Un galán apocado

Siempre se sintió atraído por las acondroplásicas. Jugaba con la idea de poder llevar de un lado a otro a una mujer usando sólo una de sus manos; lo excitaban esos cráneos demasiado grandes, los ojos saltones, las piernas arqueadas, las manos diminutas clavadas a su carne con dedos como dagas.
En una de tantas noches húmedas logró entrever que ellas serían la clave para resolver una ecuación con demasiadas incógnitas.
Años después, en la piecita del fondo, aún colgaban de la pared los cuatro esqueletos mal formados.

esa necesidad de confesarte en tiempo pretérito

 

esa necesidad de confesarte en tiempo pretérito

como si los idiotas de tus amigos vomita­ran luz por sus bocas

fantasías de la vanidad

un rey enamorado de una vaca

y esa necesidad de guardar calaveras en tu armario

las palabras del titiritero son hilos invisibles

el diablo cantará la danza con piernas de made­ra

no existen dogmas para el café que se enfría en una taza

o el dios náufrago de tus ausencias

esa necesidad de adorar a tanto cura travestido

como si los ocho enredados en la cama fue­ran parte de un milagro

el asco de arrastrarse en cuatro patas por el piso húmedo

cazadores de hem­bras núbiles

el cementerio está cerrado

las madres volverán en la mañana

esta noche celebrarán el matri­monio de la flautista y el fullero

el vientre calla esa necesidad de escribir en la oreja de las beatas

devoción consentida entre las formas del vestíbulo

los parientes escapan por las ventanas

el pez plebeyo bajo el yugo de la médula

el pez plebeyo bajo el yugo de la médula
desayunará bórax en los cafés de Lima
los ricos se plantan en el barco sin velas
y alabarán al rey idiota
el tabaco es oro entre las manos de los mendigos
cartoneros
océano venenoso donde se hunde un tren
en las esquinas suenan melodías de jazz
acunan a ladrones de hamburguesas
putas aburridas
payasos
malabaristas
caras maquilladas de hambre
una niña coja se hunde entre bolsas de basura
la ciudad es basalto negro

No se hace buena literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos; André Gide

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