espera.
Esa puerta es una frontera demasiado dolorosa. Se que cruzar es sólo paso, como volver a ordenar las fotos en la mesa. Se de la mujer desparramando su carne en el piso. Se que la mujer no está en ninguna foto. Pero la intuyo. La mujer gorda es tan real como nuestra garganta. Ella está allí. Tras el reflejo de los flashes. Apenas asomada en la sombra de un parque por la noche. Puedo adivinarla tras la foto que tengo en la mano. Tras ella.
La mujer me invita a pasar. Me siento en el piso, frente a ella, las piernas entrelazadas, los brazos cayendo a mis lados, manos muertas. Las fotos caen al suelo. Se desordenan. Ella mi mira. Me habla, pero no comprendo que cosas me dice. Veo como su boca se mueve. Su voz está muerta. Los labios se mueven como si intentase quitar un resto de comida de entre sus dientes. Apenas puede mover las manos. El cuerpo se sacude en olas; un océano de piel y grasa. Le hablo. No puedo escucharme, pero ella dice que no con la cabeza. La sacude de un lado a otro y creo que podría desprenderse del cuerpo.
Quiero irme. Estira las manos hacia mí. Puedo verle las palmas. Hay sangre. Corre por sus brazos vistiendo al cuerpo desnudo. Quiero irme. Quiero que esas fotos regresen a la caja de cartón. Al espacio más oscuro del armario.

Olvidados

Se arrastran. Hunden los brazos en la tierra. Abajo. Se hunden. El hambre es un vestido de gala extraviado, un sueño de puertas cerradas.
La noche es una amante aburrida; un paisaje donde viven luces estridentes, una cárcel poblada de palabras que nombran la nada. La nada que crece en los estómagos como piedra.
Una piedra redonda y lisa y negra. Caen. Se hunden en la noche del hambre; se ocultan en los rincones de su sueño. Se hunden en la tierra, rasgan la superficie del mundo.
Y caen.
Una comparsa de payasos sin maquillaje. Los rostros cayeron, fueron olvidados. Solo se tienen a ellos, fragmentos de carne negra imitando a la noche.
Un enano maltrecho llora. La carne pálida se abre en tajos, en ellos solloza el tiempo de relojes muertos, la mentira de la caridad, la farsa de un dios idiota.
Dios no habla. No puede. Mira y babea. Mete tres dedos en la herida, una boca que ríe. El dios de los olvidados se alimenta de su carne, de las plegarias escupidas en medio de tanto buscar.
Los viola.
Un vampiro hambriento. Un farsante encadenado a la eternidad.